jueves, 17 de abril de 2014

Un legado mágico.

Todo el mundo ha oído hablar de ellas, pero nadie las ha visto. Van de boca en boca, siendo confundidas con meros rumores y fábulas infantiles. Saben de su existencia, pero creen que viven en cuentos e historias, camufladas entre las letras de los párrafos. Aunque claro, eso no son más que habladurías.
No me puedes negar que no sabes de quién te estoy hablando. Tú las conoces, aunque erróneamente creas que no existen.
Sin embargo, yo se algo que tú desconoces. Yo las he visto.

París, 1964.
Las callejuelas de París, tan abarrotadas como siempre de automóviles, estaban intransitadas, formando un silencio seco y sordo. Las luces de neón de los cientos de bares, tabernas y clubs nocturnos era la única señal de que cierta gente seguía despierta aún a altas horas de la madrugada.
Cualquiera sospecharía si viese una adolescente a aquellas horas de la madrugada andar sola por aquellos andrajosos lugares, pero los únicos ojos que se clavaban en mí en ese momento, eran los cristalinos y rojos ojos de los borrachos que se escapaban de casa para pasar un buen rato con alguna a las espaldas de sus mujeres. Qué asco me daban. Sin embargo, debía agradecer el estado de ebriedad de los paisanos.
Mirad, la verdad es que tenía pensado demorar un poco más el momento, haciéndolo más emocionante y ansiado, pero mi ahora vieja cabeza me impide recordar las cosas con claridad demasiado tiempo, es por eso que escribo esto, para dejar mi mayor tesoro a alguien aficionado a la lectura, alguien a quién poder confiarle un secreto con la seguridad de que no lo contará. Y os preguntaréis porque iba a callarse este secreto, si por lo que leéis parece importante… La respuesta es simple, no creerá mis palabras, y las tomará por fantasías de una vieja chiflada.
En fin, iba caminando en dirección a la gran torre Eiffel. Mis pasos resonaban en el duro asfalto, dándome la seguridad de que nadie me seguía.
No tardé mucho en descubrir ante mí la gran torre de hierro que identificaba a mi ciudad. Suspiré, había dudado en si debía asistir o no a aquel encuentro, y había acabado por hacerlo, siguiendo a mi instinto.
Veréis, hace tres días recibí una carta de una persona anónima citándome bajo la enorme estructura que tenía delante, y como una tonta, haciendo miles de sospechas, había decidido ir con la intención de descubrir bajo aquel anonimato a la persona que esperaba ver.
Y allí estaba, aquel anónimo que me había citado, escondido entre su gabardina marrón y aquel sombrero elegante. Sonreí, aquella escena me hizo recordar a una película de misterio de la época.
Me acerqué sin miedo, más que nada porque mis sospechas empezaban a confirmarse. Y como suponía, la sonrisa arrugada y cariñosa de mi abuelo se hizo presente bajo la oscuridad del ambiente.
Hacía años que no veía a mi abuelo, desde que tenía ocho años. Y aquella sonrisa me hacía pensar que el tiempo no había pasado entre nosotros, y que yo seguía siendo aquella chiquilla inocente que corría por el parque agarrada de su mano.
No pude evitarlo más, y me lancé a darle un abrazo.  Aunque en el fondo sabía que aquel encuentro escondía algo entre los bolsillos de la gabardina.
“¿Qué ocurre?” Pregunté, empezando a darme cuenta de aquella doble intención.
Sonrió, afirmando que no había venido sólo a verme.
“No voy a andarme con rodeos, chiquilla.” Me advirtió, sonriendo de la manera en la que sólo él podía hacerlo. “He venido a darte mi herencia porque me estoy muriendo.”
No dije nada, no me sorprendí por lo que acababa de decir, no me entristeció la noticia. Había entrado en un estado de shock emocional.
Suspiró, sabía que sería difícil de asumir para mí, pero no le quedaba demasiado tiempo.
“Ven, chiquilla, acércate.” Dijo, mientras me conducía hacia unos pequeños cerezos cubiertos de flores rosas. “Mi legado es algo más valioso que el dinero, y sin embargo, sólo vas a poder verlo unos instantes, luego desaparecerán y no volverás a verlo hasta que te llegue la hora.”
Fruncí el ceño, mientras me acercaba instintivamente hacia los cerezos. Levanté la vista, mirando con admiración las flores rosas. Y entonces fue cuando las descubrí. Pequeñas y diminutas como mariquitas, llenas de gracia y belleza como las mariposas, de colores y aspectos variados , camufladas entre los pétalos de las flores, mirándome divertidas con una sonrisa pícara dibujada en la cara. Ahí estaban ellas. Las hadas.
Sentí una mano apretando la mía, mientras no podía desviar la mirada de aquellos seres llenos de mágia, pero aquel tacto iba desapareciendo, dejando un cosquilleo sobre mi palma, como el recuerdo de un fantasma.
Y de la misma manera que las vi aparecer, desaparecieron como por arte de magia, y durante estos casi 70 años, no he vuelto a verlas.

 

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