lunes, 26 de enero de 2015

5. #CLCPLR

5.

Después de soltarle el discurso a Dan desaparecí entre la multitud. De repente mucho más nerviosa e histérica, como cuando alguien comete un asesinato. «Mucho mejor que te tiemble la mano después de matar que mientras sostienes el arma.» O algo así leí una vez. Algo de razón tendría el autor.
Respiré profundamente. Todo había salido bien. No tenía por qué preocuparme.
Me había costado lo mío estropear la moto de Dan y así poder asegurar mi recompensa en las apuestas. Aunque había que reconocer que él tampoco me había puesto las cosas fáciles, ya que pese a haberle averiado la moto había estado a punto de ganar. Tal vez tuviera razón en eso de que lo que cuenta es el corredor.
Quién sabe.
Cuando terminó todo el follón y la gente se fue dispersando encontré a los chicos con unas cervezas en la mano.
— ¡Ey, Max! ¿Te vienes al local? — Me preguntó Reed, aunque la verdad es que no sabía cómo tenían ganas de fiesta después de haber perdido la pasta con las apuestas.
Negué con la cabeza.
— Paso. Necesito descansar. — Anuncié con una sonrisa tímida.
— ¿Quieres que te llevemos? — Preguntó Brandon, quién al parecer si había notado mi nerviosismo.
Le sonreí para tranquilizarle antes de volver a negar.
— Voy andando, así me da el aire un poco.
Brandon me miró fijamente y luego soltó un suspiro, cómo si se hubiera dado cuenta de que no iba a poder hacerme cambiar de opinión. Había veces en las que estaba segura de que Brandon me conocía mejor que yo misma, o eso, o que lee mentes, aunque me decanto más por la primera.
— Ten cuidado. — Se despidió, dándome un beso en la mejilla antes de sonrojarse levemente.
Enseguida me arrepentí de haber rechazado la oferta de Brandon, si es que quién me manda a mí a abrir la boca, no puedo estar calladita y dedicarme a asentir, no, yo hablo y la cago.
Si es que joder, menudo frío hacía.
Me abracé a la cazadora con fuerza y continué andando. Tal vez si no pensaba en el frío no lo notaría, ¿no? A lo mejor era algo así como una invención del cerebro, algo que en realidad no es real.
La calle estaba en completo silencio y las luces de las farolas le daban un aire tétrico al lugar. ¿Y luego se extrañaban que se cometiesen homicidios en los barrios bajos? ¡Pero si solo faltaba que alguien gritara: Homicidios aquí, hoy con un 45% menos de probabilidades de que te pillen!
Paré en cuanto divisé aquel edificio frente a mí. Yo no es que fuera mucho a la iglesia ni nada de eso, pero me daba algo así como mucho respeto.
Cuando era pequeña vivíamos cerca de una vieja ermita. Era un edificio pequeño, pero la gente iba mucho a rezar allí. Me estremecí al recordar mi casa.
No, Max, esa ya no es tu casa. Te fuiste de allí, ¿recuerdas?
Me paré frente a la iglesia cuando la tuve delante, mirando la gran puerta de madera que nos separaba, y me encendí un cigarro.
Nunca he sido una chica religiosa, ni siquiera estoy segura de si creo en Dios o no. A veces creo que no son más que chorradas, una excusa para culpar a lo imaginario de tus malas decisiones o un consuelo para los desamparados, pero otras veces siento que sí, que hay algo más allá de la racional, que siempre habrá alguien que nos proteja y nos cuide, y que la vida no se consume como un cigarrillo.
Algo así como un ángel de la guarda, supongo. O pude que un ser querido que ya no esté y te vigile desde arriba. No sé, paranoias mías.
Cerré los ojos con fuerza al recodar aquel día, evitando que las lágrimas cayeran y apagaran el cigarrillo. No había vuelto a llorar por eso desde hacía mucho tiempo, y no les daría el lujo de que volviera a ocurrir.
Era la primera vez que entraba en aquella ermita, siempre me la había imaginado como en las películas, grandes paredes y ventanales llenos de vidrieras de colores formando un arcoíris en el suelo. Y sin embargo, la primera impresión que me dio su interior, fue la de la casa de las pesadillas.
El cielo fuera estaba completamente taponado de nubes grises, y parecía que en cualquier momento iba a ponerse a llover. La tenue y blanquecina luz que se filtraba por las vidrieras formaba sobras deformes e inexistentes, como fantasmas.
El pasillo central parecía un sendero abandonado en medio del bosque, como esos que salen en las películas de terror. El final tanto en la vida real como en las películas era el mismo: nada bueno.
Y luego estaban las rosas y las velas, rosas rojas y blancas que no hacían sino que corroborar aquel escenario terrorífico. Aunque claro, los funerales son lo que tienen, que por más bonito que intentes decorar la estancia va a seguir pareciendo eso, un funeral.
Supongo que por eso no me gustan las iglesias, o la religión en general. Dios no debería permitir ese tipo de situaciones, no debería permitir que la gente a la que quieres se vaya de tu vida para siempre.
Me sequé los ojos con fuerza y forcé una mueca ante el edificio. Ya hacía mucho tiempo, se suponía que estas cosas dejaban de doler con el paso del tiempo, ¿no?
Suspiré y continué caminando. ¿Os había dicho que hacía un frío de cojones? Pues eso, para que lo recordéis.
Al cabo de un buen rato caminando la moto de Dan se paró frente a mí, impidiéndome avanzar.
— Sube. — Anunció, tendiéndome un casco.
Lo miré con una ceja alzada, pero no rechacé la oferta, esta vez no iba a rechazarla. Me olvidé de la discusión, ¿se le podía llamar así?, de antes y de lo nerviosa que me ponía su mirada y me subí a la moto.
Prácticamente, para que os hagáis una idea, subirte a la moto de Dan Walker es como cavar tu propia tumba.
Iba tan condenadamente rápido que estaba segura de que había perdido la cabeza en algún puto del trayecto. Tal vez nos habíamos estrellado nada más empezar, ¿o había sido a la mitad del trayecto?
Cerré los ojos con fuerza y me agarré a la moto en cuanto empecé a escuchar aquel traqueteo. Mierda, es tú corazón gilipollas, ¡tranquilízate, Max!
Y entonces, cuando íbamos a doscientos diez por hora, abrí los ojos y lo vi. Lo vi ahí, encorvado sobre la moto, con la vista fija en la carretera y el pelo hacia atrás por la fuerza del viento. En ese momento no existía nadie más allí, solo Dan y su moto, juntos contra la velocidad, contra el tiempo.
Podía apreciar desde la parte de atrás de la moto cómo disfrutaba del viento contra su cuerpo, de la adrenalina y el peligro de ir a más de lo permitido, de saltarse las normas e ir a contracorriente, haciéndole frente a todo lo físico y racional.
Yo sin embargo, hacía todo lo contrario, me dejaba arrastrar con la marea océano adentro, y solo cuando estaba ahogada hasta el cuello me daba cuenta de que debía haber hecho algo para evitarlo. Sin embargo, no pude evitar contagiarme de esa sensación de querer ir en mi propia dirección.
Podía notar como todo aquello formaba parte de su vida. No solo el ir a toda pastilla por las calles, sino correr para alcanzar la vida. Intentar correr más que ella para poder adelantarla, para ser quién controla el trayecto y no dejar que las circunstancias decidan por ti. Como si su vida fuera una carrera contigua, sin final.
Sonreí.
Parecía que iba a conseguirlo, de verdad que sí. Casi podía estirar la mano y poder rozar ese objetivo con la punta de los dedos, pero de pronto, todo se rompió. La moto paró y reconocí mi casa a un lado de la calle.
Ni siquiera me pregunté cómo sabía dónde vivía si no se lo había dicho, estaba como demasiado ida. Demasiadas emociones en un mismo día.
— Gracias. — Mustié, todavía obsoleta en esa triste realidad. — Hasta mañana, supongo.
Dan bajó de la moto y me detuvo justo cuando estaba a punto de entrar en mi casa.
— No te he traído por hacer una obra de caridad. — Dijo, parándose frente a mí. Era más alto que yo, aunque no tanto como Reed, quién me superaba por un par de cabezas.
Levanté una ceja y lo miré escéptica.
— ¿Y qué quieres? ¿Un polvo de agradecimiento?
Dan abrió los ojos ante mi respuesta. Bufé divertida, ni que yo tuviera ganas de acostarme con alguien como Dan, no lo tocaría ni con un palo.
— Era coña, ¿qué cojones quieres?
— Negociar. — Anunció encogiéndose de hombros. — Algo así como una especie de tregua.
— ¿Una tregua?
— Sí. — Asintió. — Mira, Max. Tú no te fías de mí, yo no me fío de ti. ¡Y, oye, que de puta madre! Pero las carreras es algo a lo que no te tienes que acercar.
Fruncí el ceño y me crucé de brazos. ¿De verdad me estaba hablando enserio? Porque como siga pienso partirle la cara a sopapos.
— ¿Me estás amenazando, Dan? — Pregunté apretando los dientes. — Porque si esa es tu idea de una “tregua” voy a tener que partirte la cara con un diccionario.
— No sé a qué te refieres… A mí la tregua me parece de puta madre. — Anunció con soberbia, encogiéndose de hombros.
No le pegues, Max, no le pegues… ¡Joder! ¡Si es que con esa sonrisa arrogante lo está pidiendo a gritos!
Dan sonrió divertido y soltó una carcajada, ¿qué mierda le hacía tanta gracia?
— No te estoy amenazando, Max, simplemente te estoy advirtiendo…
Vale, Max, te doy permiso para matarlo y enterrar su cadáver en el río. Adelante, es todo tuyo.
— Mira, gilipollas. — Di un paso al frente. — Tú no eres quién para prohibirme que no me acerque a las carreras. Si tu media neurona puede procesarlo, dile que asuma que yo hago y haré lo que me salga del coño, ¿estamos? — Gruñí contra su cara, muy muy cerca de su boca.
¡Hasta aquí, Max! ¡Espacio personal!
Dan se encogió de hombros y asintió. Como si de verdad le importara una mierda mi opinión.
— Lo suponía. — Confesó, sonriendo de lado. — Entonces trabajemos juntos.
Fruncí el ceño. ¿Se le había ido la puta cabeza o qué? ¿Después de amenazarme le daba por suponer que querría trabajar con él? Menudo gilipollas.
— ¿De verdad crees que voy a aceptar después de esto?
— Sólo piénsalo, ¿vale?
— Que te follen.
Dan me cogió del brazo y me obligó a mirarlo fijamente.
— No, tía. Venga, ¡sabes que es un plan de puta madre! — Me sonrió de lado. — Tú le haces eso que has hecho esta noche y yo gano las carreras. ¡Es una apuesta segura!
— Olvídame, anda.
— ¿Por qué no?
— Me la he jugado esta noche, ¿vale? Si Owen o Leroy me hubieran pillado ya podría haberme olvidado para siempre de las motos. Y no te quiero ni contar lo que me costó que Leroy me dejara trabajar en las carreras.
— No te pillarán. — Se encogió de hombros como si fuera obvio. — Piénsalo.
— Vete a la mierda, Dan.
Me separé de él y me dispuse a entrar en mi casa.
— ¡Max! — Me llamó. ¿Y ahora qué mierda quería? ¿Se había propuesto quedarse estéril? Porque como siguiera tocándome los cojones iba a conseguirlo.
— ¿¡Qué!?
— ¡Buenas noches! — Gritó desde la moto. Hizo que el motor rugiera y se perdió al doblar la esquina.
Fruncí el ceño y me metí en la casa dando un fuerte portazo. ¡A la mierda los vecinos! ¡A la mierda Dan Walker! ¡A la mierda todo!

© 2015 Yanira Pérez.
Esta historia tiene todos los derechos reservados.

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