martes, 16 de febrero de 2016

Voces.

Voces.
Siempre he escuchado esas voces en mi cabeza. Gritos. Llantos. Susurros. Asfixiándome, oprimiéndome, ahogándome. Las siento a mi alrededor, en cada esquina que doblo, en cada lugar que dejo atrás.
También escucho sus pisadas y siento sus miradas en mi espalda, sus roces por debajo de la sábana, sobre todo cuando estoy sola.
Siempre han estado ahí, como un zumbido pertinente en mi oído izquierdo. Son sombras que pasan corriendo por el reflejo del espejo cuando miro de reojo, son la banda sonora que acompaña a mi vida, una música de lamentos y súplicas, de mensajes que se pierden por el camino antes de que pueda entenderlos.
Y ahora, ya no están.

El agua fría de la ducha cae suave sobre mis hombros, como si hubiera empezado a llover sobre mí. Cierro los ojos y dejo que arrastre con ella todo el sudor pegajoso de mi piel, suspiro dejando caer mi peso sobre la pared que tengo detrás y me siento en el suelo con las rodillas en el pecho y la cabeza enterrada entre mis piernas. Lo único que oigo es el sonido de las gotas repiquetear en los azulejos de la ducha, y eso, eso es lo que más miedo me da.
Me pongo de pie y cierro el grifo, dispuesta a salir de la ducha. El suelo está frío y resbaladizo debido al vapor que hay en el cuarto, y pequeñas gotas de agua se condensan en la pared y se dejan caer, haciendo una carrera hasta el suelo.
Cojo una toalla y me la envuelvo al cuerpo cuanto antes. No me gusta verme desnuda, no me gusta ver cómo los huesos se marcan en mi piel en algunas zonas y en otras desaparecen bajo capas de grasa.
Me acerco al gran espejo que adorna la pared y paso una mano para poder verme reflejada sin borrones de agua. Lo primero que veo son mis ojos, manchados de negro por el maquillaje corrido. No importa, al menos disimula las ojeras provocadas por el insomnio.
Es raro escuchar los sonidos que me envuelven con tanta precisión, escuchar las últimas gotas de agua caer al desagüe, las pisadas húmedas al andar descalza por el suelo de madera o el maullar del gato de la vecina. Pero más extraño es sentir todavía su presencia detrás de mí y no poder escuchar sus voces.
Vais a volverme loca…
No sé por qué lo intento. Nunca me responden, no al menos lo que quiero escuchar, y ahora, totalmente silenciadas en un pacto general, la única respuesta que me llega es el eco de mi voz revotar en las paredes vacías.
Tú ya estás loca. Me respondo a mí misma.
Sé que son reales, que no son imaginaciones de mi cerebro aunque sea la única que pueda oírlas o presenciarlas. Las he visto tantas veces que reconozco la forma oscura de sus sombras, sombras más oscuras de lo normal, como si procedieran de la mismísima oscuridad, sombras que brillan llenas de vidas perdidas.
No estás loca, Nyx.
Esa voz. Es él. Está aquí.
Sólo hay una voz que me responde por encima de las demás, sólo una voz que se cuela en mi cabeza como un torbellino y acaba arrastrándolo todo consigo. Siempre dice lo mismo, siempre jura que no estoy loca, como si la cordura fuera una moneda de cambio con la que puede jugar. Y siempre, siempre pronuncia mi nombre en esa frase antes de desaparecer, dejándome en los labios un cosquilleo invisible, como si hubiera susurrado las palabras a unos centímetros de mi boca.
― No puedes prometerme la cordura. ― Le digo con rabia, mordiéndome los labios con tanta fuerza que consigo hacer que sangren.
Me paso un dedo tembloroso por la boca y enseguida me llega el olor de la sangre.
― No hagas eso.
Me quedo paralizada al sentir su presencia a mi lado, tan fuerte que parece que de verdad pudiera tocarme. Y pronuncia las palabras tan cerca de mi oído que casi me llega su olor.
Si pudiera tocarme… Sólo pediría eso si pudiera elegir, pediría poder sentir el tacto de su piel tan fría como me la imagino, tan pálida que hasta brille. Sólo eso.
― Te odio. ― Replico.
― No es cierto.
«No lo es.»
― Sí.
«No.»
― Ven a buscarme, Nyx. ― Hace una pausa, y por un momento, todas las voces vuelven a sonar en mi cabeza antes de volver a caer en el silencio. ― Te estamos esperando.  Solo tienes que dejar de sentir miedo. Deja de sentir miedo de ti misma.
A cada palabra que pronuncia más rabia siento dentro y más fuerte aprieto mis puños, hasta que ya no puedo soportarlo más y exploto.
― ¡Que te den! ― Grito con todas mis fuerzas y la puerta del final del pasillo se cierra con un golpe seco y hace retumbar todas las paredes.
Se ha ido, pero las demás sombras siguen aquí. Me miran fijamente, observando mi reacción.
He llegado a la conclusión de que me vigilan, me vigilan constantemente y si ocurre algo importante, se lo cuentan a él. No sé por qué lo hacen, pero lo hacen. Le obedecen como si estuvieran a su mando. Como si él las controlara a todas.
― No tengo miedo de mí misma, ¿vale? ― Grito. ― ¿Sabéis a quién le tengo miedo? ¡A él! ¡Venga! ¡Corred a decírselo! ¡Decidle que no pienso buscarle! ¡Decidle que le temo, que es el monstruo de mis pesadillas! Decidle que le odio.
No me contestan, no se mueven. Siguen observándome. Solo hacen eso.
― A veces pienso que estaría menos vigilada en un psiquiátrico. ― Gruño y me encierro en mi habitación.
No sirve de nada, no sirve encerrarme, no sirve correr, no sirve esconderme. Están en todas partes. Van a donde voy, viajando a través de las sombras.
Me dejo caer sobre la cama. Todavía resuenan sus palabras en mi cabeza: «Ven a buscarme, Nyx.» «Deja de sentir miedo de ti misma.»
No comprendo por qué me molestan tanto sus palabras. Por qué me siento tan mal cuando las escucho de sus labios. Por qué me dan tanto miedo que no puedo dejar de temblar. Yo sólo quiero que desaparezca el nudo de mi garganta, y me echo a llorar.
― ¡Te odio! ― Grito, y tiro todos los libros de la estantería. ― ¡Te odio, te odio, te odio!
Le doy un puñetazo a la pared y me raspo los nudillos. Escuece y pica, pero me da igual. Necesito descargar todo lo que llevo encima. No puedo evitarlo.
― ¡No quiero volver a escuchar tu voz! ― Levanto el colchón de la cama y lo tiro contra el escritorio. Me cuesta, pesa bastante, pero la adrenalina hace que no note el cansancio en los brazos.
Cojo lo primero que pillo del suelo y lo lanzo contra la pared, creando una grieta fina y larga que se disimula con el papel pintado de flores. Ha sonado a cristal roto cayendo al suelo, pero no me molesto en recoger los cristales por si luego los piso.
Esta vez lanzo los cojines contra la puerta y veo un par de plumas volar por los aires. Me escuecen los ojos de tanto llorar y cuando me los froto, me mancho la mano de maquillaje negro.
Pego un grito cuando el escozor en mi garganta me ahoga y me dificulta el respirar.
Ya está. Se acabó.
Me dejo caer sobre el colchón tirado en el suelo y me encojo sobre mí misma. Ahora ya no se escucha nada salvo el traqueteo lento de mi corazón. Tal vez demasiado lento.
Ahora solo me queda el llorar en silencio y dejar que el cansancio se apodere de mi cuerpo. Primero, entrando por la punta de mis pies descalzos y fríos y subiendo por mis piernas con pequeños escalofríos. Acariciándome el vientre con ternura y agarrotándome los brazos como si fuera una tortura. Hasta subir a mi cabeza y nublarme la vista, embotonándome el cerebro y dejando que los párpados se cierren lentamente.


Me gustaría decir que me despertó un sonido repentino, como el golpe de la puerta al cerrarla en seco, al menos hubiera significado que no estaba sola. Pero no fue así.
Era un sonido débil y monótono. Como un chillido débil de un animal enjaulado. Una rata.
La veo en el marco de la puerta, sentada sobre las patas traseras y olfateando el aire como si buscara algo que echarse a la boca de entre la basura. No me extraña, la habitación parece un verdadero vertedero.
Me mira fijamente y suelta un berrido, una especie de chillido agónico que me pone la piel de gallina.
Me levanto de golpe y me acerco, la curiosidad es más grande que el asco, y la observo. Tiene los dientes delanteros muy grandes y le sobresalen de la boca, incluso las orejas son más largas de lo normal; pero sobre todo, lo que de verdad impresiona es el pelaje largo y de un color blanco impoluto.
Retrocedo sobre mis pasos en cuanto la rata se mueve. Se acerca a algo que hay arrojado en el suelo y lo olfatea: cristal. Recuerdo el sonido del vidrio partirse en un momento concreto, y me acerco a ver qué se ha roto.
Una foto. El marco está partido de un lado y ya no se puede recomponer, y el cristal parece que se haya convertido en pequeños copos afilados; la imagen, por el contrario, está intacta, colocada boca arriba sin ninguna esquina doblada, como si alguien la hubiera puesto así a conciencia.
En la foto salgo yo de pequeña, con el pelo rubio sobre la cara y el vestido azul que tanto le gustaba a mi abuela. No se me ve muy bien. Más bien salgo de lejos, en la parte inferior derecha de la fotografía, sentada en el césped de un campo abierto.
Recuerdo cuando se hizo la foto. Fue en el viaje al campo, a la casa rural de la familia a las afueras de la capital. Fue la última vez que fuimos.
No es una foto especial. La guardo en la mesita de mi habitación porque es el primer recuerdo que tengo de él. Justo en ese momento; sentada en medio de la nada hablando sola, o eso piensa todo el mundo.
Antes era así. Antes todo era más sencillo. Podía oír su voz hablándome y contestarle como si fuera normal que no pudiera tocarlo o incluso verlo. Todo el mundo atribuía el problema a la infancia y aseguraban que con la madurez se marcharía.
Él no se ha marchado. Y no parece querer hacerlo nunca.
La rata vuelve a chillar bajo mis pies y sale corriendo a un agujero que se ha creado en la pared, justo debajo de la grieta que el golpe del marco ha causado en la pared de yeso y bajo el papel de flores azules.
Me agacho y miro a través del agujero. Todo está oscuro y no se ve nada, así que meto la mano y palpo en la oscuridad. No parece suceder nada, hasta que, en un movimiento repentino, la rata me muerde la mano.
Saco el brazo instintivamente y me miro la mordedura. Ha hincado bien el diente y me ha hecho sangre. Temo que se pueda infectar o que el animal pueda trasmitirme alguna enfermedad. Pero justo cuando ese pensamiento llega a mi mente, me desmayo.
Durante los minutos que me tiro inconsciente en el suelo tengo pesadillas. La rata se ha hecho gigante y me persigue a través de la oscuridad del agujero que ahora he podido atravesar, de pronto, empiezo a encoger y me topo con una puerta que me impide el paso. No tengo la llave y necesito salir cuanto antes, la habitación ha empezado a inundarse y pronto moriré ahogada. Oigo su voz en la oscuridad repitiéndome que no tenga miedo de lo que soy y que no estoy loca. Busco una salida alternativa o una llave de recambio, pero el agua empieza a subir y me quedo flotando en el techo de la habitación hasta que el agua me cubre por completo y empiezo a dejar de respirar. Todo acaba como empezó: con la oscuridad absoluta.
Despierto con la cabeza embotonada y la piel empapada de sudor, por alguna razón estoy en la casa de campo y llevo puesto el vestido azul de la fotografía, aunque sé que no es el mismo porque ya no me viene. Doy por hecho que sigo soñando.
Me levanto del suelo con las rodillas flaqueándome y miro la casa rústica a lo lejos. Desde donde estoy se ve muy pequeña, pero a medida que doy un par de paso me doy cuenta de que no estaba tan lejos como pensaba, y que, realmente, es muy pequeña. Parece una casa de juguete y casi me cabe en una mano.
Un cuervo se planta sobre el tejado de la casita y me mira fijamente, suelta un graznido y, al segundo, empieza a hablar. Su voz suena mucho a la de un loro, y también repite las cosas dos veces, como para asegurarse de que las escucho. Se hace evidente quién es el propietario de las palabras que repite.
― Nyx, sigo esperándote. Sigo esperándote. ― Vuelve a graznar y gira la cabeza en dirección al  bosque. ― Búscame. Búscame.
Y sale volando.
 Gruño y cierro los puños hasta que tengo los nudillos blancos. No quiero que también esté aquí, que invada mis sueños como hacía cuando era pequeña.
Miro de reojo el bosque y maldigo en voz baja, he sido muy tonta por no darme cuenta antes. Aquí era donde me traía de pequeña en sueños y jugaba conmigo. Me traía al lugar donde había empezado todo y me repetía al oído que siempre estaría conmigo, que me protegería.
― No me has protegido. Me has aislado. ― Le grito a la nada, a todos ellos, todas sus sombras, al cuervo que me espera a la entrada del bosque. ― Has hecho que enferme de demencia.
Me giro en dirección contraria a la arboleda y me quedo mirando el cielo. Hay muchas estrellas, y de pronto, es de noche.
― El tiempo es relativo, a veces, lo eterno solo dura un segundo. ― Dice él a mi espalda, y me toca el cabello, enredando los mechones en sus dedos.
Me quedo estática en el sitio y me niego a girarme. Ha estado jugando conmigo durante todos estos años, haciéndome creer en un mundo de las pesadillas que él mismo había creado y del que parece no quiere despertar.
― Estás enfadada. ― Lo dice en un tono tranquilo, como si hubiera esperado que lo estuviera, incluso estoy segura de que le hubiera decepcionado si no lo hubiera estado. ― Es normal.
― ¿Es éste el final? ― Pregunto de golpe, con el miedo haciéndose una bola en mi garganta.
― ¿A qué te refieres, Nyx?
― Estás aquí. ― Afirmo. ― Estamos juntos. ¿Significa eso que ya ha acabado el juego? ¿Has conseguido matarme de locura? ¿Cuál era el premio? ¿La eternidad?
― Si y no; tal vez, puede. ― Pasa la mano por mi espalda y parece que sus dedos están hechos de energía, porque consiguen transmitirme corrientes por la espina dorsal. ― Una eternidad juntos sería un buen premio.
― Sería una pesadilla. ― Afirmo, y por un momento dudo de si estoy mintiendo o no.
― ¡No! No… ― Su mano se ha detenido en mis omoplatos, no parecen tener interés en volver a subir por mi espalda. ― Sería una maravilla.
― This is not Wonderland… ― Mustio, y por una vez, parece que he conseguido dejarle sin palabras.
El silencio parece una mayor tortura que sus palabras, y por un momento, me temo que sería el ruido del vacío en vez de los susurros los que acabarían por trastornarme por completo.
― No es el final, este juego no ha acabado. ― Dice, y me asombra que hable con tanta franqueza, sin juegos ni trampas, con la verdad por delante.
Juego sucio. Es un tramposo. Sabe que una vez acostumbrada a sus mentiras y trucos, la verdad me pillaría desprevenida. Ha vuelto a vencerme. Nunca seré tan buena en su propio juego.
― ¿Y cuál es el objetivo de todo esto? ¿Cómo acaba? ― Pregunto.
― Acaba por el principio. El objetivo es el trayecto.
― Eso no tiene sentido.
Sus manos han vuelto a la jugada, y esta vez su cuerpo se ha acercado más a mí, ahora no solo me acaricia con las manos, sino también con el aliento en la clavícula.
― ¿Ah, no? ― Pregunta, y niego lentamente con la cabeza. ― ¿Y cuál es el objetivo de lo verdadero?
― ¿Lo verdadero? ― Repito, y frunzo el ceño sin llegar a entender nada. ― ¿Qué es lo verdadero?
― El deseo.
― ¿El deseo?
― Sí, ¿no crees? 
Me muerdo la lengua para evitar seguir repitiéndole. Y agacho la vista al suelo.
― El deseo del amor, tal vez.
― No, no… No ese deseo. El deseo más auténtico.
― ¿Cuál? ― Me rindo.
― El deseo de locura.
No puedo evitarlo más, y me giro en redondo. Sé que cuando lo haga, él ya no estará allí. Que sus caricias desaparecerán y su aliento no me hervirá la piel. Que algo mágico lo borrará de la faz de la tierra, del sueño, o de dónde quiera que esté.
― ¡Nadie desea estar loco! ¡Eso es una locura!
Y de nuevo, su voz en mi mente, repitiendo sus palabras.

«Si y no; tal vez, puede…»

© 2016 Yanira Pérez. 
Esta historia tiene todos los derechos reservados.

Inspirado en la novela "Alicia en el país de las maravillas" de Lewis Carrol

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