jueves, 12 de enero de 2017

8. #UCPED

8.

            Lo que más le gustaba a Kara del Andrómeda era la música que ponían, tan de moda ahora y hace veinte años. Ese rock que se te mete en las venas y hace que te cuestiones hasta tu nombre.
            Aquello había sido obra del carcamal de Ronan, que vivía estancado en su mundo de bandas y conciertos, de antros y noches en vela. Y no podían culparle, qué le iban a hacer ellos, si gracias a él y su generación estaban donde estaban. Si era por todos esos grupos de música revolucionaria que la gente ya no se callaba las penas, si no que escribía una canción o un puto disco entero. Que qué cojones podía hacer Kara, si era por ellos, por lo que la gente tenía voz en el mundo.
            — ¿Sabéis por qué le puse Andrómeda? — Preguntó Ronan, con esa cerveza en la mano que puede que fuera la quinta de la noche.
            Kara lo sabía. Había escuchado esa historia tantas veces que se la sabía de memoria, pero le encantaba el don de cuentacuentos de Ronan, y era incapaz de negarse cuando le pedía permiso para contarle una anécdota. Además, que Kara no sabía cómo cojones se las apañaba, pero siempre la contaba de una forma diferente, siempre añadía algo, un detalle que puede que pienses que no tiene importancia, pero que le da un sentido completamente diferente a la historia.
            — ¿Por qué? — Gritó Kara, empezando a balancear la cabeza al son de la música de aquella morena con los ojos de búho de la que nadie recordaba su nombre, pero sí sus canciones.
            Y es que en verdad lo que importaba, no era que los chavales de ahora recordaran cómo cojones se llamaba el grupo que, en el concierto de 1982, dejó tirados a diez mil fans porque el cantante principal tenía diarrea. Lo que importaba, lo que los había hecho tan jodidamente importantes, era que sus letras seguían teniendo significado después de tantos años.
             — Andrómeda era una tía que conocí en el concierto de R.E.M. — Comenzó. — Fue una noche oscura oscura. De las de verdad, eh. Yo llevaba una camiseta del grupo y esos pantalones que dices que son tan feos, Kara; y ella, ella llevaba un vestido negro tan pegado que me mareé sólo de verla.
            Kara sonrió y rodó los ojos.
            — Ten en cuenta que en aquella época en las canciones no se podía hablar de sexo como ahora. — Aclaró, llevándose el cigarro a los labios. Aquello era cosa de Ronan, cerveza y tabaco en una mezcla, la llamaba La Tatuada. — Andrómeda se me acercó borracha y comenzó a hablarme de la vida. Así tal cual, no de la suya, de la mía o la de su jodida abuela. Me habló de lo pensaba, de sus ideales y sus rayadas. Me habló de libertad, de abrir la boca para decir algo más que “qué buenas estás, coño”, para decir la verdad. Me habló de amor mientras lo hacíamos y por ella me perdí el jodido concierto.
            Kara no conocía a Andrómeda y estaba segurísima de que Ronan, en el fondo, pese a todo lo que hablaron aquella noche, pese haber dormido en la misma cama y compartido el mismo gusto de música, tampoco. Estaba segura de que aquella chavala ni siquiera pensaba lo que hacía aquella noche, que fue ella durante un rato que no recordaría y luego nada, seguiría con su vida. Pero Kara la admiraba de cojones, por hablar de lo que no hablaba la gente aquellos años, por ligarse a aquel pirata joven con la verdad por delante y dejarle aquella huella en el pecho, por ser lo que era y saltarse la norma.
            — Era una tía rara. Me habló de su nombre, de que venía de una tía desnuda con muchas joyas y un marido con unas sandalias mágicas, me habló de sus padres que tendrían que estar muy colgados como para ponerle aquel nombre por aquella tipa de los museos de historia.
            Xareni se acercó a Ronan y se apoyó sobre su hombro, cerrando los ojos.
            — Creo que fue el mejor polvo de concierto del mundo. Sobre todo cuando tocaron mi favorita y los mecheros incendiaron aquel ambiente de vida que llevábamos encima todos.
            — Ponerle aquel nombre nunca me pareció buena idea. — Murmuró la morena, robándole un trago largo a aquella Tatuada de Ronan.
            — Eso es porque sigues pensando que fue por el sexo, y no. — Ronan miró a Kara fijamente. — Fue por todo lo que aquella chavalina me enseñó en una noche.
            — Parece mentira que estés celosa, Xareni. — Comentó Kara, guiñándole un ojo. — A mí me parece de puta madre el nombre. ¡Viva Andrómeda!
            — ¡Viva! — Gritó el resto del pub, o al menos gran parte.
Y Kara rió y rió, y le importó una mierda todo, podía acostumbrarse a pasar la vida así, sin magia, sin miedo, sin nada más que Ronan, Xareni y unas cervezas.
            Pero era mentira, Kara aspiraba a mucho más que un momento lleno de música rock, alcohol y anécdotas que ni siquiera había vivido. Aspiraba a lo grande, a formar parte de algo más que cambiara algo, a alguien. Quería ser la Andrómeda de algún pirado o de un jodido genio, no escuchar historias sobre por qué aquel local se llamaba como aquella chavala del concierto de R.E.M. o de Metallica.
            — ¿Otra? — Preguntó Xareni, tal vez por otra cerveza, otra historia u otro bis de aquel grupo que sonaba ahora. Qué más daba. Si al fin y al cabo eran eso, bises de esa generación perdida que ahora tenía muchos más años cargados a la espalda y un poco de ciática.
            — Otra.


            Llevaban un rato jugando a aquel juego que se habían inventado cuando Kara estaba aprendido a utilizar el cuerpo de los demás. En verdad no era ningún juego, era algo así como una tradición, les hacía gracia ir mirando uno a uno a todos los que estaban bailando y decidir cuál de todos reflejaba mejor a Kara sin conocerlos realmente.
            — ¿Qué te parece esa? — Le preguntó a Xareni, señalando a una chica muy mona con esa cara neutra, entre la madurez y la niñez, muy redonda y llena de pecas que no sabrías decir si todavía es una niña o una mujer.
            La morena negó con la cabeza. 
            — No, te confundirían con una de instituto. — Kara se encogió de hombros. —¿Ese de ahí? Es fuerte y parece que tiene mala hostia.
            — Ja, ja.
            Kara siguió la mirada de su amiga hasta un tipo muy grande que esperaba junto a la cola de entrada. Soltó una carcajada.
            — Tía, no sé cuántas llevas encima, pero ese es uno de vuestros seguratas. — Anunció, viendo como su amiga fruncía el ceño y levantaba la nariz, como si así pudiera ver mejor. — ¿Qué clase de empresaria eres que no conoces a tus empleados?
            Xareni le dio un tirón de pelo para que dejara de burlarse y le sacó la lengua.
            — No soy ninguna empresaria, de eso se encarga Ronan. — Bufó. — Además, tú. Que no sé por qué te empeñas en utilizar el cuerpo de alguien, ya no tienes todas esas heridas en la cara.
            Kara miró a Xareni con los labios fruncidos. Tenía razón; todas las heridas y marcas de la cara y el cuerpo de Kara habían desaparecido. Todas, menos las de sus alas. Ahora tenía dos grandes cicatrices en la espalda que todavía sangraban de vez en cuando. Y ver aquello, sentir la piel de la espalda tirante y dolorida, saber que ese dolor era por aquella perdida, la ponía enferma.
            — Ya sabes que me gusta cambiar. — Dijo, sonriendo.
            A veces creía que se le daba de puta madre mentir y aparentar, que era una actriz de cojones y que debería probar en el mundo del espectáculo algún día de estos. Luego veía la ceja alzada de Xareni y se le iba la tontería al momento.
            — Enserio, ¿soy transparente? — Gruñó, cruzándose de brazos. No era normal que le pillara siempre.
            — Kara, te conozco desde que eras un jodido renacuajo que daba más guerra que cualquier crío que haya conocido nunca. — Susurró junto a su oído, como contándole un secreto. — A mí no puedes mentirme.
            Solía hacer mucho eso, acercarse al oído de Kara hasta casi juntar sus labios con la piel más sensible de su cuello y susurrarle cosas como esas. Las decía muy bajito y a veces costaba pillarle lo que decía, pero siempre se te quedaba grabado en la mente como con fuego. Creo que era un viejo truco azteca que utilizaba para susurrarles a los hombres por las noches o algo así le dijo una vez que se lo preguntó. O puede que no, Kara no recordaba mucho de aquella noche.
            — Es solo que quiero, ¿vale? — Murmuró, volviéndose a girar a mirar a todos aquellos chavales que habían venido a celebrar el inicio de las clases o puede que simplemente a celebrar que estaban vivos y eran jóvenes.
            — Yo creo que estás preciosa así…
            Si hubiera sido un comentario de Xareni no tendría el corazón golpeándole de aquella forma el pecho, eso seguro. Pero escuchar aquella voz le hizo sentir toda esa adrenalina en el cuerpo que creía que ya no podría volver a sentir hasta dentro de un tiempo.
            — Edgar… — Saludó Kara, girándose para mirarlo a la cara.
            — El mismo. — Dijo sonriente, casi infantil.
            Que la hubiera sorprendido por la espalda era un punto a favor para él. Kara no hubiera esperado encontrarse a alguien como Edgar en un antro como el Andrómeda, era como si toda aquella aura de rebeldía no fuera con él. No de aquella forma, al menos.
            — ¿Sabes? — Dijo, sentándose junto a ella. — Es un poco extraño que tú te sepas mi nombre, pero yo no me sepa el tuyo. Lo considero hasta de mala educación.
            — Qué señorito… — Murmuró Kara, con burla.
            — Me han educado bien. — Asintió, encogiéndose de hombros.
            Edgar la miró fijamente, con aquella sonrisa de lado que le recordó tanto a Ronan. Casi podía escuchar las palabras de aquel carcamal resonando en su cabeza. Edgar sí era un niño roto con agallas.
            — ¿Y bien? — Insistió, esperando a que Kara se presentara.
            La demonio no pudo hacer más que bufar.
            — Kara.
            — Qué bonito. — Susurró.
            — No creas.
            — Sí lo es. — Dijo, levantando la mano y pidiendo una cerveza en la barra. — Sabes, llevo días dándote vueltas en la cabeza, Kara.
            Kara lo miró de reojo, como no queriendo prestarle tanta atención. Xareni le había dicho que necesitaba ganarse su confianza para que le devolviera la marca por las buenas, que a veces las cosas salen mejor si las haces por el camino correcto, y que su vida ya era demasiado complicada como para complicarla más con tipos como Edgar.
            — ¿Por qué? ¿Te has enamorado de mí?
            — No. — Negó. — Simplemente empezaba a dudar de si habías sido real o no. Desapareciste en cuando Nikki salió al callejón. — Se encogió de hombros. — Pero ya veo que no.
            — No. — Coincidió Kara.
            Edgar rió por lo bajo.
            — Ya. — Le dio un trago a la cerveza. —Es cosa vuestra lo de desaparecer, ¿eh?
            Kara ni siquiera tuvo que mirar a su alrededor para saber que Xareni no estaba sentada junto a ella. Se encogió de hombros a modo de respuesta.
            — ¡Edgar! — Saludó un tipo.
            Kara pudo haber salido corriendo como la otra vez en el callejón si el rubio no la hubiera cogido por la muñeca en cuanto le vio las intenciones, impidiéndole marcharse.
            — No te vayas…
            Kara le sostuvo la mirada fijamente, estaba confusa y cabreada, pero no se marchó. Tampoco es que pudiera, no le había dado elección. Y se lo dijo, mirando el agarre de su muñeca con una ceja alzada como la que ponía Xareni cuando sabía que le estaba mintiendo.
            — ¡Zay! — Saludó Edgar a su vez, soltándole la muñeca en cuanto se aseguró de que Kara no iba a marcharse a ningún lado. — ¿Nicole? — Preguntó al verlo acercarse teniendo en cuenta lo decidido que estaba a no venir el otro día.
            — Sí, tío. No se cómo se las apaña, pero siempre acaba saliéndose con la suya. — Murmuró, chocando las manos en un saludo. — ¿A ti te ha hecho lo mismo?
            Edgar sonrió y se encogió de hombros.
            — Sí, pero ya había decidido venir. — Confesó. — ¿Están las chicas por ahí?
            Zay le dirigió una mirada de reojo a Kara y una sonrisa de lado. Parecía un tipo raro, de esos que puede que encuentres en la biblioteca encerrado todo el día o escaqueándose de las clases en un parque abandonado, así como indefinible, de un extremo o del otro. A Kara le daba igual que la mirara de aquella forma, como si fuera esa fotografía graciosa en el álbum de cuando eras un crío.
            — Sí, estamos sentados por ahí, ¿vienes?
            A Kara le pareció que Zay era como un perro callejero, no de esos de Ronan que son metafóricos, sino uno de verdad. De esos que protegen su cama y a su manada con dientes y ladridos salvajes. Se lo pareció por esos ojos tristes de abandonado y el tono de su voz, autoritario y, a la vez, con miedo de hablar. Casi le entraron ganas de gritarle que abriera la boca y cantara, que las voces negras eran de las mejores y él necesitaba montar una banda que hiciera jaleo, mucho jaleo.
            Edgar asintió y la volvió a agarrar de la muñeca para que lo acompañara.
            — ¿Qué haces? — Gruñó la demonio en cuanto el rubio comenzó a arrastrarla a la mesa del fondo.
            — Vamos, Kara. — Ronroneó. — ¿Siempre estás de mal humor? Quiero que conozcas a mis amigos.
            A Kara le tocaban mucho los cojones que le preguntaran aquello. «¿Siempre estás de mal humor?», «¿siempre tienes esa cara de perro?», «¿por qué no sonríes más?». A ellos qué cojones le importaba que Kara estuviera de mala hostia, a ver. Que si lo estaba no era por gusto, vamos. Que tendría sus motivos para estar peleada con el mundo.
            — ¿Por qué? — Preguntó, cruzándose de brazos y soltándose de su agarre.
            Edgar la miró divertido, como si fuera una niña pequeña que preguntaba el porqué de todo y se cuestionaba las cosas más absurdas del mundo. 
            — ¿Cómo que por qué? — Preguntó Edgar, frunciendo el ceño. — ¡Pues porque quiero!
            En aquel momento Edgar le pareció una de esas estrellas de rock de los ochenta que tanto le gustaban a Ronan, con esa actitud de loco y ese brillo de adrenalina en los ojos. Parecía que estaba jugando con ella, con ella y con todos. Que estaba bajando la guardia para ver qué ocurría, en armonía con el mundo, marcando el compás de sus propios pasos. Kara lo envidió por eso.
            — Enserio, Kara, — Le preguntó, sonriendo de lado. — ¿siempre estás en tensión?
— ¿Qué?
— Estáis ahí, con los ojos muy abiertos y esperando siempre ese golpe de la vida, como si fueran a darte una hostia en cualquier momento. Relájate, ¿quieres? Solo quiero que los conozcas, son buena gente, de verdad. Creo que pueden enseñarte muchas cosas.



© 2016-2017 Yanira Pérez. 
Esta historia tiene todos los derechos reservados. 

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