jueves, 8 de septiembre de 2016

3. #UCPED

3.

            Kara sabía cómo llamaban al Diablo los humanos. Había leído las escrituras sagradas… Bueno no, no las había leído del todo; solo las partes que le interesaban: la de los castigos divinos y las guerras con muchos muertos y sangre. ¡Ah! ¡Y todo el dramatismo del apocalipsis! Esa era su parte favorita.
            Kara sabía que en ellas Lucifer era un ángel caído, un revelado de Dios envuelto en desgracia; la oveja negra de la familia perfecta del gran pez gordo que vive ahí arriba. Lo sabía de sobra. Sabía que incluso algunos de ellos, de los humanos, lo adoraban.
            Astuto. Rebelde. Cruel. Justo.
            Loco.
            Kara lo habría llamado así. Habría escrito con letras grandes y claras en la primera hoja de cada libro sagrado la palabra «loco» y no se habría acercado lo más mínimo a describir el caos que había en la mente de aquel desgraciado.
            Por eso cuando despertó amarrada a una camilla con todo el cuerpo adolorido y la vista desenfocada por el mareo, supo que lo peor solo acababa de empezar.
            — Buenos días, Kara… — Susurró Lucifer, pegando su nariz al cuello de la demonio, olfateándola.
            Kara cerró los ojos, tragándose aquella oleada de ira y náuseas que le había entrado. Había visto cómo funcionaba Lucifer. Había llegado a jugar con él y sus pobres almas condenadas cuando era pequeña, antes de descubrir el mundo humano y decidir pasarse el resto de su vida jugando a cosas más divertidas en los baños de la mitad de los clubes de Nueva Jersey.
            — ¿Qué es esto, Lucy? — Kara señaló divertida las correas que la ataban, sonriendo. — ¿Crees que voy a ser como un animal asustado que va a intentar salir corriendo?
Kara había aprendido a usar su belleza como un arma cuando se sentía amenazada desde el primer instante en el que su madre se había percatado de su madurez física.
Aquel día la había plantado frente a un espejo de cuerpo entero y sonriendo, le había ordenado a Kara que se quitara la ropa poco a poco, para observarla mejor. Había visto sus pechos, lo suficientemente grandes para llevar escote. Le había recorrido la piel de la espalda con el filo de un cuchillo y le había marcado con él los lugares donde Kara podía disfrutar más, pero también provocar más daño. Le había enseñado como marcar más su figura con curvas y como llamar la atención de un hombre. Le había enseñado como seducir a una mujer sin siquiera levantarse la falda del vestido.
Nhama le había enseñado que no necesitaba ser un guerrero en el campo de batalla para ganar todas tus guerras.
— ¿De verdad crees que necesito una correa? — Ronroneó Kara.
            Lucifer sonrió, desabrochándose parte de aquella camisa blanca que resaltaba tanto con el tono verdoso de su piel morena.
            — ¡Vamos, querida! Eso hace el juego más… emocionante. — Sonrió Lucifer, mirándola con aquel brillo en los ojos. Aquella luz en su mirada que gritaba que algo no iba bien dentro de su cabeza.
            Loco, loco, loco.
            — ¿Para quién? — Gruñó la demonio.
            — ¡Para mí! — Lucifer le sonrió y le dio la espalda, concentrado en jugar con aquellos cuchillos que tenía siempre a mano en aquella sala del psiquiátrico maníaco. — ¿Acaso no es obvio?
            — Pensaba que el juego era de dos… — Mustió Kara, revolviéndose en la camilla. Tal vez podría desatar las correas que la envolvían, tal vez ella tendría más suerte que…
            «No hay escapatoria.»
            No la había. Lo supo antes incluso de ver a Lucifer con el cuchillo en la mano, riendo como si el filo del arma le hubiera contado el mejor chiste del mundo y no pudiera aguantar la carcajada maníaca en la garganta.
            Y entonces, esa chispa de cordura en medio de tanta demencia.
            — Querida Kara, — Esa sonrisa, que alguien le arrancara esa sonrisa de la cara. — este juego dejó de ser de dos en cuanto perdiste mi marca con aquel estúpido necio…
            Y el grito que soltó la demonio en cuanto el cuchillo se clavó en su piel hizo temblar hasta el último cimiento de la habitación.
            Loco, loco, loco.
            Kara gritó y gruñó. Maldijo hasta la última célula del cuerpo de aquel hijo de puta, amenazó con matarlo en cuanto los hematomas de su piel empezaron a parecer huellas dactilares, en cuanto su propia sangre comenzó a manchar su camiseta favorita.  
            — Kara, Kara, Kara…
            Estaba disfrutando con todo aquello. Kara lo sabía de sobra. Lo sabía por la forma en la que pronunciaba su nombre, separando las silabas y arrastrando el sonido de sus letras para saborearlas en el paladar. Ka-ra.
            Siguió forcejeando hasta que estuvo segura de que se le había salido el hueso de hombro, hasta que escuchó el crack en una de sus muñecas y el dolor le azotó tan fuerte que, por un momento, cuando cerró los ojos, creyó que al fin todo había acabo.
            Estúpida; no había hecho más que empezar.
            Aquella tortura, aquel dolor amenazante que le azotaba desde la punta de los pies hasta el cuello, donde Lucifer le había clavado los dientes afilados de ónix en un mordisco, no era más que el principio de aquel infierno.
            Lo supo cuando Lucifer le desató las correas que la ataban a la camilla, sabiendo que el dolor era el mejor anestésico; sabiendo que Kara era incapaz de mantenerse en pie por si misma o de enfocar la vista siquiera para mirarlo amenazante.
            Ya no había furia, no había nada más que dolor dentro de ella. Dolor y el deseo intenso de que todo aquello acabara de una vez. Ni siquiera pudo abrir la boca para volver a ladrar todas aquellas maldiciones.
            Lucifer sonrió, acariciándole la melena blanca con ternura.
            — Lo siento tanto, Kara… — Susurró sobre su oído, bajando la caricia por su mejilla y la piel fina de su cuello. — Sabes que te quiero…
            Kara abrió los ojos solo un momento y pudo verlo perfectamente. Pudo ver aquel brillo de demencia en sus ojos oscuros, en el propio reflejo de Kara que ofrecían antes de que la cogiera en brazos como quien coge un bebé para acunarlo.
            — Sabes que esto me duele más a mí que a ti… — Mustió, antes de dejar a Kara junto a la puerta abierta, como invitándola a salir. — Levántate…
            Pudo haberle creído, por el tono de su voz, que resonaba con un deje de pesar sobre su garganta o por la manera en la que dejó que Kara recuperara las fuerzas, dejando un margen de espacio entre ellos.
            — Levántate, Kara… — Volvió a animarla. — Ya ha acabado. 
            El don del Diablo siempre había sido la tentación, la palabrería, aquellas mentiras que le daban a uno lo que quería escuchar, promesas demasiado tentadoras como para poder siquiera pensar en decir que no.
            Por eso Kara le creyó, porque quería creerlo. Por eso mismo se apoyó sobre el marco de la puerta, porque no tenía fuerzas para levantarse pero quería levantarse de aquel frío suelo de mármol blanco.
            Loco.
            La puerta se cerró de golpe mientras Kara se levantaba, o lo habría hecho de no haber sido porque la mano de la demonio se llevó todo el golpe, partiéndole los huesos de los dedos en cientos de pedacitos.
            La demonio aulló de dolor.
            Kara podría haber dejado caer su cuerpo humano, mostrarle a Lucifer su verdadera forma; pero eso solo haría que él dejase ver la suya propia, y Kara no quería volver a ver aquellos cuernos de carnero, el pelaje de su cuerpo y aquellos ojos grandes y profundos, como un pozo a las mismísimas profundidades del Tártaro.
            — Solo es un pequeño recordatorio… — Rio el ángel caído en cuanto vio la sangre y la deformidad de la mano de Kara después del golpe. — Para que recuerdes quién manda aquí. A quién le perteneces.
            Aquello sí que molestó a Kara, no había nada más en el mundo, en el submundo o en el puñetero universo que le jodiera más que que jugaran con su libertad.
            Ella era una mujer libre. No le pertenecía a nadie.
            — No le pertenezco a nadie… — Murmuró, arrastrando las palabras con lentitud. Ella no era Sira, no viviría su vida bajo las órdenes de nadie, obligada a servir a alguien como Amaymón o como Lucifer. Ella era libre, era lo único que realmente le pertenecía: su vida, su libertad.
            Suyas.
            — No te pertenezco…
            Lucifer sonrió de lado y se agachó de cuclillas frente a ella.
            — ¡Oh! ¡Claro que sí! — Cogió a Kara de la mano rota y estiró, provocando que la demonio volviera a gritar de dolor. — ¿Ves esto?
            Kara cerró los ojos, por el dolor, porque no quería obedecer ninguna de sus órdenes por más insignificante que fuera, porque no tenía fuerzas para levantar los párpados.
            — ¡Mira! — Gritó Lucifer, y su voz hizo temblar las paredes y el suelo.
            Abrió los ojos y miró.
            Miró la cicatriz en su antebrazo, como si alguien hubiera trazado con fuego un tatuaje en él y la piel quemada hubiera creado todas aquella curvas blanquecinas de piel cicatrizante.
            Su marca ya no estaba. No se veían los trazos negros y dorados, solo la cicatriz que habían dejado, como si alguien hubiera levantado toda aquella tinta con un cuchillo sobre su piel dejando una herida que le recordaba constantemente lo que había perdido, la razón de que ahora estuviera sufriendo todo aquel dolor.
            — Esta cicatriz es obra mía, un recordatorio de que me perteneces. Es lo único que te permite volver al Infierno cuando estás con esos humanos que tanto te gustan…
            — No quiero volver… — Murmuró Kara.
            El Diablo volvió a reír, y aquella risa era peor tortura que todo el daño que le pudiera infligir.
            — Fue un regalo. — Lucifer se encogió de hombros. — Para que pudieras recargar tu poder… ¿Sabes que la energía de tu interior se agota poco a poco cuando estás en la Tierra, verdad?
            Kara lo sabía. Sabía que lo único que la diferenciaba de los humanos, aparte de su aspecto físico, con las alas y los colmillos, era ese poder que adquiría del submundo y que resultaba tan útil cuando estaba en la Tierra.
            Solo funcionaba allí, donde la mundanidad de los humanos contrastaba tanto con aquella energía oscura del Mundo de las Sombras. Cuando volvía al Infierno, sentía crecer esa energía, como si se recargara dentro de ella, pero no podía liberarla a no ser que volviera a la Tierra.
            — La Tierra abre una brecha en tu energía, como una herida abierta que sangra… — Murmuró Lucifer. — Por eso puedes liberarla en el mundo de los humanos. Pero si la dejas sangrar y sangrar, al final se agota y muere. A no ser, claro está, que vuelvas al Infierno…
            Kara gruñó en cuanto Lucifer le obligó a levantar la barbilla para mirarlo directamente a los ojos. No le gustaban esos ojos, no quería mirar esos ojos.
            — Pero sin tu marca, Kara…
            — Me da igual. — Mintió.
            — Lo sé. — El ángel caído se levantó, dándole la espalda. — Pero el problema es, que no puedo permitir que un humano mortal ande por ahí con una de mis llaves… ¿Lo entiendes, Kara?
            La demonio intentó volver a levantarse. Los demonios sanaban rápido, ellos mismos eran cicatrices y dolor; por eso sus cicatrices desaparecerían en un par de horas y el dolor se desvanecería como si nunca se hubiera roto todos los huesos de la mano.
            — No puedo permitirlo. — Volvió de decir, girándose hacia Kara. — Por eso necesito que recuerdes esto, para que no vuelvas a cometer el mismo error.
            Kara tenía suficientes cicatrices en el cuerpo como para recordarlo, pero esas marcas desaparecerían, y eso Lucifer lo sabía. Por eso se propuso dejar aquellas cicatrices en su espalda, porque estaba seguro de que Kara lo recordaría hasta el fin de sus días.
            Ni siquiera reaccionó cuando la arrastró por el suelo del pelo hasta la pared y la ató de espaldas con cadenas de hierro en las muñecas y los tobillos. Aquello no lo vio venir.
            — Tomate esto como otro regalo. — Sonrió el Diablo.
            Lucifer estaba tratándola como su fuera un animal salvaje que no hacía más que romper sus reglas. Amordazándola, atándola con correas y cadenas, castigándola por no obedecer sus órdenes. Por eso Kara reaccionó de aquella manera tan salvaje en cuanto vio como las manos del caído acariciaban sus alas.
            — ¡No te atrevas!
            Se revolvió, gruñó y ladró. Lanzó bocados al aire, con los dientes afilados expuestos, para intentar pillar un pedazo de carne de la cara de Lucifer. Se sacudió con todas sus fuerzas e incluso escupió espuma por la boca.
            — ¡No me toques! — Amenazó.

            Pero ya era demasiado tarde, no pudo hacer nada cuando aquella espada lazó la primera y única estocada y sus alas cayeron al suelo como un saco pesado. Y ni las mil amenazas de muerte que profirió Kara sirvieron para dejar de escuchar aquella risa maníaca en sus oídos o recuperar lo único de verdad apreciaba.




© 2016 Yanira Pérez. 
Esta historia tiene todos los derechos reservados. 

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