sábado, 9 de mayo de 2015

9. #CLCPLR

9.

            Lo último que necesitaba en aquellos momentos era soportar a la manada de lobos hambrientos que habían entrado en The Moonlight hacía rato. Entre las miradas de advertencia de Tex y las gilipolleces del resto del mundo, estaban hinchándome los cojones.
            ― Necesito un respiro. ― Anuncié, saliendo de la barra con un calor sofocante y unas enormes ganas de partirle la cara a alguien.
            Si es que de verdad, no sé cómo cojones has aguantado tres años, Max. Mereces que te pongan una estatua o algo. Bueno, mejor que te den un cigarro.
            En realidad no debería de estar allí, cubría el turno de noche, pero la piba que entraba por la tarde se había pirado hacía un par de semanas así sin avisar ni mierdas de esas. Y claro, la mierda se la comía siempre la misma: Yo. Enserio, si no tenía un don para ser gilipollas no tenían ninguno. Porque mira que lo único que se me da bien es ser retrasada y cargar siempre con los marrones de la gente. Eso, se me da de lujo.
            Pero vamos, que lo tenía muy claro, a la próxima que Tex se me acercara con esos aires de superioridad y me obligara a cubrir el turno de la piba ésta le metía la botella de cerveza por el culo. Así quizás hasta le hacía un favor al mundo.
            El caso, que yo debería de estar durmiendo la mona y estoy aquí trabajando de más. Manda huevos la cosa. Con lo que me jode a mí no dormir lo que tengo que dormir.
            Al rato se me acercó un coche gris hecho una auténtica mierda, pero ya estaba acostumbrada a ver a aquella preciosidad de cuatro ruedas con todo el capó lleno de barro y hasta sangre. Me dolía, pero sabía que su dueño era un desastre con esas cosas.
            ― ¡Max, querida! ― Saludó Owen, saliendo del coche viejo como si saliera de una limusina. ― ¿Qué tal te va la vida?
            Hice una mueca con los labios, mirando de reojo al coche.
            ― Sabes que me jode muchísimo que trates así a esa preciosidad, Owen. ¿Lo sabes, verdad? ― Mustié como saludo, a lo que me gané una sonrisa lobuna por parte del peliverde.
            ― Lo sé… ― Mustió antes de ponerse serio. ― Vamos tía, monta. Tengo que enseñarte una cosa.
            Aquello sí que no me lo esperaba, pero asentí y me subí al coche. Muy pocas veces había visto a Owen así de serio, cuando hablaba con la pasma para que lo dejaran en paz a él y a sus carreras, y si en aquel momento no mostraba su habitual sonrisa, el asunto debía de requerirlo.
            ¿Por qué todo el jodido barrio conducía como un puto psicópata? ¿Por qué? ¿Es que se habían sacado el carné en la escuela de alta velocidad o qué coño? Ah, claro. Es eso. Que no tienen un jodido carné y un día de estoy voy a morir por subirme en un coche con alguno de estos locos.
            Si es que joder, que van un poco más rápido y en vez de tener coches tienen cohetes.
            De pronto, el coche se paró en seco con un fuerte bandazo, a lo que aproveché y salí corriendo.
            ― ¿Pero cómo coño conduces tú, pirado de mierda? ― Pregunté nada más pisar el suelo firme de la carretera.  ― ¿¡Quieres matarme o qué cojones!?
            ― Tranquila, Max. ― Dijo levantando la manos con aire de parsimonia. ― Enserio, ni siquiera yo soy tan dramático.
            Fruncí los labios. Yo no era dramática, era él, que conducía como un puto lunático.
            ― Cierra la boca. ― Gruñí. ― ¿Por qué me has traído aquí?
            Solo había venido al taller de Leroy un par de veces, y sin embargo, el olor a aceite de coche y grasa del motor eran inconfundibles. Me recordaban a Italia, al taller de Sam y al propio Sam. Me era tan familiar…
            ― Quiero que veas una cosa.
            Y me arrastró de lleno al interior del taller sin darme más explicaciones.


            ¿Sabéis a quién me encontré en el taller para variar? Sí, justo. Al jodido Dan Walker, a la única persona que está metido siempre en todo. Manda huevos.
            ― ¿Qué cojones hace Dan aquí? ― Le pregunté a Owen, frunciendo el ceño.
            ― Ha convencido a mi padre de que te dé el puesto como mecánico en el taller. ― Anunció encogiéndose de hombros. ― Por eso quería que vinieras.
            Me había quedado sin habla, tal vez por la sorpresa, tal vez por la rabia que comenzaba a hervirme la sangre a una velocidad de vértigo.
            ― ¿Cómo? ― Fue lo único que conseguí pronunciar.
            ― No tengo ni puta idea, Max. ― Hizo una pausa, examinando mi ceño fruncido y mis puños apretados. ― Pero oye, antes de que vayas a cantarle las cuarenta como buena italiana que eres… No seas gilipollas, Max.
            Aquello me sorprendió, incluso me irritó un poco.
            ― Sé que eres súper orgullosa, que sabes sacarte las castañas del fuego solita y que no necesitas depender de nadie. Y oye, que eso lo respeto. Pero una cosa es ser autosuficiente y otra ser gilipollas y rechazar algo como esto. ― Miró a Dan hablar con Leroy a lo lejos. ― ¡Joder, Max! ¡Que ni yo he conseguido convencer a mi padre en estos tres años! No seas idiota, ¿sí? Necesitas este curro después de lo que ha pasado en The moonlight con Rose, y lo tuyo…
            La escena en el despacho de Tex me vino a la mente como un fogonazo, sólo duró un instante, pero acabó abrasándolo todo.
            ― No tiene derecho a meterse en mi vida. ― Gruñí.
            ― Lo sé… Haz lo que quieras, Max. Pero no seas gilipollas.
            Estaba harta de esa frase: «No seas gilipollas.» ¡Como si pudiera evitarlo! Soy así, y a quien no le guste, puerta.
            ― Vete a la mierda. ― Y salí a paso firme a encarar a Dan.
            A cada paso que daba sentía la adrenalina drenarse con más intensidad en mi sangre y el pulso me iba más rápido, incluso tenía miedo de que se parara de golpe y acabar en el otro barrio.
            Dan debió verme venir de lejos, porque se le plantó esa sonrisa de gilipollas en la cara. Ya vería esa sonrisa cuando le soltara tal hostia por meterse donde no le llamaban.
            Me acerqué lo suficiente a él para no tropezarme con su arrogancia y le di un empujón. Por desgracia solo lo hizo retroceder un par de pasos.  Estúpida desproporción.
            ― ¿Quién cojones te crees que eres para meterte en mi vida, gilipollas? ― Gruñí, e intenté hacerle retroceder aún más con otro empujón. ― No tienes ningún derecho a meterte donde no te llaman, Walker.
            Dan no borró ni por un segundo la sonrisa petulante, y cada vez que la veía me entraban más ganas de partirle la cara a hostias. ¿Dónde había una botella cuando se necesitaba?
            ― Que te quede claro que yo no soy la típica gilipollas a la que tienes que ayudar. ¡No necesito tu puta ayuda y no la quiero! ― Gruñí, poniéndome de puntillas para estar a su altura. ― Puedes meterte tu solidaridad por el culo y disfrutarlo.
            ― ¿Has terminado ya? ― Preguntó cruzándose de brazos.
            ¿Pero este quién coño se cree que es?
            ― ¡Terminaré cuando me salga a mí del coño! ¿Estamos? ― Grité, lanzándole lo primero que encontré a la cabeza. Una lástima que solo fuera un trapo sucio de grasa. ― ¡No eres quién para exigirme cuando se me acaba a mí el cabreo o cuando no! ¡Y tienes suerte de que no te parta la cara aquí mismo de una hostia!
            Agarré una lleve inglesa y se la lancé contra el pecho.
            ¿Cómo mierda podía tener tantos reflejos? ¡Dan, estate quieto para que pueda darte una paliza!
            ― ¿Estás pirada o qué te pasa? ¡Estás ida de la puta cabeza, tía! ― Gritó esquivando un destornillador y un par de tuercas que le acababa de lanzar. ― ¡Deja de tirarme cosas, lunática!
            ― ¡Lunática tu madre, subnormal! ― Gruñí, y al no encontrar nada más para tirárselo a la cara intenté darle un puñetazo.
            Mala idea. Porque me agarró de la muñeca y me inmovilizó contra su moto.
            Mierda. ¿Por qué siempre que me encaraba con Dan acababa así?
            Nota mental, Max: no encarar a Dan Walker cuando pueda inmovilizarte contra su moto.
            ― Suéltame, Walker. ― Gruñí, pero en cuanto pronuncié su apellido hizo más presión contra la moto.
            ― ¿Vas a dejarme explicártelo, macarroni?
            Me revolví en el sitio intentando encontrar un punto flojo para poder liberarme de su agarre, pero el muy gilipollas ejercía tal fuerza sobre mí que estaba segura acabaría con las muñecas irritadas.
            ― No me sale del coño. ― Hice una pausa y levanté la barbilla con dignidad. Arrogante hasta en situaciones desfavorecidas, toda una italiana de pura cepa. ― ¿Crees que no sé por qué cojones lo estás haciendo? Sé que intentas convencerme para que amañe las carreras. Pero no pienso aceptar tu soborno, ¡no quiero tu puta ayuda! ¡No la necesito! ¡Sé sacarme las castañas del fuego sola!
            Dan hizo una mueca de desconcierto, como si le molestara no habérsele ocurrido antes.
            ― No, no es por eso…
            Oh, no. Eso sí que no. No podía ser…
            ― ¡Serás gilipollas! ¡Yo te mato! ¡Te juro que te mato! ¡Suéltame, cabrón! ― La rabia comenzaba a subir y de un momento a otro iba a dejar estéril a alguien como no se apartase de mi camino.
            Si había algo que odiase más que la caridad cristiana era la caridad por pena. Odiaba que la gente sintiera lástima por mí, por lo que me había pasado o por la situación en la que me encontraba. Sinceramente era algo que me hinchaba los cojones.
            Odiaba eso, y en aquel momento me odiaba a mí misma por habérselo contado todo, por tener un momento de vulnerabilidad y joder las cosas. Por llorar cuando hacía tiempo que ya no me quedaban más lágrimas. Por todo.
            Lástima dan los perros abandonados, no yo, gilipollas.
            ― Como te atrevas a sentir la más mínima lástima por mí, te juro que te corto los huevos y se los echo de comer a los perros, Walker. ― Gruñí contra su cara, muy cerca, muy muy cerca. ― Te juro que…
            Y me besó.
            Abrí los ojos en desmesura, intentando asimilar qué cojones estaba pasando allí. Pero lo único coherente que se me ocurría era que el mundo se había vuelto loco en cuestión de segundos.
            Correspondí al beso algo más torpe de lo que me hubiera gustado, aunque al final conseguí coger el ritmo del pelinegro segundos antes de que finalizara.
            Se separó de mí y me miró durante unos segundos, totalmente serio, analizándolo todo. A mí, sin embargo, solo se me pasaba una pregunta por la cabeza: ¿en qué momento exacto y cómo cojones he acabado sentada a horcajadas sobre la moto?
            Abrí la boca para decir algo, pero lo único que se me pasaba por la cabeza en aquel momento era un estúpido balbuceo incoherente; y sinceramente, no era plan para joder más las cosas a mi favor.
            Dan sonrió de lado con diversión. Tal vez le hiciera gracia la forma en la que abría y cerraba los labios sin llegar a decir absolutamente nada.
            Por fin, la voz salió de mi garganta con tanta interrogación y desconcierto que rogaba a gritos una respuesta lógica.
            ― ¿Por qué has hecho eso?
            Dan amplió su sonrisa y se encogió de hombros.
            ― Me estabas poniendo nervioso con tanta amenaza e insulto. Solo quería que cerrases la boca, macarroni. No te lo creas tanto…
            Fruncí el ceño y me crucé de brazos. Ya me encargaría de bajarle el ego más tarde.
            ― ¿Vas a explicármelo? ― Pregunté de golpe. ― ¿Cómo lo has hecho?
            ― Oh, Max… ¿No te dieron tus padres la charla sobre los chicos? En realidad no tiene mucha teoría… Solo tienes que acercarte y…
            ― ¡Eso no, idiota! ― Dije, dándole un puñetazo en el hombro. ― ¿Cómo has conseguido convencer a Leroy?
            Sonrió de lado y se encogió de hombros, quitándole importancia.
            ― En realidad no he convencido a nadie…
            Fruncí el ceño, como ya iba siendo normal, no me enteraba de nada. Al ver mi cara de confusión, Dan decidió explicarse mejor.
            ― En realidad no te he conseguido el puesto de trabajo. Sé que eres superorgullosa y toda esa mierda, así que he hecho una especie de apuesta con Leroy. ― Hizo una pausa, mirando cómo todavía estaba sentada sobre su moto. Me revolví incómoda en el asiento. ― ¿Ves ese trasto de allí? El puesto es tuyo si consigues hacer que funcione. Está muy estropeado y no tienes permiso para utilizar piezas del taller, tendrás que arreglártelas tú sola. Pero en cuanto lo consigas, serás bienvenida al taller de Leroy.
            Empezaba a sentirme mal por haberle cantado las cuarenta cuando en realidad no se había inmiscuido tanto en mi vida como había pensado, pero no iba a echarme atrás, iba en contra de mi orgullo italiano.
            ― ¿Cómo sabías que aceptaría?
            ― Sólo hay que saber conocer a tu enemigo. ― Se encogió de hombros. ― En cuanto encuentras una grieta, te lanzas de cabeza al ataque.
            Sonreí ante la metáfora. Pero en cierto modo tenía sentido lo que estaba diciendo. No sobre lo de lanzarse de cabeza contra las grietas de un muro (aunque confieso que sería divertido ver a alguien intentarlo) sino lo de conocer a tu enemigo. Supongo que por eso Dan siempre acababa ganando nuestras discusiones, porque empezaba a conocerme; pero eso se iba a acabar a partir de ese momento. Iba a aprender a conocer a mi enemigo, iba a aprender a conocer a Dan Walker.


© 2015 Yanira Pérez.

Esta historia tiene todos los derechos reservados. 


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