viernes, 6 de noviembre de 2015

14. #CLCPLR

14.

            ― ¿Y por qué iba a hacer eso? ― Se mofó la mujer, las arrugas de los ojos se le marcaron más de lo normal.
            No habría sabido decir que edad tenía, parecía un espíritu viejo, y sin embargo, no superaría los cuarenta años. El color azabache del pelo que había heredado Dan se dejaba entrever en las raíces, cubiertas por un tinte rubio barato; y los ojos azules habían perdido todo su brillo hacía ya tiempo.
            Era como si hubiera abandonado su vida a un póker y dos botellas. Y seguramente lo habría hecho, pero al fin y al cabo todos acabamos haciéndolo tarde o temprano, ¿no? De diferentes maneras, pero todos acabamos muriendo antes de palmarla. Y ese es el verdadero infierno, ese momento de muerte en vida es el tormento del que todos hablan y al que todos temen.
            Y sin embargo, en los barrios más bajos se ve todos los putos días. Se ve en la mirada de los borrachos y los adictos cuando aprendes a mirarles a los ojos sin apartar la vista, en las adolescentes embarazadas que han echado su vida a perder por un gilipollas cualquiera y en el culo de las botellas vacías cuando te preguntas cuántas llevas ya encima.
            Yo también sentía ese dolor de vez en cuando, cuando me permitía recordar el pasado y abría la funda de la guitarra para encontrarme con el cañón frío del revólver abrasándome la piel de la barbilla. Y entonces me encendía un cigarro y veía como la sangre de los labios manchaba el filtro por habérmelos mordido con demasiada fuerza.
            Supongo que todo el mundo encuentra ese tormento en pequeñas acciones, que todos tienen ene rito de mierda para destruirse de vez en cuando, porque llorar por llorar está mal visto, y si contienes mucho las lágrimas acabas ahogándote con ellas.
            Siempre la misma jodida historia.    
            Tal vez la cosa se hubiera complicado más si ella no hubiera aparecido en aquel momento, y la verdad, es que había sido mejor así.
            ― ¿Mamá? ¿Qué ocurre?
            Annalise.
            ― Annalise. ― Mustió Dan, como si le hubieran dado una patada en el estómago. Debía ser duro ver a tu hermana después de tres años y darte cuenta de lo mucho que ha cambiado, que ya no es una niña.
            La adolescente se quedó mirando a su hermano con el ceño fruncido y los labios entreabiertos antes de abrir los ojos de par en par, emocionada.
            ― ¡Dan! ― Gritó, y salió corriendo a abrazar a su hermano.
            Sonreí inconscientemente y miré la escena desde fuera. Sintiendo un pinchazo de dolor en la boca del estómago al pensar en Ciara y en que no podría volver a abrazarla así.
            ― ¿Qué tierno, no crees? ― Me preguntó la madre de Dan, lo suficientemente alto como para interrumpir aquel momento. ― ¡Un feliz reencuentro! ― Ironizó.
            Dan se volvió para mirarla fríamente, pero Annalise se le adelantó.
            ― Déjalo ya, mamá. ― Soltó, mirando a su madre tan fijamente que me recordó a Zack. ― Vete a dormir.
            La mujer miró a su hija como si fuera a protestar.
            ― Pero…
            ― Buenas noches, mamá. ― Cortó ella.
            La mujer miró a sus hijos uno a uno y luego me miró a mí, levantó la barbilla, se anudó la bata y se perdió por el pasillo, dejándonos solos.
            Dan se volvió hacia su hermana y volvió a abrazarla.
            ― ¿Estos tres años en la cárcel te han vuelto marica o qué? ― Soltó su hermana, que se reía de la cara de su hermano. ― ¡Deja ya de abrazarme!
            Dan soltó una carcajada y le dio un empujón amistoso.
            ― Dios, eres insufrible. ― Mustió Dan, pero tenía esa sonrisa en la cara que solo le había visto poner con los chicos. ― Ya veo que has aprendido a apañártelas bien con mamá.
            Annalise asintió orgullosa y se cruzó de brazos.
            ― No me quedó otra. ― Mustió, y al ver la cara de su hermano, añadió: ― Aunque ahora que Henry no está es mucho más fácil.
            ― ¿Cuándo volverá?
            Annalise negó.
            ― No creo que vuelva. Desde que Zack y tú os marchasteis la pasma lo tenía fichado, solo tenía que pegar un grito para que aparecieran por lo puerta y se lo llevaran. Huyó.
            Dan asintió y murmuró un casi inentendible “hijo de puta”.
            Annalise me miró de reojo y miró a su hermano.
            ― ¿No vas a presentármela? ¿Quién es? ― Preguntó mirando a su hermano con una sonrisa, como si en cualquier momento fuera a canturrear una canción infantil sobre los ligues de su hermano y besos en los árboles.
            ― Oh, sí, claro… ― Dan me miró extraño y le sonreí. ― Es…
            ― Soy Max. ― Me adelanté. ― Una amiga.
            ― Entiendo… ― Asintió Annalise, mirando divertida a su hermano. ― ¿Francesa?
            Sonreí.
            ― Italiana. ― Me encogí de hombros.
            Dan soltó una carcajada.
            ― Eso está por ver. ― Negó. ― Todavía no la he visto preparar una pizza ni emborracharse bebiendo vino.
            Annalise sonrió al vernos y se acomodó en el sillón, mirándonos con una ceja alzada.
            ― No le hace falta vino para pasárselo bien, ― Mustió divertida. ― a ninguno de los dos, de hecho. ¿De dónde venís? ¿Os habéis cruzado con un gorila y os ha dado la paliza de vuestra vida, o qué?
            Fruncí el ceño. Pero en seguida recordé la fiesta, la redada y lo mucho que me dolía el costado y el hombro.
            Dan también se percató de eso, porque me miró como si le doliera a él. ¿Tan mal aspecto tenía?
            ― Te traeré hielo. ― Mustió Dan, y salió corriendo a la cocina, supuse.
            Me quedé a solas con Annalise, que se abrochó la bata de dormir mejor.
            Me quedé observándola fijamente. Se parecía mucho a su hermano, con los rasgos más suaves y la melena negra ondulada cayéndole por la espalda. Era muy guapa, como Dan.
            Se percató de que estaba mirándola fijamente y se cruzó de brazos, cohibida.
            ― ¿Qué ocurre?
            Sonreí.
            ― Parece que tú también has estado pasándotelo bien. ― Comenté. ― Si tienes resaca puedo dejarte una pastilla, aunque ahora lo que mejor te vendría sería una taza de café.
            ― ¿Por qué…?
            ― Se ve la ropa de calle por debajo de la bata. ― Anuncié encogiéndome de hombros, y al ver la mueca que hizo, pregunté: ― ¿No quieres que se entere, Dan?
            ― Hace tres años que no lo veo… Seguramente piensa que sigo siendo una cría.
            Asentí. Al parecer no había sido la única que había notado la culpabilidad que se había echado Dan sobre sus hombros al perderse casi toda la adolescencia de su hermana.
            Pensé en Calipso, en que tenía la misma edad que Annalise, y en que ella habría sabido congeniar mejor con ella. A mí, por el contrario, se me daban de puta pena las personas. Soy un desastre.
            ― Es difícil para él. ― Confesé. ― De hecho ha tardado bastante en reunir el valor necesario para venir aquí, creo que le daba miedo.
            ― ¿El qué?
            ― Esto. Que todo hubiese cambiado desde que se marchó, y peor aún, que hubiese cambiado a peor por su culpa.
            Annalise enderezó la espalda en el sofá.
            ― Pero no es así. ― Dijo rápidamente. ― Él no tiene la culpa, y ahora las cosas no van tan mal…
            ― Sí… ― Sonreí. ― Está puta madre eso de que te las apañes tú sola.
            Annalise sonrió y se encogió de hombros para restarle importancia al asunto.
            ― Gracias, supongo…
            Le devolví el encogimiento de hombros.
            ― Tal vez debería ir a cambiarme antes de que vuelva, Dan… ― Comentó la morena, mirándome dubitativa.
            Asentí. Mejor que Dan aceptase los cambios poco a poco y con calma.
            ― Corre, yo te cubro.
            Annalise me sonrió y salió corriendo hacia el pasillo, con lo que se chocó contra su hermano. Le susurró algo al oído y continuó caminando.
            ― ¿A qué venía eso? ― Preguntó confuso Dan. Me encogí de hombros.
            ― Adolescentes.
            Dan miró el pasillo y me lanzó la bolsa de hielo.
            Me levanté la camiseta, descubriendo un muy horroroso hematoma. Oh, dios… “Houston, hemos descubierto una nueva galaxia.”
            ― ¿Te duele mucho? ― Preguntó Dan, sin atreverse a acercarse.
            Negué lentamente, poniéndome el hielo torpemente en el costado.
            ― Trae, yo te ayudo.
            Hice una mueca en cuanto él me presionó el costado y gruñí.
            ― ¿Es esto una venganza, Walker? ― Dije, recordando como lo había intentado curar el día que conocimos a Calipso.
            Dan sonrió y negó lentamente.
            ― No, es solo que eres muy quejica.
            Rodé los ojos. Yo no era quejica, estaba segura de que esto era una venganza. Rencoroso…
            ― Gracias. ― Dijo de golpe, muy rápido y mirando al suelo.
            ― ¿Por qué? ―Pregunté confusa.
            ― Por esto.
            ― Yo no he hecho nada…
            Dan me miró fijamente, frunciendo el ceño y con los labios apretados.
            ― Has hecho más de lo que crees, Max. ― Mustió y miró la herida de mi costado y el vientre descubierto. ― Necesitaba que estuvieras aquí. ¿Me tranquilizas, sabes?
            ― Creía que te ponía de los nervios.
            Sonrió.
            ― También. Eso ni lo dudes.
            El silencio se hizo de pronto, y aún con el hielo sobre la piel, el calor me subió por el cuerpo en cuanto Dan comenzó a acariciarme con la yema de los dedos.
            ― Esta noche ha sido todo un puto desastre por mi culpa. ― Dijo, sin mirarme siquiera a los ojos.
            ― Todo no. ― Hice una pausa mirándole, no servía de nada mentir. ― La mayor parte sí ha sido por tu culpa, ― Dan rió por lo bajo ― pero vamos, que no todo, ¿sabes?
            Dan alzó una ceja y torció una sonrisa. Joder, es que no sabía ni explicarme. Max, eres un puto desastre con patas.
            ― No, a ver, ― Me apresuré a decir. ― que vale que lo de la redada haya sido una jodida de las buenas, que hayamos tenido que andar durante horas para volver a la ciudad y que tu madre sea una hija de puta, pero…
            ― Tú sí que sabes dar ánimos, Max. ― Me interrumpió.  
            ― Pero, ― Continué. ― lo que intento decir, es que no todo ha sido malo. Me alegra haber conocido a tu hermana y que tú te hayas reunido con ella después de años. Eso ha estado guay. Tienes suerte.
            Dan sonrió, esta vez un poco más convencido.
            ― Sí, supongo que sí.
            La bolsa de hielo comenzó a derretirse y, para mi desgracia, Dan la retiró, junto con sus caricias. Sentí un pinchazo en el estómago.
            ― Tu hermana parece una tía de puta madre. ― Dije, para evitar pensar en por qué me jodía tanto que se alejara.
            ― Ha cambiado.
            ― La gente cambia. ― Y es así. Crece, madura y se va muriendo cada día un poco más. ― Y ha pasado mucho tiempo, pero sigue siendo tu hermana pequeña.
            Asintió.
            ― Solo que ahora tiene más tetas. ― Añadí.
            ― ¿Qué? ― Dijo Dan con cara de susto.
            Solté una carcajada.
            ― Es broma, idiota. ― Y le di un puñetazo en el hombro. ― ¿Qué vamos a hacer ahora?
            ― Podéis quedaros a dormir si queréis. ― Dijo Annalise, apoyada en el marco de la puerta, al parecer, escuchando. ― Ya es tarde, de hecho, es hasta pronto.

           
© 2015 Yanira Pérez. 
Esta historia tiene todos los derechos reservados.  


                   

                    

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