martes, 20 de enero de 2015

3. #CLCPLR

3.

Hacía ya tres años desde que todo había pasado, y ni siquiera era capaz de recordarlo sin que me diera un ataque de ansiedad.
Aquella noche había parado en un bar de muerte dónde me habían dicho que vendían carnés falsos a muy buen precio, ilegales pero baratos. Yo estaba desesperada y necesitaba salir de allí, de Nueva Jersey, cuanto antes.
Había encontrado al tío que me falsificaría toda la documentación, había sobrevivido dos días en las calles y salvo por el hambre todo iba de puta madre. Pero porque sí, porque las cosas tenían que joderse de alguna manera, la cosa se torció.
No me hizo falta mirarlo más de dos segundos para reconocerlo incluso de espaldas.
— ¿Y para qué quiere una chiquilla como tú un carné falso y tanta documentación?
Me volví hacia aquel tipo, quién me entregaba los papeles que había pagado con todo el dinero que llevaba encima. Los revisé. Podrían funcionar. Por un tiempo.
— No es de tu incumbencia.
Volví la vista hacia la cabellera marrón chocolate que me daba la espalda. ¿Por qué estaba él allí? ¿Había venido a buscarme?
Y como si hubiera notado mi mirada en su espalda, se volvió a mirarme. Yo sentí como si todas las paredes de aquel cochambroso bar se hubieran derrumbado sobre mí, dejándome completamente indefensa.
Le tendí el dinero a aquel hombre y salí del bar completamente pálida, huyendo entre los callejones del barrio.
Fue estúpido huir, si había conseguido encontrarme atravesando todo el océano, ¿cómo no iba a encontrarme allí, a tan solo un par de manzanas?
Sus pisadas se hicieron persistentes a mi espalda, persiguiéndome como un perro de caza persigue a un zorro indefenso.
— ¿Por qué huyes, Maxine? No tiene salida.
Me detuve en seco al comprobar que tenía razón, el callejón se cerraba a unos doscientos metros de mí, acorralándome.
Me volví hacia él. Parecía más viejo que hacía cuatro meses, más cansado y triste, pero su mirada seguía siendo igual de peligrosa.
— ¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado? ¿Te ha enviado él?
Me miró como si estuviera evaluándome, frunciendo el ceño y doblando unos centímetros a la derecha la cabeza. Tal vez se preguntaba por qué no le había devuelto la respuesta en italiano, cómo él me había preguntado a mí.
— No voy a hacerte daño, Maxine. — Anunció, como si no tuviera ganas de tanto dramatismo. — ¡Ni siquiera voy armado, por el amor de Dios!
Tenía razón, no iba armado, pero yo sí.
Saqué el pequeño revólver que guardaba a la espalda y apunté directamente a su pecho. Las manos me sudaban y mi pulso era similar al de una persona anciana, pero a tan poca distancia no fallaría.
— Baja el arma, Maxine. ¡Vámonos de nuevo a casa! ¡Ambos estamos cansados! — Mustió, casi en un suplicio.
— No pienso volver. ¡Me fui por una razón y por esa misma razón no voy a volver!
— ¡Esto no lleva a ningún lado! ¡No vas a dispararme! — Avanzó a paso lento hacia mí, con las manos en alto como mostrando su inocencia. — Maxine…
— ¡No des ni un puto paso más o te disparo!
No sabría decir en qué punto de la conversación empecé a llorar, pero las lágrimas se acumulaban con tanta rapidez en mis ojos que al poco tiempo no lograba ver ni la pistola que sostenía.
— Maxine…
El revólver se había vuelto más pesado de golpe en mis manos, y cuando no pude sostenerlo tanto tiempo en alto, lo solté.
— No quiero volver… No voy a volver… — Sollozaba una y otra vez, retrocediendo un paso cada vez que aquel hombre avanzaba.
Y entonces, todo acabó. La silueta de aquel hombre cayó al suelo, iluminada por una pequeña farola medio fundida, sustituida por los ojos azul oscuro más feroces que jamás había visto.
Un brazo me rodeó la cintura en cuanto perdí el equilibrio, evitando que me cayera.
— ¿Estás bien? — Me preguntó en un ronroneo.
Fue en ese momento en el que comprendí que podía haberme librado de un mal para caer en otro más grande.
Me aparté de aquel tipo de un empujón, sintiendo cada uno de los elementos del callejón con más intensidad de la que me hubiera gustado.
Lo vi a él, mirándome fijamente; al hombre en el suelo, muerto o inconsciente, me daba igual; al chaval que estaba apoyado en la moto tras él, con un par de chicas en sus brazos y una sonrisa soberbia.
— ¡Suéltame!
Obedeció y dio un paso atrás. Seguramente fue por mi tono, pero agradecí que se separase de mí.
Hui sin más.


La mirada de Dan Walker me atravesaba con fuerza, intimidante y salvaje.
— No sé de qué me estás hablando. — Mentí.
Sonrió, como si le hiciera gracia todo aquello. Como si solo fuese un juego para él, con la misma sonrisa soberbia con la que miraba a aquellas dos chicas hacía tres años.
— Sí que lo sabes. — Afirmó. — ¿Sabes lo qué me dijo Zack cuando te largaste? Dijo: «Dan, ¿ves a esa tía? Esa es de las que valen más que toda la chusma de por aquí.»
Zack… Zack Walker. Así que se llamaba así…
Lo miré fijamente, intentando adivinar qué pretendía con todo aquello. Dan se parecía mucho a Zack cuando lo conocí aquel día, parecían dos gotas de agua. Salvo que la mirada de Dan era una copia de la de su hermano, y él y yo sabíamos que nunca alcanzaría ese nivel.
— Estaba muy pillado. — Comentó. — Aquel día nos pillamos una buena. ¿Quién era ese tío? Al que tumbó Zack, digo.
Sentí como se me retorcía el estómago.
— Te estás confundiendo de chica.
E intenté salir al pasillo, pero una mano me agarró del brazo con firmeza, apretándome con más fuerza de la necesaria. Me estaba haciendo daño. Y de pronto, dijo eso:
— No me fio de ti.


Dan Walker. Para describir a Dan Walker solo había una palabra: salvaje. Y hasta la más mínima letra de su nombre causaba temor en el barrio.
Aquel finde cumplí con mis expectativas, me metí en la cama y no salí de ella hasta el lunes siguiente, cuando tendría que hacer turno doble en el local.
Desde la conversación con Dan la cabeza me daba vueltas y hasta trabajar me parecía buena idea, al menos me despejaría un poco y dejaría de tener cara de amargada.
Aquel lunes el local montaba una de sus timbas ilegales. Tex decía que el póker y el sexo atraían mucho a los clientes, así que aquellas reuniones las organizábamos una vez a la semana. A mí me cabreaban mucho esas reuniones, ya que siempre acababa agotada y con ganas de cometer un asesinato.
Los chicos se pasaron a verme sobre las doce.
— Para alegrarte la vista, muñeca. — Decía Ian.
Y a mí, me parecía de puta madre.
La cosa se complicó cuando la banda de Lennon apareció en el local.
— ¿Sabéis algo más de la tal Dakota? — Preguntó Ian con curiosidad.
Miré hacia la mesa de Lennon.
Era guapo. Tenía raíces japonesas o algo así, creo que sus padres vivían en China Town, pero que él se hartó y se vino al barrio. Tenía la tez olivácea y los ojos rasgados de un negro azabache a juego con su pelo. Era cuatro o cinco años mayor que yo, aunque no era muy alto ni musculoso.
— Que no ha aparecido. — Dijo Brandon, mirando en la misma dirección que yo.
— Yo he oído que era la hermana del pelirrojo aquel. — Anunció Reed.
Miré al tío al que señalaba. Era un tío enorme, casi tanto como Reed, pero a diferencia de mi amigo éste era feo de cojones. Se parecía mucho a un bulldog con rabia. Con el pelo muy corto y de un color pelirrojo casi fuego.
— No parece muy afectado. — Comentó Dan, dándole un largo trago a la cerveza.
Miré de reojo a Dan. No había vuelto a mencionar nada sobre Zack y la verdad es que lo prefería así. Además de que eso de que no se fiaba de mí me había dejado muy rayada. No es que me importara, pero fue en la forma en que lo dijo… amenazante.
— Voy a ir a preguntar. — Se ofreció Reed, quién al parecer tenía una mínima confianza con el bulldog pelirrojo.
Lo vi marcharse hacia la mesa de Lennon, con los hombros rectos y a pasos lentos. No llegué a escuchar la conversación, pero la cosa no tuvo que ir muy bien.
— ¿¡Pero quién mierda te crees que eres tú, subnormal?! — Le gritó el Bulldog.
— Tío, que solo estaba preguntando. — Se defendió mi amigo, aunque la verdad es que no se le veía preocupado por la amenaza del pelirrojo.
Éste se levantó de golpe, dando un fuerte puñetazo sobre la mesa que tiró un par de botellas al suelo. El local se quedó en silencio.
— ¡¿De qué mierda vas?!
Y el primer puñetazo salió disparado hacia la cara de Reed.
En ese momento, justo en ese momento, fue cuando empecé a sentir la rabia corriendo por todo mi cuerpo.
— ¡A ver, gilipollas! — Grité, acercándome a paso decidido hacia la pelea. — ¡Al próximo que lance un puñetazo le estampo la botella en la cabeza! ¡Esto no es un puto rin de boxeo ni mierdas de esas! ¡A matarse a palos en la puta calle!
Me salió así de carrerilla, de la forma en la estaba acostumbrada a echar a los borrachos del local, como si me lo supiese de memoria.
— ¿Quién coño es esta? ¿Tu novia? — Preguntó el bulldog en un ladrido. — Mira, muñeca. Lo mejor que puedes hacer es largarte a casa y dejar a los hombres discutir.
Fue el adjetivo. Ese «muñeca» el que me irritó. Odiaba cuando los tíos te llamaban así, utilizando un adjetivo como «cariño», «preciosa»… «Muñeca». Me hinchaba los cojones hasta tal punto que podría darle de hostias hasta romperme la mano a golpes.
— ¿Pero tú quién….? — Comenzó a defenderme Reed, pero enseguida le corté.
Fue así como un subidón de adrenalina. Vino y se fue con el primer botellazo. Se oyó un gritito sordo, tal vez de alguna de las chicas que había por allí, en cuanto la sangre empezó a gotear por la frente del bulldog pelirrojo.
— Zorra… — Gruñó, y estaba preparada para el puñetazo, pero una mano paró el golpe a medio camino.
— Atrévete. — Le dijo Dan con una sonrisa enorme. De pronto la presencia de Ian, Reed, Brandon y Dan se hizo más presente a mi alrededor.
Supuse que los cuatro estaban esperando el momento justo para lanzarse, que les apetecía algo más divertido que un par de cervezas, sin embargo, la cosa acabó allí.
El bulldog pelirrojo miró de reojo a Lennon, quién no había dejado de mirarme con una amplia sonrisa, como si estuviera esperando su aprobación para comenzar. Pero no llegó nunca.
Soltó un gruñido de frustración y lanzó una botella contra la pared, rompiéndola en cientos de pedacitos que cayeron al suelo como una nieve cortante.
— ¡Max! ¿¡Qué coño está pasando aquí!? — Gritó Tex, quién entró en el bar hecho una furia.
El que faltaba. Sí, señor.
Lo miré de reojo, no me apetecía tener ninguna discusión más, y de pronto, el brazo me dolía muchísimo.
Tex escudriñó a la gente con esos ojos de rana y después el desastre que había en el suelo. Me miró fijamente y estaba segura de que si hubiera podido, me hubiera matado con la mirada.
— ¡Todo el mundo fuera! ¡Ya, joder! ¡A vuestras putas casas! — Ordenó, vaciando el local en menos de dos minutos.
Miré la mesa llena de cristales de vasos y botellas rotos, vi las pequeñas gotas de sangre en el suelo y me vi a mí misma limpiando todo aquel desastre hasta las tantas.
Tex se acercó a nosotros, aunque a la única a la que fulminaba con la mirada era a mí. Pensé que me despediría, de verdad que sí. Si no lo hizo fue porque no encontraría otra camarera que estuviera dispuesta a acabar a las seis de la mañana de trabajar.
Levantó un dedo torcido y me señaló al pecho, dándole más énfasis a su regañina.
— Es la primera advertencia… — Gruñó entre dientes. — A la próxima estás fuera. ¡Limpia todo este desastre!
No repliqué, asentí y le aguanté la mirada hasta que se marchó. Lo vi meterse en su despacho.
— Vosotros… subnormales con media neurona… vais a ayudarme a recoger… todo esto por tocapelotas. — Anuncié muy lentamente, respirando profundamente cada cierto tiempo.
— Pero…
— ¡Pero nada! Vosotros me habéis metido en esto vosotros limpiáis. ¡A ver quién mierda os manda meter las narices en los asuntos de los demás!
— Que sí, que sí. — Dijo Ian con soberbia, levantando las manos con inocencia. — Pero antes, cariño, vamos a curarte eso, ¿vale?
Bajé la vista para descubrir un pequeño tajo en mi mano del cual no paraba de salir sangre. Noté un fuerte pinchazo donde estaba la herida, y un cosquilleo empezó a subirme por todo el brazo, como cuando se te duerme un pie o te da un tirón. Estuve a punto de marearme y hasta me entraron ganas de vomitar, pero me contuve.
Me senté en una silla para que los «expertos» según se habían llamado, hiciesen su trabajo.
— Manda cojones la niña. — Comentó Dan, quién parecía de un humor estupendo. — ¡Los tienes bien puestos!
Sonreí, me hizo gracia el comentario.
— Estás ida de la puta cabeza, tú. Con menuda panda de dementes me he juntado. — Comentó Reed, aunque todos parecían haberse contagiado por la estúpida felicidad de haber sobrevivido a una pelea.
Y es que coño, ¿a quién no le gusta zurrarse a palos de vez en cuando?
— Es que coges y te vas tan tranquila a cantarle las cuarenta a ese. — Siguió contando Brandon, como si acabara de ver una peli de acción. — ¡Y vas y le sueltas un botellazo en toda la cabeza!
— Ten, que te lo mereces. — Dijo Ian, tendiéndome una cerveza.
Me estuve riendo a pierna suelta durante un buen rato, y de pronto, el marrón de limpiar aquel desastre se hizo más llevadero.
Y así como si nada, nos ganamos fama de dementes peligrosos en el barrio. Manda cojones. Para más movidas estaba yo en aquel momento.

© 2015 Yanira Pérez.
Esta historia tiene todos los derechos reservados.

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