martes, 3 de febrero de 2015

6. #CLCPLR

6.

Vicky volvió a la ciudad aquella noche, por The moonlight supongo. El barrio estaba muy turbio últimamente con eso de las desapariciones. Al principio solo eran un par y la gente pasaba mucho del tema. Cosas de la vida. Pero la cosa se puso chunga cuando apareció el primer cadáver.
Lo encontró un tipo de por ahí, un tal Ethan no sé qué. Cerca de casa, a un par de manzanas y eso. Era la piba de la banda de Lennon.
No sé cómo murió, pero fue cómo muy tétrico. Mucha sangre y como sacado de un libro de terror. Por eso la gente empezó a darle más importancia al tema. Menudos gilipollas, que hasta que no les explotaba la bomba en la cara no movían ni un puto dedo.
― ¿Y la policía no está haciendo nada? ― Les pregunté a los chicos mientras les servía unas cervezas.
Estos sí que estaban acojonados, no se separaban de mí ni para cagar. Decían que el tío ese era un puto perturbado y que podría ir a por mí, y algo sobre que los colegas se guardan las espaldas o algo así. No los mandé a la mierda porque me gustó el gesto, me hizo sentir que podía formar parte de algo y dejar de ir sola por la vida. No sé, supongo que estaba en esos días del mes.
― Tía, no metas a la pasma en esto, ¿vale? Son nuestros asuntos y los solucionamos nosotros. ― Gruñó Dan, con ese tono de lobo herido en su orgullo.
Rodé los ojos. Hombres…
― Están investigando a ver quién es el loco con complejo de Hannibal Lecter. ― Comentó Ian.
Sonreí, hacía tiempo que no escuchaba uno de los chistes de humor negro de Ian, y la verdad es que en situaciones así se agradecían. Le salían solos, así sin más, cómo si necesitase quitarle hierro al asunto.
― ¿Y cómo va eso? ¿Sólo secuestra a tías? ― Preguntó Vicky sorbiendo lento de su margarita, mientras vigilaba el local como un puto halcón.
Vicky no solía pasar mucho tiempo en la ciudad, se iba por ahí con alguno de sus ligues y volvía a las dos semanas con el bolsillo lleno y un montón de ideas para los espectáculos. Pero últimamente la veías siempre por ahí, cuidando de las chicas cómo si fuesen sus crías.
Me encogí de hombros. No tenía ni idea de royo le iba al puto psicópata, y mejor si no lo averiguaba nunca.
Y cómo si la cosa no estuviera lo suficientemente tensa, Lennon entró por la puerta seguido de su banda de perros rabiosos, dejando en silencio todas las conversaciones que había en el local.
― ¿¡Es que no tenéis nada mejor que hacer, gilipollas?! ― Gruñó el bulldog pelirrojo, dejando en claro que no estaba para que le tocaran los cojones.
En aquel momento, con el pelo revuelto y los ojos rojos hasta me daba pena. No era agradable encontrarte a tu hermana muerta.
― Debería ir a tomarles nota… ― Murmuré por lo bajo, aunque lo que realmente me apetecía era esconderme debajo de la barra y salir cuando la mirada de Lennon dejara de atravesarme.
― Podemos invitarles a una copa. ― Asintió Vicky, mirando la mesa del fondo en la que se había sentado la mole de músculo con cara de perro.
Volví a asentir y respiré profundamente.
La canción de una de las chicas del escenario llegó a mis oídos por encima del bullicio de la gente.
― La casa os invita a una copa, ¿Qué os pongo? ― Pregunté de carrerilla, mirando distraídamente al escenario.
― Pero si es la piba de la botella… ― Dijo entre risas el bulldog, haciendo que el resto de la mesa se riera a carcajada limpia, todos excepto Lennon.
Sonreí falsamente y me aguante la arcada que me acababa de entrar. Parecían una manada de hienas.
― Pensaba que te habrían despedido después del numerito que montamos. ― Comentó Lennon, inclinándose sobre la mesa con una amplia sonrisa en la cara.
Debió de notárseme la sorpresa en la cara, porque soltó una risita y volvió a su posición de pantera.
― Yo también… ― Confesé, encogiéndome de hombros. No iba a dejar que me intimidara. ― Pero ya ves, sigo aquí.
Asintió y sonrió de lado, como si estuviera satisfecho con mi respuesta.
― Me alegro. No está de más ver alguna piba que merezca la pena por aquí.
― Gracias y… siento lo de Dakota. ― Mustié, sabía lo que jodía que te diesen el pésame así que anoté un par de cervezas y me largué de allí cómo si nada.
Más me valía que la cosa estuviera tranquila, porque aquella noche me tocaba cerrar el bar a mí. Manda cojones.


Apoyé la cabeza en el brazo y disfruté del último espectáculo de la noche. Hacía como media hora que los chicos se habían largado y me habían dejado el marrón de cerrar.
De verdad, para cuatro gatos que quedaban y yo todavía allí. Bostecé abiertamente y me puse a recoger las mesas, para ir acelerando las cosas. Cuando acabara de tocar la guitarra el tío del escenario los echaba a todos a patadas. Todos a la mierda que tengo sueño.
― Max, ¿has visto a Tex? ― Me preguntó Vicky, manteniendo el equilibrio como podía sobre los tacones.
Me encogí de hombros. No tenía ni puta idea de por dónde andaba el gilipollas de mi jefe, y mejor si no le veía la geta en todo el puto día.
― Ni idea; pero oye, no te preocupes, que ya cierro yo, ¿sí? ― Dije, sonriéndole con ternura, era lo mínimo que podía hacer después de lo que hizo ella por mí hacía tres años. Esa era una deuda que nunca podría saldar. Le debía mucho.
― Ten cuidado, Max. ― Dijo como despedida, y se marchó de allí moviendo las caderas.
Al poco, me vino el tío del escenario, con la guitarra echada al hombro.
― ¿Trabajas aquí?
Menuda pregunta, ¿es que no veía que estaba limpiando las mesas o es que era gilipollas? Rodé los ojos y asentí, dejando a un lado mi mal humor por falta de sueño.
― Necesito la pasta ya, ¿vale? Me marcho de la ciudad en un par de días.
Asentí y me encogí de hombros. ¿Qué quería que hiciese? ¿Qué le pagase yo?
― Mira, lo siento pero no tengo ni puta idea de por dónde anda Tex. Así que mejor vuelve mañana o lo que sea, ¿vale? Vicky es la que se encarga de todo eso.
El tío asintió y se perdió por ahí. Mejor para él si no andaba pidiéndole dinero a Tex.
Una vez terminé de cerrar el local, subí al piso de arriba. A buscar al gilipollas de mi jefe y eso. Seguro que estaba en su despacho metiéndose de todo en el cuerpo.
Lo que no me esperaba era lo que vi. De verdad que no.
Supe que algo iba mal desde que vi la puerta del despacho cerrada. Tex era así cómo muy prepotente, le gustaba fardar de la mercancía que se metía y dejaba la puerta abierta para que la gente pudiera verlo. Cómo si ya de por sí no diera el suficiente asco.
Me acerqué a la puerta a paso lento, planteándome la idea de dejarlo en su mierda y largarme a casa de una vez, que ganas no me faltaban. Y la cosa no hubiera ido tan mal si me hubiera hecho caso.
Me sorprendió ver el pomo abierto, si hubiera habido alguien dentro y hubiese querido intimidad no se hubiese olvidado de pasar la llave. Algo iba mal, realmente mal. La luz en el interior estaba apagada, y hubiera pensado que no había nadie si no hubiese oído los jadeos de fondo. Me cago en la hostia…
El grito se me escapó de la garganta como un sollozo, aguantándome las ganas de vomitar y el miedo de salir corriendo.
Tex estaba allí, tumbado en el suelo, inconsciente o muerto. Y de pronto me recordó mucho a aquella noche en el callejón hacía tres años. Pero lo peor de todo, era la chica tirada en el suelo llena de sangre, con el pelo cubriéndole la cara y suplicando ayuda medio muerta.
No sé qué se me pasó por la cabeza en aquel momento, pero cuando intenté huir de allí la puerta estaba cerrada por el otro lado y no podía salir. De pronto, la claustrofobia se hizo más presente, y me faltaba el aire para gritar.
No me di cuenta de lo que realmente pasaba hasta que no empecé a golpear con fuerza la puerta y pedir ayuda, haciéndome añicos los nudillos y la garganta. Empezaba a faltarme el aire. Acabaría ahogada. No quería morir ahogada.
― ¡Socorro! ¡Sacadme de aquí! ¡Sacadme de aquí!
Los lamentos de la chica dejaron de oírse, tal vez amortiguados por mis gritos de ayuda, tal vez porque había dejado de respirar. Y entonces empezaron las lágrimas.
― ¡Por favor…! ¡Socorro!
Las paredes comenzaron a juntarse, y la oscuridad era el menor de mis problemas. Comencé a hiperventilar.
― Socorro… ― Sollocé. ― Per favore…
Comencé a cerrar los ojos, sabía que es lo que pasaría si los cerraba. Pero tenía el cerebro embotonado y las cosas sucedían a cámara lenta. Las paredes, sin embargo, se estrechaban a una velocidad de vértigo.
― Non voglio morire… ― Susurré, casi inconsciente. ― Per favore…
― ¿Max? ― Su voz. ― ¡Max!
― No puedo respirar… ― Sollocé, agachada en la puerta. ― No quiero morir…
― ¿Qué? ¡No vas a morir, Max!
Sonreí con sarcasmo. Él no sabía que pasaba. No sabía que ya no había aire, o que las paredes acabarían aplastándome.
― Me ahogo…
La cabeza me dio un bandazo y acabé golpeándome contra la pared, repentinamente mareada.
― ¡No te duermas, Max! ― Gritó. ― Oye, escucha mi voz, ¿sí?
Asentí, totalmente ajena a que no podía verme.
― ¿Max? ― Preguntó al no obtener respuesta. ― ¡Max!
Los pulmones me pinchaban, pidiéndome aire.
― ¡Max, joder! ¡Escucha mi voz! ¡No te duermas, joder! Han ido a pedir ayuda, ¿sí? Vendrán pronto. Tú simplemente escucha mi voz.
― ¿Por qué estás siempre en medio de todo, Dan? ― Pregunté intentando enfocar a la chica inconsciente del suelo, pero la vista se me iba para todos lados.
Dan pareció entender mis sollozos, porque soltó una carcajada amarga. Me gustó escuchar su risa, me tranquilizó.
― No sé… Tengo esa necesidad de ser el centro de atención. ― Respondió, me sorprendió la sinceridad con la que lo dijo. ― Escucha, Max. Voy a tirar la puerta abajo, ¿vale? ― Asentí. ― Pero necesito que te apartes de la pared.
Miré las paredes que se acercaban cada vez más y me encogí entre mis rodillas.
― No puedo… Me van a aplastar. ― Dije, mucho más asustada que al principio. ― ¡Dan, sácame de aquí! ¡Por favor! ¡Por favor, no quiero morir!
Sentí un golpe en la espalda, a Dan dándole golpes para abrirla. Y después otro.
― Max, si no te apartas no puedo abrir la puerta. Por favor. Tú puedes. Las paredes no se mueven.
― ¡Sí se mueven! ¡Van a aplastarme!
― Max, Max no se mueven, ¿vale? Todo va bien. ― Hizo una pausa, apoyando su peso en la madera de la puerta. ― ¿Te fías de mí?
― No.
Soltó otra carcajada. Obligándome a mirar la puerta. Tenía una risa bonita, me gustaba. Una lástima que no se riera muy a menudo.
― Es lo más inteligente que vas a hacer en tu vida. ― Asintió, dándome la razón. ― Pero ahora necesito que confíes en mí, ¿vale?
― Vale…
Asentí, y me preparé para lo que me pidiera. Me puse en pie.
― Necesito que te separes de la puerta, Max. ― Me pidió, parecía desesperado.
Asentí y retrocedí un par de pasos, jadeando. Obligándome a clavar la mirada en la puerta para que la claustrofobia no volviera a aterrorizarme.
― ¿Max? ― Preguntó, se le notaba el miedo en la voz.
― Sí. ― Asentí, dándole a entender que ya no estaba junto a la puerta. ― Sácame de aquí, por favor…
El primer golpe contra la madera fue suficiente para entender su respuesta. Dos golpes; nada. Tres… la puerta no se rompía.
― ¡Dan sácame de aquí!
¡Cuatro!
La puerta aflojó y se abrió de par en par, dando un fuerte portazo a la pared de dentro.
No lo evité más y me lancé al exterior, cayendo en los brazos de Dan, quien me sostenía como podía. Poco después, el aire entró en mis pulmones de golpe, como un torbellino, arrasando con mi consciencia. Todo se volvió negro.


A diferencia general, a mí sí que me gustaban los hospitales. No era la primera vez que me salvaban el culo en uno de ellos, y la verdad es que te solían salir bien las cosas allí. Volvías a ver la luz y eso. Todo como muy poético.
Desperté sentada en una camilla, con una manta rodeándome los hombros y un café en la mesita de al lado.
Me gustó ver el color verde de sus ojos nada más despertar, mirándome fijamente con la sonrisa ladeada.
― ¿Ya estás despierta? ― Me preguntó Ian, acercándoseme mucho.
― No, parece que sigo soñando, porque que estés aquí solo puede ser una pesadilla. ― Mustié, sonriendo con sorna.
― Menudo susto nos has dado, tú. Pensábamos que te había dado algún chungo o algo. ― Comentó Reed, pasándome la taza de café frío.
Al dar el primer sorbo lo volví a escupir en la taza.
― ¿Por qué cojones le habéis puesto vodka al café, putos dementes? ― Pregunté, haciendo muecas de asco ante el sabor.
― Porque queríamos darte los buenos días a lo grande, desagradecida de los cojones. ― Comentó Ian con una sonrisa de oreja a oreja.
Rodé los ojos. Menuda panda de gilipollas. Me daba un ataque de pánico y ellos me despertaban con alcohol. Manda cojones.
― ¿Dónde está Brandon? ― Pregunté un poco más tranquila.
― Fuera, esperando con Dan. Solo nos dejaban entrar de dos en dos.
Dan. Mierda… Dan me había sacado de allí. Genial, ahora su ego crecería hasta la estratosfera. Si es que hay que ser yo para meterte en líos como estos.
Ian salió de la habitación, como dándole paso a Brandon y Dan, que entraron al poco tiempo.
― ¡Gracias, tía! ¡Me has librado de un puto examen de matemáticas jodidísimo! ― Saludó Brandon, dándome un abrazo y un beso en la mejilla.
― Cuida ese vocabulario, gilipollas. Que ha este paso no sales del barrio. ― Gruñí, aunque no pude evitar soltar una carcajada.
― Mira quién fue a hablar, macarroni. ― Comentó Dan, saltando sobre la cama con un cigarro entre los labios. ― Te lo tenías bien escondido, tú.
Fruncí el ceño.
― Tía, podrías habernos avisado de que eras una puta guiri de los cojones. ― Gritó Reed desde el pasillo.
Ni que tuvieran la oreja puesta en la conversación. Manda huevos.
― ¡Espagueti! ― Gritó Ian desde el pasillo.
― ¡Tortelini!
― ¡Mamma mía!
Solté una carcajada. Sí señor, menudo vocabulario tenían estos.
― Menuda panda de gilipollas, nene. Si es que…
Una enfermera entró en la habitación. Echándole una mirada reprobatoria a Dan, que hacía rato que se había encendido el cigarrillo.
― ¿Cómo te encuentras?
― Bien, supongo. ― No me gustaban este tipo de situaciones, no sabía nunca que decir. Me acababa de dar un ataque de pánico, ¿cómo mierda quieres que esté?
― Genial, te darán el alta dentro de unas horas.
Asentí, ahora es cuando me tocaba preguntar, y no estaba segura de querer escuchar la respuesta.
― ¿Y Tex? ― La pregunta salió de mis labios como un suspiro.
Dan clavó la mirada en mí, fijamente, y hasta me dolía que lo hiciera. Seguramente estaría reviviendo lo que había pasado. Y yo esperaba olvidarlo de una vez.
― Está bien, sólo estaba inconsciente.
― ¿Y Rose? ― Preguntó Brandon.
De pronto, el balde de agua cayó sobre mí. Helándome hasta el tuétano.
Había estado tan asustada, tan consumida por el pánico que ni siquiera había reconocido a Rose. Debía haberlo supuesto. Debía haber supuesto que era ella la que me pedía ayuda, la que jadeaba en el suelo llena de sangre.
― Todavía está inconsciente, pero se recuperará pronto. ― Contestó la enfermera, pasándose un mechón de pelo que se había soltado del moño.
Puede que se recupere físicamente, pero nunca lo hará emocionalmente. Es algo con lo que tendrá que aprender a vivir durante toda su vida.
Y eso, lo sabía por experiencia.


© 2015 Yanira Pérez.
Esta historia tiene todos los derechos reservados.

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