jueves, 24 de abril de 2014

Contrabando.

Corres, corres tan fuerte que sientes que las piernas se te van a partir, sin embargo tienes que seguir corriendo, tienes que continuar huyendo. Porque sientes que están cerca, porque sientes que vienen a por ti, cada vez a menos distancia de tu cuerpo.
Tropiezas y caes al suelo, te siente estúpido y débil, pero te levantas y continuas con tu camino, intentando despistar a tus enemigos.
La noche está oscura, son altas horas de la madrugada, pero no hay ninguna estrella en el cielo, y la luna se dedica a mirarte desde la distancia.
Ríes, ríes por no llorar, te sientes engañado e ingenuo, te prometieron felicidad, pero eso solo duró un momento y le siguió la inseguridad.
Sigues corriendo, buscando ayuda entre las ventanas cerradas y las puertas bloqueadas que no quieren abrirte el paso.
Piensas que se ha acabado cuando dejas de correr y le sonríes a la luna con tristeza, pensabas que ella era tu amiga, todas las baladas de amor la mencionan, pero es como los demás, simplemente te observa en la distancia, sonriéndote con sorna.
Escuchas los disparos, están cerca, van a atraparte y todo va a acabar. Consideras la idea de que morir sería más fácil que continuar huyendo toda tu vida, pero sientes un tirón en la muñeca que te empuja hasta un callejón sin salida.
Sientes una presión en la boca, alguien te la tapa con fuerza, procurando que no hagas el menor ruido. Tus perseguidores pasan de largo, y comienzas a respirar con tranquilidad.
Sientes que la misma mano que te tapaba la boca te limpia las lágrimas de las mejillas. No le ves la cara, simplemente el brillo de los ojos bajo la tenue luz de la farola medio fundida.
Te sonríe, y por un momento sientes que hay alguien que quiere ayudarte de verdad en medio de tanto mentiroso.
Recuerdas como empezó todo, mientras esa persona te sujeta la mano con fuerza.
Recuerdas aquel verano, es algo que nunca olvidarías. Recuerdas también el color de sus ojos, te habían parecido más bonitos que el reflejo del mar. Recuerdas su pelo, su textura y el olor a champú de flores y salitre de mar. Pero lo que más recuerdas es lo que sentías, aquel sentimiento que habían prohibido hacía mucho tiempo. Suspiras sobre su hombro, recordando todos y cada uno de los besos de aquella persona.
Miras el callejón con cuidado y te fijas en lo que aquel sentimiento le había provocado a la ciudad. Las casas estaban totalmente cerradas, y tenías suerte si lograbas ver un ápice de luz e ellas. Los contenedores de basura volcados en la calle, derramando todo su contenido sobre la acera. Las luces de las farolas estaban fundidas, y los policías barrían las calles de día y de noche intentando combatir el contrabando de los ciudadanos.
Te sientes fugitivo, un fugitivo de las calles que pasa contrabando a espaldas del Gobierno.
Miras a aquella persona y le sonríes, sabes que hay alguien que sigue queriendo conservar esa droga que habían prohibido, y dejas de sentirte sola.
Se la entregas, la das con todo el placer del mundo, fundiéndoos en un beso a escondidas. Porque sabes que aquella droga era importante, porque no puedes vivir sin ella.
Porque el amor era una droga que estaba prohibida y tu eres un profesional contrabandista.

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