viernes, 4 de septiembre de 2015

12. #CLCPLR

12.

            Empezaba a dudar de que mi piso no era un hostal de verdad y hubiera vivido engañada estos tres años. Debería de empezar a cobrar la entrada como si fuera una discoteca o algo, o yo que sé, al menos que me ayudaran a pagar el alquiler.
            Alguien intentó abrir la puerta de la casa con ansia y luego soltó un muy frustrado «mierda». Me acerqué a abrir la puerta.
            ― ¿Por qué tienes la puerta cerrada con llave? ― Preguntó Dan, entrando con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.
            Levanté una ceja y me lo quedé mirando. ¿No se acordaba de que había un asesino suelto por ahí o es que la paliza le había quitado las pocas neuronas que tenía?
            Había mandado a Dan a por vendas y alcohol para curarle las heridas de la cara hacía como tres horas, y el muy capullo se presentaba ahora pidiendo explicaciones.
            ― ¿Dónde coño estabas? ― Pregunté cruzándome de brazos. ― Llevas tres horas fuera.
            Dan se volvió a mirarme y sonrió de lado.
            ― ¿Estabas preocupada por mí, macarroni?
            ― ¿Qué? ¡No! ― Meneé la cabeza. ― O sea, ¡sí! ¡Joder!
            Dan levantó la mano como para pedirme que me callara y se sentó sobre la encimera de la cocina de un salto. ¿Es que este chico no sabía sobre la existencia de las sillas?
            ― Ya, ya. Da igual, Max. ― Sonrió y se encogió de hombros. ― ¿Dónde está?
            Supuse que se refería a la adolescente que estaba de ocupa en mi cama, aunque después del susto de aquella noche no me extrañaba nada que se hubiera desmayado en cuanto Dan la cogió en brazos.
            ― Sigue durmiendo. ― Dan asintió y se encogió de hombros. ― Venga ven, ese ojo cada vez tiene peor pinta.
            Cogí un trapo limpio y lo empapé de alcohol, ni siquiera le avisé de que aquello le iba a doler, simplemente le acerqué el trapo a las heridas y esperé a que se quejase. No lo hizo, sólo dio un saltito en el sitio por la impresión, pero no se quejó.
            La casa se quedó en silencio.
            No sabía si era un buen momento para arrollar a Dan a preguntas, para soltarle lo que tenía en la cabeza desde que escuchamos los gritos en el callejón.
            ― Sabes algo sobre Hannibal Lecter. ― No era una pregunta, era una afirmación.
            ― Sí.
            ― No vas a decírmelo. ― Aquello si era una pregunta.
            ― No te hará ningún bien saberlo.
            ― Me ayudará a superar lo de Ciara.
            Dan me miró fijamente y yo apreté más el trapo sobre la herida, exigiendo una respuesta. Apretó los ojos ante el dolor y suspiró, pero no dijo nada.
            ― Ya sabes más de lo que deberías, Max. No te metas en asuntos turbios. ― Era una advertencia, pero su tono de voz denotaba una amenaza. ― Por favor…
            Se me cayó el trapo al suelo ante aquella súplica, parecía… preocupado.
            ― Por favor…
            El recuerdo de aquella noche me vino como una ráfaga de aire frío en pleno invierno. Los rostros ocultos, la sensación del cañón de la pistola en la frente o en la espalda, la voz de Ciara llorando antes de que se la llevaran lejos de mí y las cuatro paredes fruto de mi claustrofobia.
            Me estremecí por dentro y las manos comenzaron a temblarme. Las cerré en un puño y las pegué a mis costados intentando que no se notara mi nerviosismo.
            ― No puedo prometerte nada, Walker. ― Mustié, más seria de lo que debería.
            En aquel momento el sonido de algo rompiéndose rompió aquel momento tan incómodo. La bella durmiente se había despertado, y parecía que acababa de romper algo. Empezamos bien…
            Una melena azul dobló la esquina del pasillo.
            ― Oh… Hola. ― Mustió al vernos.
            ― Hola. ― Asentí. Dan por el contrario soltó un gruñido como saludo, que simpático. ― ¿Quieres… quieres un vaso de agua?
            Forcé una sonrisa y borré toda aquella noche de mi mente lo más rápido que pude. No se me daba bien ser simpática de normal, y después de aquella conversación todavía más; me costaba mucho toda aquella situación.
            Negó con la cabeza lentamente.
            ― ¿Cómo te llamas? ― Preguntó Dan de golpe, en una especie de gruñido que debió darle miedo, no me extrañó, incluso yo me encogí en el sitio al oír su tono.
            ― Calipso.
            ― ¿Cuántos años tienes? ― Pregunté.
            Calipso frunció los labios en una mueca y nos observó fijamente. Se detuvo un rato observando las heridas de la cara de Dan y me pregunté si estaría reviviendo lo pasado hacia unas horas. La forma en la que tragó saliva pesadamente me lo confirmó.
            ― Dieciséis.
            Asentí y esta vez fui yo la que la miró fijamente. Bajita, con el pelo azul y muchas pecas en la cara; aunque lo que de verdad llamaba la atención de ella eran sus ojos. Un ojo azul y el otro marón. Era realmente… exótica.
            ― Debería irme… ― Bajó la mirada al suelo y se dirigió hacia la puerta, la detuve antes de que se marchara.
            ― ¿Tienes a dónde ir?
            No sé por qué se me ocurrió preguntarle eso, tal vez fue el brillo en su mirada el que, inconscientemente, me recordó a mí cuando llegué a la ciudad: perdida y desorientada.
            Calipso hinchó el pecho y levantó la barbilla, orgullosa.
            ―  No te importa.
            Me crucé de brazos y me apoyé sobre la encimera.
            ― Puedes quedarte aquí si quieres, unos días… ― Le ofrecí, intentando con un gesto de la mano, que fuera un acto desinteresado.
            Calipso me miró fijamente con la duda en la mirada. Realmente no tenía un sitio en el que pasar la noche o alguien con quién quedarse.
            ― No quiero tu compasión. ― Dijo finalmente.
            Dan soltó una carcajada estruendosa, como aquella noche que le vi sobre su moto, cuando le pedí un cigarrillo y me llevé, de propina, mucho más que eso.  
            ― Hostia Max, otra como tú. ― Dijo divertido, bajándose de la encimera para cogerse una cerveza.
            Fruncí el ceño, aunque lo dejé pasar.
            ― Lo que tú digas. ― Me volví de nuevo a Calipso. ― No te estoy ofreciendo mi compasión. Mi casa no es un hostal, tendrías que pagarme.
            Aquello pareció interesarle unos segundos, pero menó la cabeza enseguida.
            ― No tengo dinero con que pagarte.
            Me encogí de hombros.
            ― Ya encontraremos una forma de que me pagues. ― Calipso asintió, no me preguntó cuál era el precio a pagar, parecía no importarle, estaba dispuesta a pagar lo que fuera por aquella oportunidad.
            ― Gracias...
            Volví a encogerme de hombros y me volví a mirar a Dan, que me miraba con los ojos brillantes y una sonrisa de aprobación en la cara. ¿Y este que mira?
            Lo miré fijamente, devolviéndola la mirada tal vez demasiado tiempo, porque Calipso carraspeó incómoda y empezó a retorcerse el borde de la camiseta.
            ― Soy Dan, muñeca. ― Dijo el moreno, acercándose a mi nueva inquilina y tendiéndole una mano.
            Calipso asintió y giró la cabeza hacia mí, esperando que le dijese mi nombre.
            ― Max.
            ― ¿Ese no es nombre de chico? ― Preguntó frunciendo el ceño, todavía estrechándole la mano a Dan.
            Oh, dios mío. ¿Cuántas veces había que tenido que explicarlo desde que vivía allí? Ya había perdido la cuenta.
            ― Maxine… ― Resumí.
            ― Es italiana. ― Explicó Dan. ― Suerte que no se llama Valery.
            Rodé los ojos. Manda huevos con los americanos.
            ― Guay. ― Fue lo único que dijo Calipso. Con un brillo especial en la mirada. Como si acabara de cruzarse con la oportunidad de su vida y hubiera sabido aprovecharla.


            Mandaba huevos con la nueva. Parecía mentira que acabara de llegar al barrio. En menos de cuatro días ya se había ganado a los chicos, incluso había hecho amistad con varias chicas de The Moonlight. Calipso se había adaptado a la perfección.
             ― ¡Maxine! ¿A dónde vas? ― Preguntó Calipso, saliendo de su habitación todavía con el pijama puesto.
            La peliazul había cogido la manía de llamarme por mi nombre completo, y por más muecas que le hiciera no parecía entender la indirecta de que no me gustaba que me llamara así. Siempre salía con que era un nombre precioso y que me quedaba bien, y después me sacaba la lengua y me guiñaba un ojo.
            ― Al taller de Leroy. ― Me encogí de hombros.
            ― ¿Tan pronto? ― Asentí. ― ¿Y qué hago yo hasta que vuelvas?
            Hizo un mohín y chasqueó la lengua, molesta.
            La única norma que le había puesto a Calipso era la de no salir a la calle sin mí o alguno de los chicos. La peliazul no había comentado nada sobre aquella noche por su cuenta, y en cuanto le preguntábamos, se cerraba en banda. Al final decidimos darle un tiempo.
            Volví a encogerme de hombros.
            ― Podrías probar pasarte por el instituto de vez en cuando, Brandon puede acompañarte. Espera un momento, ― Me quedé mirando a Calipso con el ceño fruncido. ― ¿sabes lo que es el instituto, verdad?
            ― ¡Serás idiota! ¡Claro que sé lo que es!
            Sonreí de lado.
            ― Yo que sé, como hace meses que no te pasas por ahí… ― Esta vez fui yo la que le guiñó el ojo. ― También podrías buscarte un curro por ahí. Para empezar a pagarme y eso, hasta que puedas buscarte un piso para ti.
            Asintió y se anudó mejor la bata de noche.
            ― Ten cuidado, Maxine.
            ― Hasta luego.
            Cuando bajé, la moto de Dan me esperaba a la entrada con su dueño apoyado sobre ella y mostrándome aquella sonrisa de depredador en la cara. Todavía tenía el ojo un poco hinchado y amoratado, pero el corte del labio ya casi le había desaparecido y por la sonrisa que llevaba parecía que no le molestaba.
            ― ¿Te llevo, morena? ― Preguntó con sorna. 
            Lo miré de reojo y pasé por su lado con la cabeza fija en el asfalto.
            ― Prefiero andar. ― Dije escondiendo una sonrisa al ver que me seguía a paso lento con la moto, paralelo a mí.
            Se encogió de hombros y me acompañó al taller en silencio, con la moto a una velocidad mínima; de vez en cuando, aceleraba el motor y lo hacía temblar bajo él sin llegar a darle la oportunidad de salir corriendo a toda velocidad.
            ― ¿Qué es lo que quieres, Dan? ― Pregunté en cuanto llegamos al taller y el olor a grasa y aceite me inundaba las fosas nasales.
            El taller de Sam también olía así, pero tenía aquel ambiente húmedo de la costa del Mediterráneo que lo diferenciaba de aquel. Aquello era la única diferencia que me recordaba que no estaba en Italia y que no me encontraría a Sam a la vuelta de la esquina, o a Ciara trayéndome una cerveza a escondidas antes de volver a casa.
            Entré y me coloqué el mono de trabajo, aquel día habían hecho la colada, y por primera vez desde hacía una semana, no estaba lleno de manchas grasientas; incluso olía un poco a detergente de lavanda.
            ― He venido a hablar con Leroy. ― Dijo encogiéndose de hombros. ― Dentro de unas semanas hay una carrera importante, y dado que tu no quieres ayudarme…
            ― Ni lo pienses. ― Dan chasqueó la lengua. ― Ya sabes que no pienso volver a arriesgarme.
            ― Lo suponía. ― Cogió una llave inglesa y comenzó a darle golpecitos a una de las mesas de trabajo por puro entretenimiento. ― Espero que me des tu bendición de la apuesta segura esa noche.
            Levanté la mirada y miré a Dan de reojo. Con aquella pose tan relajada sobre la moto y dando a la vez golpecitos con la herramienta, Dan parecía totalmente fuera de lugar en aquel ambiente de trabajo tan mecánico y frío.
            ― Eso no funciona así. ― Dan sonrió ante mi respuesta. ― ¿Qué…? ¿Qué tiene de importante la carrera?
            Esperaba que Dan no notara la curiosidad acechando en mi voz mientras miraba distraída los frenos de Valeria, intentando que aquel cacharro de hojalata viejo pareciera un coche por primera vez desde hacía décadas.
            ―  Lennon.
            ― ¿Qué quieres decir?
            ― Es la primera carrera de Lennon desde lo del accidente de su hermano… ― Aquello lo dijo en voz baja, como si le diera miedo que alguien más que yo pudiera escucharlo y lanzarse a su cuello como si fuera una presa fácil.
            Había oído hablar del accidente. El hermano mayor de Lennon, un tipo muy grande y con grandes influencias que se había metido donde no lo llamaban y había acabado palmándola en una de las carreras del barrio.
            ― He oído que tenía contacto con la mafia. ― Mustié, estremeciéndome al recordar la situación similar en la que estaba metido mi padre.
            Dan no me lo confirmó con una afirmación, no le hizo falta, aquella frase lo decía todo, y a la vez, no decía nada en concreto.
            ― No fue un accidente, Max.
            Lo de Ciara tampoco fue un accidente a pesar de que esa fue la excusa que ambos, tanto mi padre como Ciara, le dieron a mi madre cuando estaba llorando en el hospital viendo a su hija en estado crítico.  
            Cerré los ojos con fuerza en cuanto recordé a Ciara, en cuanto me la imaginé trayéndome en aquel mismo momento esa cerveza prohibida a escondidas de Sam. No quiero llorar. No llores Max, la humedad, acuérdate de la humedad. Esto no es Italia.
            Levanté la mirada al techo parpadeando varias veces para no derramar las lágrimas que asomaban con caer y me acerqué al almacén a buscar unas pastillas de freno que había guardado allí el otro día.
            Dan me siguió de cerca.
            ― Mira Max, esto te lo digo para que borres esa idea que tienes en la cabeza de una vez por todas. ― Comenzó a decir Dan.
            Respiré profundamente y me decidí a ignorar lo que Dan dijera.
            ― No quites la silla de la puerta o se cerrará. ― Le advertí, entrando en aquel armario lleno de cables, piezas sueltas y combustible al que llamábamos almacén.
            ― Max, escúchame. ― Dan entró en el almacén con los puños apretados, como si se estuviera preparando para soltar una bomba masiva. ― Sé que le has estado preguntando a Lennon sobre Emma y el tío que anda suelto por ahí matando, sé que intentas buscar una relación entre todas las víctimas o algo que te ayude a averiguar quién es el que le ha hecho eso a esa pobre cría.
            Las manos empezaron a temblarme y por la intensidad con la que Dan apretaba los puños hasta tener los nudillos blancos, supe, que aquella frase siguiente sería el detonador que explotase la bomba dentro de mí.
            Intenté encender la bombilla del techo, pero por más que tirara del interruptor, no se encendía. Me conformé con la tenue luz que entraba del taller, intentando normalizar mi respiración.
            ― Pero…
            ― ¿Pero? ― Casi no me salía la voz.
            ― Pero ella no es Ciara. Y meterte de cabeza en la boca del lobo no va a hacer que reviva. ― Respiró profundamente sobre mi nuca y un escalofrío me recorrió la espalda cuando empecé a llorar en silencio. ― Este asunto es más turbio de lo que esperaba, está metida mucha gente hasta el cuello. Ni siquiera la pasma puede hacer algo. Ellos…
            Me volví a mirar a Dan en cuanto el silencio llenó aquel reducido cuarto.
            ― ¿Ellos?
            Así que Hell tenía razón. El único grupo de gente que podía hacer aquello sin dejar huellas y cerrarle la boca a los maderos era la Mafia.
            ― ¿Por eso Emma fue a hablar con Lennon, por la influencia que tenía su hermano en la Mafia?
            Dan maldijo entre dientes y me miró con furia.
            ― ¡¿Es que no has oído nada de lo que he dicho?! ― Se pasó las manos por la cara y bufó con fastidio. ― ¡Te estoy diciendo que es peligroso, Max!
            Dan comenzó a dar vueltas por el reducido espacio, tal vez buscando algo que decirme para que cambiara de opinión.
            ― ¡Joder! ― Mustió, y de pura rabia, le dio una patada a la silla que evitaba que la puerta se cerrase. Y después de eso, todo fue a cámara rápida.
            La oscuridad trajo consigo mucho más la ausencia de luz, trajo la claustrofobia, trajo Italia, a Sam y a Ciara, trajo la humedad del Mediterráneo y se llevó los últimos tres años de mi vida.
            ― ¡Te he dicho que no quitaras la silla!  ― Grité, dándome un golpe con una estantería y tirando un par de botes de algo al suelo. No veía absolutamente nada.
            Oscuridad.
            Dan intentó abrir la puerta. Él no sabía que solo se abría desde fuera, que estábamos encerrados.
            ― ¡Mierda! ― Mustió y alzó una mano para tocarme.
            ― ¡No me toques! ― Enseguida lo aparté de un empujón y me acerqué a la puerta, buscando una manivela que yo sabía que no estaba ahí. ― ¡Sacadme de aquí!
            Golpes.
            Comencé a golpear la madera con todas mis fuerzas. La humedad había vuelto, estaba en el taller de Sam, en Italia, estaba encerrada pero Sam me sacaría. Ciara me sacaría. Pero ninguno de ellos estaba realmente allí.
            ― ¡Sam! ¡Sam, sácame de aquí! ― Las manos se me hincharon de la fuerza con la que golpeaba la puerta. ― ¡Sam! ¡Ciara! ¡Sacadme!
            Las maldiciones de Dan se oyeron de fondo en mi mente, como si alguien se hubiera puesto a rezar en algún sitio cercano.
            ― Max, mírame. ― Dan me puso la manos en los hombros e intentó que dejara de golpear la puerta. ― ¡Mírame, por favor!
            Dejé de moverme en aquel mismo instante y me derrumbé por dentro en cuanto el aire abandonó mis pulmones.
            ― ¡Respira! ¡Respira, Max!
            No recuerdo como acabé sentada en el suelo, apoyada sobre el pecho de Dan, quién me sostenía con fuerza como si fuera a desaparecer en cualquier momento. No me extrañaba, yo también sentía que iba a desaparecer.
            ― Max, escúchame, ¿sí? ― Me susurró al oído. ― ¿Me escuchas?
            Fue su colonia la que hizo desaparecer Italia de mis ojos, la que borró a Sam y a Ciara como si hubiera cogido un boceto que no le gustaba y lo hubiera arrugado y sustituido por otro.
            ― Dan…
            Debió de tomar aquello como una respuesta afirmativa, porque continuó hablando.
            ― Necesitas distraerte. ― Aquello no era para mí, era un consejo para él mismo, necesitaba distraerme para que no acabara ahogándome en mi propio miedo, para que mis demonios del pasado no me atormentaran hasta matarme. ― ¿Te he contado alguna vez cómo acabé en el trullo?
            No contesté, ambos sabíamos la respuesta.
            ― Le pegué una paliza a mi padre… Casi lo mato… ― Aquello último lo dijo tan bajo que creí escucharlo mal. ― Él… Abusa de mi madre y estoy seguro que también de mi hermana… Una vez lo pillé agarrándola del pelo contra la pared y… Me lancé a por él.
            El pulso de Dan comenzó a revotar contra mi espalda como si fuera un traqueteo, demasiado acelerado como para intentar pararlo.
            ― Paré en cuanto mi madre se metió de por medio y le di un golpe intentando apartarla. El muy capullo me denunció por la paliza.
            Dan apretaba tanto los puños que estaba segura acabaría dándole un puñetazo a la pared, y tensaba tanto el cuerpo que su pecho comenzaba a resultar incómodo. Entrelacé mis dedos con los suyos para intentar tranquilizarlo, para tranquilizarnos mutuamente.
            ― ¿Y tu madre y tu hermana? ― La voz me salió más estrangulada de lo que pensaba, pero por fin había olvidado que estaba totalmente atrapada o de que era claustrofóbica.
            ― Mi madre testificó en mi contra y Annalise todavía es menor de edad… No pudo hacer nada, y aunque hubiera podido, no la habría dejado testificar en contra de Henry.
            No dije nada, solo me apreté más contra su pecho.
            Solo pasaron unos segundos en silencio, totalmente rodeados de oscuridad, atrapados en una negrura que empezaba a volver a absorberme. No quería perderme de nuevo en el pánico. Por favor, que alguien dijera algo.
            ― Max ― Dijo Dan de pronto, como si hubiera recordado que era claustrofóbica o de que aquel almacén se parecía mucho al armario en el que casi… ― ¿Recuerdas… recuerdas que te dije que quería pedirte un favor?
            Asentí, aunque no sabía si Dan lo había visto.
            ― ¿Max? ― Preguntó de golpe, asustado.
            ― Sí.
            Soltó el aire por la nariz muy lentamente, como si le pesara dentro de los pulmones.
            ― Pensaba que… ― Dijo más tranquilo.
            ― Lo siento.
            ― Da igual. Quería… Quería pedirte que me acompañaras a verla. ― Susurró contra mi oído. ― Annalise todavía no sabe que he salido de la cárcel y…
            Asentí lentamente.
            ― Claro. Sí…
            Dan me devolvió el asentimiento y todo el cuarto se quedó en silencio y a oscuras. Pero por primera vez desde hacía tres años, no me importó lo suficiente como para gritar. Tal vez fuera el agotamiento, el miedo o el aturdimiento de la claustrofobia que empezaba a llevarme a un estado de inconsciencia, pero ya no tenía fuerzas para gritar o tener miedo, solo quería cerrar los ojos y quedarme así un rato, abrazada entre los brazos de Dan.
            ― Max… ― Me llamó.
            ― ¿Si?
            ― Yo…
            No importó lo que fuera a decirme en aquel momento. No importó nada. Porque de pronto Owen mustió mi nombre desde el otro lado de la puerta, y todo cayó sobre mí de golpe.
            ― ¿Max?
            ― ¡Owen! ¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí!

            La puerta se abrió al segundo, y la luz tenue del taller me pareció la más brillante que había visto nunca.


 © 2015 Yanira Pérez. 
Esta historia tiene todos los derechos reservados. 

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