viernes, 10 de noviembre de 2017

1. #Mermaids

1.

Krisha Muhn no había pegado ojo en toda la noche.
            — Se acerca una tormenta. — Anunció una mujer, abrazándose a sí misma en un inútil intento de consolarse.
            Era una prisionera más, una de las muchas mujeres que el Honneur d’or había secuestrado de las costas del Mar Amarillo para venderlas como esclavas a cualquiera que le presentase al capitán del navío un par de monedas de oro.
Krisha se encontraba entre ellas, pero a diferencia del resto de mujeres apretujadas en las celdas del Honneur, ella había decidido estar allí. La joven se había camuflado entre ellas cuando vio la oportunidad de escapar a mar abierto. Ya era una esclava en Dokdo, cualquier destino que aquel barco francés pudiera traerle no sería peor que el que ya tenía.
— ¿Imugi? — Preguntó una de las más jóvenes.
Krisha negó con la cabeza, atrayendo la atención de todas ellas.
Las había contado, veintitrés en total si se consideraba parte de ellas, todas entre ocho y veinte años. Jóvenes y fuertes para trabajar la tierra, pobres e incultas para no desafiar a aquel que las tachase de esclavas, atractivas para los que puedieran permitirse pagar un par de monedas más.
«Secuestradas, vendidas, forzadas. La vida de una esclava.»
— Los dioses nos han dado la espalda — susurró la misma mujer que había anunciado la tormenta —. Ningún imugi vendrá a ayudarnos. Todos están muertos. Los dragones ya no existen…
Una de ellas comenzó a llorar en silencio.
— No — Negó Krisha —. Existen. Yo los he visto.
— ¿Vienen a ayudarnos? — Preguntó otra, utilizando un dialecto tan cerrado que le costó entenderlo.
— No…
Krisha había anunciado la tormenta aquella misma mañana, cuando uno de los marineros se había acercado a lanzarles una barra de pan duro y un cuenco de agua. Había olido el aroma de la sal del mar en su ropa, había visto la humedad en su pelo y la dilatación de sus ojos al enfrentarse de repente a la oscuridad de las celdas después de acostumbrar su vista a una mañana nublada y reflejante. Y ahora… Ahora podía escuchar de fondo como se acercaba.
            «Demasiado pronto.»
            — ¿Creéis que es un castigo de los dioses? — Preguntó otra, y el tono estrangulado que utilizó le puso los pelos de punta.
            Krisha tragó saliva. La chica había sabido ocultar su embarazo ante los marineros, pero en cuanto el capitán abandonó los calabozos la joven no pudo resistir el grito de dolor que soltaron sus labios. Ni siquiera los rugidos de la tormenta podían tapar sus sollozos.
            — ¿Cuántos años tienes? — Le preguntó la más joven.
            — Catorce. — Susurró, ocultando la cabeza entre sus piernas y su vientre hinchado, antes de que las lágrimas le limpiaran la mugre de las mejillas.
            Krisha tan solo tenía tres años más, y no podía imaginarse lo difícil que podía ser quedarse embarazada tan joven y en aquellas condiciones. No quería pensarlo, pero la realidad de que tal vez aquella chica no sobreviviera al parto le revolvía las tripas.
            — ¿Cómo son? — Le preguntó una de ellas, pero al ver la confusión en la mirada de Krisha, añadió: — Los imugi, los dragones del mar.
            Krisha bajó la mirada a las cadenas que le rodeaban los tobillos. No les había mentido, había visto uno de ellos, pero la fantasía que los rodeaba distaba mucho de la realidad que había visto; y no quería ser ella la que borrara la esperanza del corazón de aquellas chicas.
            — No son dragones — Replicó otra. —, todavía no. Deben encontrar una de las piedras yeouiju para ser un dragón completo.
            — ¿Y dónde están?
            La chica se encogió de hombros.
            — No lo sé.
La historia decía que las piedras yeouiju caían del cielo. Pero Krisha había visto la verdad de esos dragones. No eran seres benevolentes que traían suerte si los veías. Eran bestias camufladas en mitos, feroces y aterradoras.
            — Son dragones malditos. — Susurró. — Han abusado de su poder, la codicia los ha devorado, y los dioses los han castigado relegándolos a imugis. Son criaturas crueles…
            Todas las chicas se quedaron en silencio, y Krisha pudo sentir esa punzada de culpabilidad atravesándole el pecho.
            Un rayo atravesó el océano, y poco después pudieron escuchar el repiquetear de las gotas de lluvia sobre el navío y el viento susurrando en sus orejas.
            — ¿Cómo te llamas? — Murmuró una de las chicas, ni siquiera pudo saber quién lo había dicho.
            — Krisha.
            — Yo también vi uno… — Comentó, y aquella vez sí pudo identificar de dónde venían las palabras. — En el riachuelo cerca de los cultivos en los que trabajaba.
            Krisha la miró fijamente, directamente a los ojos, y se sorprendió del color claro que tenían. Era joven, ni siquiera estaba segura de que todavía fuera una mujer.
            — Solo lo vi un segundo… — El estruendo de la tormenta se tragó sus últimas palabras, pero Krisha pudo leerle los labios antes de que el caos amenazara con tragarse al Honneur d’or. — Era precioso.
           
***

            Krisha lo entendió pronto. La tormenta era una madre que había perdido a su pequeño, por eso lloraba con tanta fuerza, por eso mecía los barcos con tanta rabia, porque las canciones de cuna ya no tendrían sentido si dejaba de balancearla.
            Tal vez por eso comenzó a tararear, aunque sabía que su voz no era buena. Porque quería calmar a la tormenta, porque comenzaba a sentir su miedo y tristeza.
            — Pou roun ha noul…— En un barquito blanco.
            Era una nana, la nana que le cantaba su padre de pequeña.
            — …oun-ha sou… — En el cielo azul.
            Las chicas comenzaron a unirse poco a poco, tal vez para combatir el miedo, para dejar de llorar. Tal vez solo querían encontrar ese espacio en medio del caos donde todo parece tener sentido, donde podían seguir escuchando la lluvia sin el repiquetear de las cadenas en sus pies, ese lugar donde no se entienden los sentimientos y todo parece un sueño.
            — Ha yan tchok pae en kye sou na… — Sin vela y sin remo, sin embargo, se desliza.
            Una de las chicas que estaba sentada a su lado le estrechó la mano, dedicándole una sonrisa. Y pronto, todas estaban compartiendo el mismo momento, consolándose las unas a las otras, cantando cada vez más fuerte, gritándole a los dioses con furia que ellas seguían allí.
            — Mou han-na mou, to kki han ma ri… — Desliza suavemente hasta la orilla del oeste.
            Krisha también lo sintió. Sintió crecer a la tormenta, escuchó los relámpagos por encima del latido acelerado de su propio corazón, de su voz estrangulada cantándole una nana a la luna; vio la luz iluminando el cielo en una noche eléctrica.
            — Algo va mal… — Susurró una de las chicas.
            Y como si los dioses hubieran escuchado sus murmullos, un rayo alcanzó al Honneur d’or, intentando partirlo por la mitad. El barco se tambaleó con la marea creciente, se escucharon los crujidos de la madera al partirse, los gritos de los marineros en cubierta y a la tormenta riéndose en sus narices.
            Krisha había anunciado la tormenta, pero no la imaginaba tan fuerte, tan devastadora. No esperaba que fuera tan poderosa, que fuera capaz de volcar el navío con un soplido, de enterrarlas bajo el mar para siempre.
            — Seguid cantando. — Les pidió, incluso ella misma comenzó a cantar más alto.
            — Tot tae to, a ni tal ko… — Navega por la Vía Láctea, rumbo al país de las nubes.
            Uno de los barriles de la bodega se estrelló contra la puerta de la celda, rompiéndose en mil pedazos y derramando todo el soju sobre ellas. A Krisha ni siquiera le dio tiempo a advertir a las chicas que estaban más cerca de la puerta.
            — Sat tae to op si… — ¿A dónde viaja más allá de las nubes?
            Ni siquiera se dio cuenta de que la puerta estaba abierta hasta que los balanceos del barco no hicieron chirriar las juntas de la celda.
            Krisha no lo pensó dos veces, y comenzó a tirar de las cadenas de sus pies, intentando desatarse. Pronto su sangre comenzaba a mezclase con el soju derramado en el suelo.
            — Para. Te vas a hacer daño. No vas a conseguir nada, estamos en medio del océano, Krisha. — Le susurró la chica que había anunciado la tormenta.
            — No podemos morir así… — Susurró, a los dioses tal vez, como una plegaria. — Cantad más alto. — Las chicas comenzaban a dudar, tenían miedo. — Je bparl… — Por favor.
            Krisha sentía el latido de su sangre bombeando en su tobillo, dejando que aquel ritmo se desplazara por la cadena que le impedía ayudar a todas aquellas mujeres. Tiró con tanta fuerza para soltarse que comenzaba a sentir como el calor de su cuerpo la abandonaba poco a poco, incluso hubo un momento en el que su propia sangre comenzó a marearla.
            — Ka ki to Tchal to kan ta… — Rumbo al reflejo centelleante, tan lejano.
            Las chicas seguían cantando, entonando aquel himno de rebeldía contra la muerte, con los ojos cerrados y el pecho abierto de par en par.
            — Krisha, sácanos de aquí… — Susurró una de las chicas más pequeñas. Tan solo era una niña asustada.
            Krisha también lo era. Tal vez el mundo en el que vivía la había obligado a madurar antes, a crecer sin su consentimiento; pero todavía era joven, todavía tenía miedo.
            — So tchok… — Rumbo a la baliza luminosa de un alba nueva.
            Krisha gritó. Gritó cuando la cadena cedió, cuando el peso del metal sobre su tobillo dejo de aplastarle el pecho, cuando intentó levantarse y sus pies se tambalearon débiles después de someterlos a la prisión. Gritó y sonrió. Era libre y podía ayudarlas.
            — Voy a sacaros de aquí — Susurró cuando el caos de la cubierta comenzó a tragarse el ritmo de la nana que todavía le embotonaba los oídos. —, lo prometo.
            No obtuvo ninguna respuesta, solo alcanzó a escuchar aquel último verso antes de que el fuego le quemara los pulmones.
            — Na ra ro… — Ahora, niña, busca un camino.

***

            El humo le golpeó el pecho en cuanto sus pies pisaron la cubierta, obligándola a doblarse y vomitar lo poco que llevaba en el estómago.
            Krisha había oído el rayo golpeando al navío y había sentido los crujidos de la madera bajo sus pies, su cuerpo había sentido la sacudida y había escuchado los gritos de los marineros, había olido el humo desde las celdas y se había restregado los ojos por las cenizas. Krisha había adivinado un incendio, pero cuando llegó a cubierta, le pareció estar caminando por el mismísimo infierno.
            Uno de los marineros la empujó cuando se interpuso en su camino, agarrándola del brazo con fuerza y sacudiéndola de un lado al otro cuando descubrió que no era uno de sus compañeros. Krisha no sabía francés, pero no le hizo falta para entender la mueca de desprecio y repulsión que acompañaban a los gritos y amenazas de aquel hombre.
            A su alrededor el caos devoraba el navío, creando un escenario de oscuridad y ruido que le embotonaban los sentidos y la ralentizaba. Lo único que lograba escuchar eran palabras sin sentido de un idioma que no hablaba y gritos de dolor, y aquello la estaba volviendo loca y le hacía querer gritar.
Y entonces, en mitad de aquel subespacio de inframundo, mientras el marinero se debatía entre ignorar la presencia de Krisha en cubierta o tomar represalias contra su desobediencia, aquel hombre apareció en escena como una sombra oscura atravesando una cortina de fuego.
            Krisha no hablaba su idioma, pero sí entendió el título que acompañaba a aquel hombre; incluso si el marinero no hubiera pronunciado aquella palabra, el porte de superioridad y el uniforme naval de la corona francesa habrían hablado por él.
            — Capitaine. — Susurró el marinero.
            Capitán.
            Krisha abrió los ojos como platos e intentó con todas sus fuerzas zafarse del agarre de aquel hombre. No quería volver a tener la mirada del capitán sobre ella otra vez, analizándola como si fuera un objeto de provecho, algo que solo valía lo que los burgueses franceses quisieran pagar por ella. La hacía sentir inútil, impotente. Le da asco.
            — ¿Cómo has salido de la celda? — Le preguntó el capitán, utilizando su idioma e ignorando por completo al marinero que la retenía contra su voluntad.
            Krisha no contestó, cerró los puños y bajó la mirada al suelo, paralizada. No le gustaba la forma en la que aquel hombre hablaba su idioma. No le gustaba aquel hombre.
            — Si me contestas puede que ignore el hecho de que te hayas colado entre mi mercancía. — Insistió, acercándose más a ella.
            Krisha levantó la mirada amenazante en el momento en el que escuchó aquella palabra, aquellas chicas no eran la mercancía de nadie.
            — Nappeun nom… — Bastardo.
            El capitán soltó una carcajada lobuna antes de golpear la mandíbula de Krisha con el pomo de su espada y tirarla al suelo de rodillas. Primero le asaltaron las manchas negras nublándole la vista, luego, el dolor le azotó como uno de los rayos que atravesaban el océano indico aquella noche: fuerte y tenaz.
            Krisha se dobló en el suelo, gimiendo por el golpe, y escupió sangre a los pies del capitán entre toses, que se agachó hasta ponerse a su altura.
            — No tengo tiempo para estupideces. — Susurró sobre el cuello de Krisha, sonriendo mientras enterraba la cabeza en el hueco entre su clavícula y su pecho.  
            Fue entonces cuando la vio, aquella cicatriz en el pecho del capitán, aquella marca con forma de moneda grabada a fuego sobre su piel. Los símbolos de la cultura de Krisha tatuados de forma permanente en aquel hombre, aquellos dibujos de serpientes entrecruzadas que todavía le atacaba en sus pesadillas.
            «Oliver Levasseur».
            — La Buse…
            Krisha debía haberlo supuesto, debía de haber entendido dónde se estaba metiendo cuando vio la bandera francesa hondear en un barco portugués, cuando escuchó los susurros de la gente de Dokdo al paso del capitán, cuando vio la herida en su ojo y la sombra de la ausencia del parche en el color tostado de su piel.
            Había sido estúpida. Estúpida e ingenua por pensar que no había nada peor que ser forzada a trabajar como esclava, por pensar que había algo mejor para ella.
            Krisha retrocedió sobre si misma lo máximo que pudo, arrastrándose sobre el suelo de la cubierta envuelta entre polvo y cenizas, mirando de cara a uno de sus fantasmas del pasado.
            La mirada de aquel hombre sobre ella, repasando cada detalle de su cara, le puso la piel de gallina; pero sobretodo, lo que le dio ganas de gritar y esconderse fue aquel cambio de desconcierto a reconocimiento que experimentó.
            — Tú… — Gruñó el capitán, incorporándose de golpe y llevándose la mano al pomo de la espada sobre el cinturón. — Debí haberte matado aquel día…
            Krisha intentó incorporarse, intentó seguir retrocediendo, pero su espalda había chocado contra la pared.
            — Debí hacer lo que los dioses me pidieron. — Mustió, avanzando hacia Krisha con la espada en alto y los recuerdos de aquel día en la mirada. — Debí haberme deshecho de ti…
            Krisha miró a los ojos a aquel hombre mientras se ponía de pie y enfrentaba su muerte. Aquella escena de su pasado se repetía ahora en el presente, pero esta vez era peor, esta vez Krisha hacía frente a la peor versión de su propio monstruo, esta vez se enfrentaba al hombre que había detrás.
            — Ahora tiene sentido que estén aquí, que me hayan encontrado… — Murmuró La Buse, acariciando el filo de su espada con la punta de los dedos. Tenía aquella mirada de lucidez y locura de tantos hombres…
            «Salta»
            Krisha sitió un calambre en la espina dorsal y miró sobre su hombro al mar revuelto. Las olas golpeaban con tanta fuerza el navío que perdió el equilibrio sobre sí misma por una décima de segundo.       
            «Salta»
            — No me han localizado a mí… — Continuó el capitán, frunciendo el ceño ante Krisha. — ¿Verdad?
            «Salta»
 — Te han localizado a ti. — Gritó La Buse justo antes de abalanzarse sobre Krisha con la espada en alto y una llama de fuego en los ojos, dispuesto a rebanarle el cuello de una simple estocada.
No llegó a rozarle. En el momento en el Krisha sitió la chispa arder en lo negro de sus ojos ya estaba de camino en una caída libre hacia la mismísima oscuridad del océano.
Solo que el océano no era negro, si no que estaba teñido de rojo, de fuego líquido y sangre. Y en cuanto su cuerpo impactó con el agua, su mente perdió el conocimiento. Lo último que alcanzó a ver fue la sombra de una serpiente gigante acechándola a su alrededor.

«Imugi».  







Copyright: Yanira Pérez - 2017


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