miércoles, 14 de enero de 2015

1. #CLCPLR

Como la cafeína para la resaca. #CLCPLR

1.

Empezar de cero.
Eso era lo que realmente necesitaba… Empezar desde cero.
¿El problema? Nadie puede volver a empezar desde cero. Es imposible olvidarte de todo lo que ha pasado, de todo lo que estas huyendo. Siempre habrá algo, un lugar, una canción, incluso toda tu ropa, cualquier cosa que volverá a recordarte lo que creías olvidado pero que en realidad sigue ahí.
Y es que es cierto, los recuerdos no se olvidan, se esconden muy en el fondo de tu mente o tu corazón, y cuando vuelves a escuchar esa canción en la radio… ¡Zas! Salen. Y todo vuelve a tu mente y piensas… Joder.
Porque sí, porque son muy capullos. Aunque claro… ¿De quién es la culpa? Nuestra. Porque en realidad no queremos deshacernos de los recuerdos. Nadie quiere olvidar ni los buenos ni los no tan buenos. Porque de los buenos se disfruta, y de los no tan buenos… Bueno, de ellos se aprende, o eso dicen.
En realidad no podía quejarme de nada. Ahora tenía una casa. Un piso en un edificio destartalado al que le hacía falta una buena capa de pintura y la mitad de la barandilla de la escalera. Pero bueno, que estaba bien. Tenía mi cama, mi cocina y mi baño. Incluso tenía un saloncito con un sofá y una mesita que no estaba mal. Suficiente. Además, que el alquiler era una ganga y allí vivía de puta madre, sin vecinos molestos ni nada de eso, todo de cine.
También tenía un trabajo. Una mierda de trabajo, pero me pagaban… y bueno, tirando. Trabajaba de camarera en un stripper. Que en fin, que yo tenía pocos prejuicios para esas cosas, las chicas eran la hostia, sí, pero mi jefe un capullo al que no soportaba. Lo que hace la gente por dinero…
El trabajo fue lo primero que conseguí cuando llegué a la ciudad. Era de noche y un puto yonki empezó a perseguirme pidiéndome dinero para coca. Me asusté mucho cuando empezó a amenazarme con una navaja y me acorraló en un callejón. Lloré con todas mis fuerzas y deseé volver a casa, como si golpeando un par de veces los talones pudiera regresar.
La cosa salió bien y eso, el tío no me hizo nada. Básicamente no podía moverse después del botellazo que le había dado aquella chica. Se ve que me escuchó gritar y se acercó a mirar. No sé por qué se arriesgó conmigo, a lo mejor le di pena, pero me salvó y bueno, que le debo mucho.
El yonki se quedó inconsciente en el suelo. Le quité la navaja y desde entonces no la saco del bolsillo de la cazadora. No se sabe cuándo puede volver a hacerme falta.
La chica se me quedo mirando, no sabía si daba más miedo el yonki o ella, con todo el maquillaje corrido y aquel recogido de vértigo que llevaba. Pero resultó ser buena tía pese a sus pintas.
Eso era algo que había aprendido aquí. El no juzgar a alguien por su aspecto. «Porque en estos lares de extrarradio el borracho puede salvarte la vida y el empresario matarte en un callejón sin salida. » O eso decía siempre Ian.
Qué poético, pero que razón tiene el condenado.
Después de quitarme de encima al yonki la piba se me acercó. Parecía que iba borracha, porque no mantenía bien el equilibrio sobre los tacones.
— ¿Te has perdido? — Me preguntó, con aquel acento tan americano que me costó pillar.
Hacía tiempo que no hablaba en inglés, desde que murió mi abuelo cuando tenía doce años.
Mi abuelo era un hombre elegante y atractivo, incluso cuando lucía aquellas camisas tan estrafalarias que solía llevar. Todo le quedaba bien, y siempre parecía que tenía algo mejor que hacer que estar contigo, aunque le gustase pasar tiempo con su familia.
De pequeña, cuando iba a visitar a mi abuelo, me sentaba junto a él en el porche de la casa, observando los campos verdes de Europa y esos mares tan tranquilos.
No solíamos hablar mucho entre nosotros. Cuando lo hacía, tenía la extraña sensación de que le molestaba, que mi abuelo tenía cosas mejores que hacer que pasar el tiempo conmigo y que al estar haciéndolo tenía que sentirme privilegiada por poder sentarme a su lado. Y me sentía privilegiada.
— N-no… — Tartamudeé.
La chica frunció el ceño y apretó los labios, como analizándome.
De verdad tenía que tener unas pintas horribles y dar mucha pena, algo así como un cachorrillo muy feo al que habían dejado abandonado en un contenedor, porque la piba me llevó a su casa y me ofreció trabajo como camarera en el pub de su hermano: The moonlight. Luego descubrí que era un puticlub y que su hermano era un gilipollas de cojones.

Alguien me pasó una mano por la cara, y volví a la realidad.
— Tía, ¿en qué coño piensas siempre que estas como drogada? — Gruñó Reed, con aquel aspecto de buldog rabioso que llevaba siempre.
Reed era así como muy grande, como un armario andante o un toro a punto de embestir. También era guapo, y fuerte, tanto, que estaba segura de que si intentase darle un puñetazo me rompería la muñeca. Pero cuando lo conocías, te dabas cuenta de que se preocupaba más por los demás que por él mismo, y pasaba a ser una especie de oso amoroso.
— ¡Ay, Reed! Pues en la vida y las vueltas que da. — Dije encogiéndome de hombros y desviando la vista al espectáculo que acababa de comenzar.
Aquella noche actuaba un grupo de Nueva Jersey, no era muy conocido, de esos que se forman en un garaje y vienen a Nueva York a buscar la oportunidad de su vida y acaban en los barrios bajos de la ciudad.
— Joder, tú. Siempre con tus movidas sobre la vida. — Rodó los ojos y se volvió al espectáculo. — No está mal el grupo este, ¿no?
Me encogí de hombros, tampoco es que me gustara mucho la música, solía apetecerme más cuando llevaba un par de copas encima, pero siempre grupos de rock and roll y esas cosas.
Vi a Vicky detrás de la barra, mirándome con esa sonrisa de haber conseguido un buen chute aquella noche.
— Hola, guapa. ¿Qué te pongo? — Le pregunté, apoyándome en la barra con coqueteo.
La rubia me sonrió, acicalándose aquel recogido tan estrafalario al que estaba tan acostumbrada a ver.
Vicky era muy así, siempre llamando la atención con sus moños y sus vestidos de animal print que enseñaban más carne que los vestidos de las chicas que trabajaban allí. Pero le encantaba ser así y a mí me encantaba verla siempre igual, siempre tan a la suya, sin importarle una mierda nada de lo que piense la gente.
— Nada cielo, venía a ver a mi hermano. ¿Por dónde anda ese desgraciado?
Me encantaba que Vicky hablara así de su hermano, daba igual que el local estuviera a su nombre, todos los que conocían el garito sabían que Vicky era la que dirigía el stripper.
— Tirándole los trastos a Rose, supongo. — Anuncié encogiéndome de hombros.
Vicky frunció los labios.
— Un respeto, chiquilla, que es mi hermano. Si hubiese sabido que te andarías con tal descaro hubiera dejado que aquel yonki te clavase la navaja. — Dijo sin siquiera mirarme, echándole el ojo a uno de los hombres que había en una de las mesas. Después me miró y me giñó un ojo. — Era broma.
Miré al hombre al que estaba mirando Vicky y sonreí.
— Ha venido desde Virginia del sur junto a ocho hombres más, tienen pinta de haber salido de la cárcel hace poco y tienen mucho dinero negro, tal y como te gustan a ti. — Anuncié, abriéndome un botellín de cerveza, de vez en cuando mi cuerpo necesitaba un descanso.
Vicky me miró con los ojos abiertos y una mano en el pecho, fingiendo asombro. Tan dramática como siempre.
— ¡Qué rápido aprendes, Max!
— He aprendido de la mejor. — Dije giñándole un ojo. — Supongo que el gilipollas de tu hermano tardará quince minutos más antes de que Rose le dé plantón, ya sabes cómo es ella. Creo que la suite dieciséis está libre y es toda tuya.
Vicky me sonrió y se acercó al hombre contoneando las caderas, siempre con aquellos andares que parecían uno de los bailes de las chicas.
Busqué a Reed con la mirada, pero parecía que había encontrado algo más interesante en los labios de una chica que parecía más concentrada en meterle la lengua hasta el esófago que en el masaje que le estaba haciendo el moreno en el culo.
Fruncí el ceño e hice una mueca de asco. Las chicas así me desesperaban, eran una falta de respeto para todas las mujeres que han luchado por la libertad femenina.
— ¡Os invito a una copaa! — Gritó Ian, entrando en el local agarrado a una pelirroja de vértigo con muchas tetas.
Sonreí al verlo entrar. Ian era el típico chico de barrio bajo, con la cazadora de cuero negra y aquellas pintas tan siniestras que desearías no haber visto nunca. Era rubio con los ojos verdes, lo que llamaba un montón la atención de las chicas, y tenía cara de niño, por lo que tuvo problemas de pequeño en el barrio. Tuvo que aprender a ganarse el respeto de la gente a base de hostias, y oye, que de punta madre eh.
Ian era una leyenda en estos lares, cuando cumplió los catorce comenzó a juntarse con gente realmente turbia del barrio, su padre era un puto drogadicto e inculcó a Ian en aquello. Se convirtió en todo un yonki, no había día en el que no lo vieras metiéndose de todo, siempre traía algo nuevo y novedoso que probar. Los chicos lo dejaron a lo suyo, aquí daba igual como fueses o que hicieses, cada uno tenía su propia mierda y la de los demás se la sudaba.
Todo iba bien hasta que Ian empeoró, estuvo a punto de palmarla y todo, un subidón de esos chungos que te dan, demasiada mierda en el cuerpo. Por suerte se recuperó, incluso dejó de meterse droga, fue a uno de esos centros de desintoxicación y salió limpio. Desde entonces no había vuelto a recaer.
Ian fue al primero al que conocí, cuando aún estaba incorporándome al trabajo y todo eso, cuando aún no había conseguido el respeto de toda la chusma.
— Hola, nena. ¿Nos subimos a una habitación a pasar un buen rato? — Me preguntó sin más, sonriéndome con sorna.
Se ve que tenía pinta de niña desvalida y perdida que no sabe dónde se ha metido, tal y como le gustan a Ian, chicas buenas a las que corromper.
Yo me dediqué a tirarle la copa encima y sonreírle con falsedad.
No sé por qué no me partió la cara ahí mismo por gilipollas, porque de verdad que me lo merecía. En vez de eso le hizo gracia y me invitó a que saliera con sus amigos por ahí, que le había caído de puta madre y eso. Todo rarísimo de cojones.
— ¿Qué le pasa a ese? — Preguntó Reed, acercándose a nosotros con el ceño fruncido.
Vislumbré a la tía con la que Reed se estaba enrollando tirándole los trastos a otro tío. Oh vaya, se le había acabado lo bueno al moreno.
— Ni puta idea tú, pero como vaya regalando copas así como así la vamos a tener, que la que las tiene que poner soy yo. — Dije, comenzando a poner un par de cervezas que ya me habían encargado a la cuenta del rubio.
— ¿No os habéis enterado?
Me sorprendió ver a Brandon allí, con lo poco que salía de fiesta éste.
Brandon era el hermano pequeño de Ian, tenía dieciséis y por suerte todavía seguía estudiando, no como nosotros, que menudos zopencos analfabetos estábamos hechos. Brandon era clavado a su hermano, los mismos rasgos suaves y esos genes tan británicos que nadie sabía de donde habían sacado. Qué movida lo de la genética, hostias.
— ¿Qué haces tú por aquí, cielo?
Me encantaba Brandon, era muy inocente todavía, y siempre se sonrojaba cuando le llamaba cielo o amor. Que tierno el chico.
— Me ha traído Ian para celebrar las buenas nuevas. — Anunció, sonrojándose un poco.
— ¿Y qué es lo que ha pasado? — Preguntó Reed, mirando desde lo lejos al rubio, quién estaba montándose una juerga con unos amigos suyos de a saber qué agujero habían salido.
Ian era muy así, tenía amigos y conocidos en todos lados. Seguía la estúpida norma de tener amigos hasta en el infierno, y siempre que necesitaba un favor, tenía a quién pedírselo.
— Han soltado a Dan Walker, vuelve mañana.
Y la bomba se desató solita, empezando por los gritos y las copas de celebración.

© 2015 Yanira Pérez.
Esta historia tiene todos los derechos reservados.

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