sábado, 21 de mayo de 2016

19. #CLCPLR

19.

            Zack Walker.
            Zack Walker y su jodida mirada. Eso era todo lo que se me pasaba por la cabeza mientras nos miraba a Dan y a mí. Eso y que el temblor de las rodillas me hubiera desequilibrado y tirado al suelo si no hubiera tenido la pared como punto de apoyo.
            ― Zack. ― Repitió Dan.
            Miraba a su hermano como si le costase comprender la situación. Como si le fuera imposible que él se encontrara allí en aquel preciso momento. Y no me extrañaba…
            ― La verdad es que me esperaba un recibimiento más efusivo. No sé. ― Bromeó el hermano mayor, al tiempo que se le escapaba esa sonrisa que llevaban todos los Walker grabada en la cara.
            Tal vez sobraba en aquella escena, cuando Dan se lanzó a darle un abrazo a su hermano como si hubieran vuelto a la infancia, uno de esos abrazos con sonrisas que enseñan los dientes y palmadas en la espalda que hasta duelen.
            ― ¿Qué haces aquí? ― Comenzó Dan, pero enseguida le interrumpieron.
            ― ¡Ey! ¡Espera un momento! Quiero que conozcas a alguien.
            No sé por qué me miró a mí en cuanto dijo eso, supongo que, aparte de anunciar que no había venido solo, le estaba dando pie a su hermano para que me presentara. Pero yo no necesitaba la ayuda de nadie para decir mi nombre y fingir una sonrisa de cortesía.
            ― Maxine Bianco. ― Me presenté, sonriendo como si no supiera nada de él más allá de que era el hermano de Dan.
            Iba a costarme mucho no pensar en el día en que lo conocí en Nueva Jersey hacía tres años. Pero no iba a cometer el mismo error que cometí con Dan y enseñar mis cartas antes de lo debido. O eso pensaba.
            ― Zack Walker… ― Mustió, como si con decirle mi nombre le hubiera contado toda mi historia y ya supiera todos mis secretos.
            ― Si te has traído una chica espero que hayas pensado en mí también. ― Comentó Dan, sonriendo como si esos tres años sin su hermano hubieran desaparecido. ― ¿Sabes que estuve en el trullo?
            ― Eso he oído. ¿Me voy unos meses y ya eres incapaz de burlar a los maderos? ¿Es que no te he enseñado nada en esta vida?
            No pude evitar imaginarme aquella escena. Dan mucho más joven, con su hermano mayor metiéndose en líos y aprendiendo aquella primera lección. «Si las cosas se ponen feas, corre todo lo que puedas.» Y a Zack dejando atrás a su hermano y empezando a correr, sin siquiera dignarse a comprobar que lo seguía, porque no necesitaba hacerlo, tenía la seguridad de que lo haría.
            ― ¿Unos meses? ¡Llevas tres años fuera! ¿Dónde cojones has estado? ― Le reprochó Dan, cruzándose de brazos.
            Zack soltó una carcajada y empujó a su hermano hacia la entrada, donde estaban todos alrededor de una caja de pizza vacía.
            «Buitres… ¡Aprendan a compartir!»
            ― Sí me he traído a una chica, pero como te acerques a ella con esa intención te corto las pelotas, hermano.
            Dan frunció el ceño y entró en el salón con la misma mueca de desconcierto con la que había mirado a Zack al principio.
            Joven, morena, con los ojos marrones y la piel muy blanca. Tal vez aquel era el tipo ideal de Dan, pero fallaba algo. Tal vez, que no superaba los dos años.
            ― Dime que no eres un pederasta, por favor… ― Mustió Dan, mirando a la niña con cara casi de espanto.
            La niña nos sonrió desde el sofá de la sala, enseñando mucho los dientecitos, casi como si fuera a comerse a alguien y agitando el brazo como si estuviera izando una bandera de bienvenida.
            Rodé los ojos y le di un golpe en el brazo por imbécil. ¿Es que acaso no era obvio?
            ― Es tu sobrina, idiota. Se llama Zoe.
            ― Casi prefiero que seas pederasta…
            Y es que aquella, sí era una sorpresa que nadie se esperaba.



            No me gustan los niños pequeños, no se me dan bien de hecho. Tal vez se deba a que soy un desastre como persona, y por lo tanto mi relación con otras personas, incluso si son personitas de dos años, es horrible.
            Por eso me mantuve apartada toda la noche, mirando a los chicos jugar con la niña y a Calipso intentando que fuera su muñeca-maniquí. Casi me daba pena la pobre niña, pero parecía que se lo estaba pasando bien, incluso.
            ― ¿Qué te traes con mi hermano?
            «¿Qué?»
            ― ¿Qué?
            ― ¿Que qué te traes con mi hermano? ― Repitió Zack, como si fuera eso lo que había preguntado y no me hubiera referido a su aparición de la nada por la espalda. ¡Joder! ¡Que casi me da un infarto! Exagerándolo un pelín.
            Bufé y solté una carcajada.
            ― No te importa.
            ― A él le gustas.
            Sonreí.
            Lo sabía.
            ¿Lo sabía? Sí, lo sabía. Sabía que le gustaba, que desde hacía un par de semanas, tal vez más, no me quitaba el ojo de encima cuando nadie miraba, o cuando simplemente quería mirarme porque sí, porque le apetecía. Sabía que me había cogido cariño, que se preocupaba por mí como por una más del grupo. Que el contacto físico entre nosotros había incrementado casi inconscientemente, que ya no me molestaba que de la nada, me cogiese de la cintura y me zarandeara medio borracho.
            Y casi podía afirmar con certeza que él a mí también me gustaba, que había comenzado a confiar en él, que me gustaba su sentido estúpido del humor, su manera de ponerse siempre a la cabeza de todo, incluso su manía inconsciente de ser el centro de atención.
            Pero eso era todo. Atracción.
            ― ¿A sí? ― Me hice la tonta, girándome divertida a mirarlo.
            ― No te hagas la tonta, no te pega.
            «Max, te ha pillado.»
            Sonreí de lado y rodé los ojos.
            ― Lo que tú digas…
            Me quedé mirando a Dan, a como, inconscientemente, competía con la recién llegada. Como si hubiera vuelto a la infancia y necesitara llamar la atención de su hermano mayor más que el juguete nuevo que se había comprado.  
            Zack soltó una carcajada y se encogió de hombros.
            ― El muy capullo se me ha adelantado.
            ― ¿A qué te refieres?
            ― A ti. ― Asintió. ― Si no hubiera visto la escena que he interrumpido y la manera en la que te mira, ten por seguro que ya te habría tirado los tejos por lo menos un par de veces. Y que ahora mismo estaríamos follando en una de las habitaciones.
            Rodé los ojos, pero me hizo gracia que comentara tan abiertamente que le atraía lo suficiente como para follar. Así son los tíos de por aquí, que cuando ven algo que quieren tirarse, no lo disimulan.
            ― Él volvió antes. ― Mustié, sin llegar a negar lo que había dicho.
            ― Él te merece más. ― Zanjó, como si aquella fuera la razón indiscutible que ganaba la discusión. ― Por cierto, ¿no vas a darme las gracias? ― Preguntó a mi espalda, sirviéndose una taza de café como si nada.
            «Mierda.»
            ― ¿Por traernos un juguete nuevo para que se entretengan? ― Pregunté sarcástica, desviando el tema de conversación. ― ¿Eres el nuevo Santa Claus?
            El moreno sonrió de lado y se acercó a mí, sentándose en una de las sillas de la barra y mirando a los chicos en el salón.
            ― Por lo de hace tres años, te salvé de un tipo, ¿recuerdas? ― Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
            Lo miré de reojo, pero no dije nada.
            ― ¿Qué quería?
            ― No sé de qué me estás hablando, Zack. ― Dije divertida, como si todo aquello me pareciera una broma. Pero la broma dejó de tener gracia en cuando lo miré a los ojos. Estaba mirándome exactamente igual que cuando caí en sus brazos aquella noche, rendida.
            ― Ya…
            ¿Por qué se acordaba? Es que todo el puto mundo en este barrio tenía memoria fotográfica o qué. Joder.
            No sabría decir por qué simplemente se lo dije todo. Tal vez era un don que tenía, tal vez sabía leer a la gente, o incluso hacer que se lean a sí mismos, tal vez por eso había conseguido llegar tan alto. ¿Quién sabe?
            Tal vez era su parecido con Dan el que me obligaba a confiar en él directamente, sin tiempo de prueba, sin prejuicios.
            ― Quería llevarme a casa, ― Confesé. ― pero no iba a dejar que me arrastrara de nuevo a allí…
            ― ¿Sabes qué le pasó luego?
            Fruncí el ceño, confundida.
            ― Volví a por el revólver a la mañana siguiente, supongo que para asegurarme de que todo había sido real, pero él ya no estaba… ― Bajé la mirada al suelo. ― No me engaño, sé que no está muerto, no soy estúpida… Supuse que volvió a casa, sin mí.
            Zack Walker asintió, encogiéndose de hombros, pero no dijo nada.
            ― Micah Bianco. ― Susurró, muy bajito, para que las palabras no desgarraran con fuerza. ― ¿Era tu padre?
            El efecto de susurrarlo no funcionó, las palabras resonaron tan fuerte que parecía que tiraban de mi estómago para que lo vomitara todo. Casi sentí como la sangre abandonaba mi cuerpo y el alma se me caía a los pies.
            ¿Cómo sabía su nombre?
            «¿C-cómo…?»
            ― Zack. ― Mustié, comprobando que todavía tenía voz. ― ¿Por… por qué has vuelto?
            ― Por Navidades. ― Dijo, y aquel sorbo lento y caliente me dio más respuestas que sus palabras.
            ― Mentira.
            El moreno sonrió y se encogió de hombros.
            ― He venido por todo el asunto que se está moviendo en el barrio. Las chicas, Michael, la Mafia… No me gusta ni un pelo. ― Confesó.
            ― ¿Por qué lo conoces? ¿De qué conoces a Micah? ― Insistí, necesitaba respuestas.
            ― ¿A tu padre?
            ― No es mi padre. ― Gruñí.
            ― ¿Tu tío? ― Preguntó.
            No. Micah llevaba el apellido Bianco, pero no era de mi familia, no tenía mi sangre. Estaba solo, y los Bianco lo acogimos, le hicimos un favor, está en deuda con nosotros. Está en deuda con mi padre, y por eso está aquí, por eso vino a buscarme él.
            ― Aquí la que ha preguntado primero soy yo, Walker. ― Susurré, apretando mucho los puños por debajo de la barra. ― Contesta.
            El moreno miró hacia el salón. A lo chicos, que habían comenzado una porra de cómo cojones Zack se había olvidado de la existencia de los condones; a Calipso, a la que no conocía más allá de lo que ella hubiera podido contarle aquella noche; a su hija, dormida en el sofá; y a Dan, que me miraba fijamente como preguntándome si estaba todo bien.
            No le respondí, no sabía que responderle.
            Y entonces Zack lo soltó todo, como una bomba.
            ― Micah Bianco no regresó a Italia, Max. ― Desvió la mirada hacia mí, y antes incluso de que pronunciara una palabra, el azul de sus ojos ya me lo había contado todo. ― Trabaja con Michael.
            Pum. Un disparo directo al pecho.  
            ― Dime una cosa, Max. ― Hizo una pausa, obligándome a mirarle a los ojos.
            ¿Cuántas veces había soñado con aquel azul? ¿Cuántas veces había comparado aquella mirada con la de todo el mundo? ¿Cuántas veces había temido que aquellos ojos borraran por completo los últimos tres años de mi vida, volviéndome a convertir en alguien débil?
            Pero una mirada no puede borrar nada, y mucho menos tres años. Y yo, yo ya no era débil, ya no huiría. Había aprendido la lección, estaba enseñada. Solo necesitaba una prueba para demostrar que era fuerte, para enseñarles que sabía ganar.
            ― ¿Hubieras disparado?
            ― Sí.

            ― Bien.


© 2015-2016 Yanira Pérez. 
Esta historia tiene todos los derechos reservados. 

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