lunes, 22 de diciembre de 2014

Delirios de pobreza.

Paredes acolchadas y suelos de mármol frío es lo único que tengo desde hace días.
Odio este lugar. Estoy harto de todos los que están aquí. ¡No dicen más que tonterías!
Pero lo que más odio es el abrazo constante de mi camisa, es asfixiante, no me permite alzar los brazos o simplemente estirarlos. Ellos dicen que es por mi bien; pero no entienden que no me llevo bien conmigo mismo, y que abrazarme constantemente no mejora la relación entre mi mente y mi alma. Es más, la empeora.
Pero ellos no lo entienden, no hacen más que hablar de mi cordura… ¡Cómo si ellos no estuvieran locos! ¡Son ellos los que hablan de flores parlantes y sonrisas gatunas invisibles! ¡No yo!
Me metieron en esta casa de locos porque intenté saltar un charco de agua en el asfalto. “Intento de suicidio” lo llamaron. Decían que no podía cruzar de un salto el mar de lágrimas de Alicia, que estaba demasiado profundo y acabaría muriendo ahogado. ¡Sólo era un charco! ¡Lo juro! ¡No había tal mar ni océano!
Pero parece que soy el único que ve la realidad. Tal vez percibamos las cosas de forma diferente, pero no por eso deberían tacharme de loco, ¿no? No lo estoy.
― Doctor, sigue negándose a hablar con los animales, ¡no hace más que ignorarlos! ¡Los pobres están tristes! ― Le digo la enfermera al doctor.
― Esperemos unos días más, podría ser pasajero, no quiero preocupar a la Reina por cosas así. ― Le había contestado el doctor, mirándome desde la puerta de mi jaula de cojines. ― Si no mejora, empezaremos con la terapia del Sombrerero. Una taza de té cada hora.
Según la enfermera que habla con los animales, mi locura no mejora, y por eso cada día, a cada hora, recibo la taza de té como medicina. Dicen que me tranquilizará, así que me bebo cada taza para que piensen que estoy cuerdo y puedan soltarme. Pero parece que no funciona, porque sigo aquí.
Mis familiares no han venido a verme aún, pero la enfermera dice que vendrán pronto, que formarán parte de un pequeño experimento para ver si mi cerebro vuelve a su estado normal… Pero la verdad es que dudo de que tenga un lado “normal”, no lo tiene de la forma que ellos piensan.
Este no es el primero de los experimentos, siguen haciendo pruebas sin sentido, buscando la respuesta que quieren de mi cerebro, es más, esta mañana me sometieron a otro experimento.
Me sentaron en una silla mientras el doctor barajaba las cartas con lentitud. Después, iban mostrándome uno a uno cada naipe.
― ¿Cuándo se supone que va a empezar la partida, doctor? ― Pregunté.
No debí hacerlo. Fue un grave error. Se suponía que los naipes debían asustarme, como a la enfermera cada vez que soltaba un gritito, como si fueran grandes soldados de corazones de papel.
― Acaba de acabar. ― Me respondió el doctor, como si pese a que siguiese pensado que mi cordura fallaba, hubiera encontrado un diagnóstico propio de sus estudios.
Según la conversación que logré escuchar a escondidas, el diagnóstico era el siguiente:
― Parece que su cerebro no consta de la imaginación propia de una persona normal. ― Dijo el doctor. ― Y su cerebro no hace sino más que inventarse un escenario en el que no se sienta amenazado.
― ¡Delira, doctor! ¡Ese muchacho no hace más que delirar! ¡Jugar con los soldados de la Corte Roja, já! ― Gritó la enfermera.
― Su imaginación es pobre… ― Asintió, dándole la razón a la mujer. ― Delira pobreza.
Esas fueron las palabras suficientes para meterme en este agujero eternamente. Ya no volveré a salir de aquí, aunque tal vez consiga saltar por la madriguera del conejo de vuelta a casa.
Aunque claro, en un mundo de dementes, el cuerdo siempre será el loco.

(Basado en el cuento: Alicia en el país de las Maravillas de Lewis Carroll)

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