miércoles, 27 de julio de 2016

22. #CLCPLR


22.

            Sabía que no llegaría a tiempo al taller de Leroy, ni siquiera tenía la certeza de que Owen estuviera allí o de que Dan hubiera ido a buscarlo al mecánico. Por eso decidí esperarlo en el rellano del edificio de los chicos, sentada en el bordillo, apoyada en el verja vieja y oxidada que parecía que iba a caerse a pedazos.
            Lo normal, vamos. Porque todo acaba cayéndose a pedazos algún día, puede que sea de golpe y sin avisar, un disparo certero que acaba por derrumbarlo todo, como el que recibió Ciara la noche del secuestro; o puede que sea poco a poco, oxidándose, doblándose, aguantando hasta el último segundo agarrado a una cuerda e intentando subir todavía más alto, hasta que el sudor de las manos hace que resbales y caigas.
            No recuerdo cuanto tiempo estuve esperando, solo que perdí la noción del tiempo, y cuando llegó, fue él el que me sorprendió a mí.
            — Max, ¿qué haces…? — Preguntó Dan, acercándose con miedo a mí.
            Aquella noche iba jodidamente guapo, o tal vez fueran las pintas de pantera que llevaba, que lo hacían parecerse mucho a un felino a punto de atacar y eso me encantaba.
            — ¡Dan! — Dije, volviendo al mundo de la realidad. ¿Había estado a punto de quedarme durmiendo? — ¿Por qué lo has hecho?
            — ¿Qué?
            Vale, tal vez debería ser más clara cuando hablo. Pero es que las palabras se me atropellaban en la lengua, queriendo salir todas al mismo tiempo. 
            — Las carreras…
            Max, hablar con palabras sueltas no es explicarse mejor.
            — ¿Has hablado con Lennon? — Preguntó, pero no esperaba ninguna respuesta.
            — ¿Creías que no me enteraría?
            — Claro que no. — Negó con la cabeza, y el pelo ya despeinado de por sí se le despeinó más. — Sabía que lo harías, solo esperaba que tardaras un poco más de tiempo en ir a hablar con él…
            Me crucé de brazos. La noche se había vuelto muy fría.
            — ¿Por qué lo has hecho? — Repetí, desafiándolo con la mirada.
            — Era mi forma de pedirte disculpas, no debí de decir eso sobre Lennon y tú…
            «¿Qué?»
            — ¿Qué? — Pregunté sorprendida.
            — Me pasé de la raya, ¿vale? — Se le notaba incómodo, metiendo y sacando cada dos por tres las manos de los bolsillos de los pantalones y dando vueltas frente a mí en el reducido espacio del postigo. — Solo quería ayudar…
            — No… No te he pedido ayuda… — Dije, intentando mantener mi enfado, pero me estaba costando horrores.
            Estúpido Dan Walker que siempre sabe cómo pillarme desprevenida.
            — ¡Ese es el problema, Max! — Soltó de pronto, pasándose las manos por el pelo. — Si tan empeñada estás en meterte directa en la boca del lobo, déjame protegerte…
            Se acercó a mí, demasiado cerca; tanto que me llegaba de lleno el olor de su colonia, su sello.
            — No necesito que me protejas… — Mustié.
            Sonrió y asintió. Sabía que era verdad, que no necesitaba de la ayuda de nadie para defenderme.
            — Entonces déjame ir contigo…
            Me recorrió con la mirada, deteniéndose en mis labios, y me acarició la mejilla. Sentí su piel suave y gélida. Sus manos estaban frías, siempre estaban frías en invierno.
            Pegué un pequeño respingo cuando sus labios rozaron mi frente. Se sentía tan jodidamente bien... Y me besó.
            No fue un beso como los anteriores, no necesitaba demostrar nada con él, no necesitaba que le diese la oportunidad de explicarse, simplemente me besó, nos besamos, porque queríamos. Sin más. ¡Joder! ¡Nos besamos porque nos salió del coño y puto!
            Reí interrumpiendo el beso, pero no pareció molestarle.
            — ¿Cómo te has roto el diente? — Pregunté divertida. — No recuerdo haberme arañado antes con él.
            Dan sonrió débilmente y se encogió de hombros, apoyándose en el otro lado de la pared.
            — Digamos que pegas más fuerte de lo que me imaginaba…
            Me llevé las manos a la boca con sorpresa, y no pude evitar soltar una carcajada al recordar el puñetazo que le propiné el día anterior.
            — ¿Eso te lo he hecho yo? — Pregunté entre carcajadas. — Aun así, te lo merecías, no pienso pedirte disculpas por eso.
            Dan rodó los ojos y se guardó las manos en los bolsillos.
            — Anda, macarroni, tira; que te acompaño a casa…
            Sonreí y comenzamos a caminar en silencio por la acera.
 

            Fue el sexto cadáver lo que me hizo decidirme a ir a ver a Michael.
            — Se llamaba Tania… Dan, tú la conocías… — Informó Reed, bastante incómodo con el asunto.
            Miré a Dan fijamente, si conocía a la chica debía ser de vista. Tal vez ni eso, tal vez había sido un polvo de una noche, un rollo en una de las habitaciones de The Moonlight o algo por el estilo, porque no parecía muy afectado. Tal vez ni siquiera recordaba su nombre.
            — No debió de meterse en los asuntos de Michael. — Negó Ian, y casi me dieron ganas de pegarle un puñetazo.
            — No creo que lo hiciera por su propia voluntad… — Gruñí.
            Los temas así me tocaban mucho la moral. ¿Quién eran ellos para saber lo que la tal Tania debía o no debía hacer? ¿Acaso sabían por qué lo hizo? En este barrio todo el puto mundo tiene problemas, la gente lo soluciona como puede, incluso si la única ayuda que tienen es agarrarse a un clavo ardiendo como lo era el negocio de Michael.
            — Todo el mundo sabe de los trapujos que envuelven ahora a Michael, y el Muelle de Manhattan no es que sea un jodido centro de ayuda a los necesitados, se entra con un precio. — Se encogió de hombros Reed.
            «Un precio…»
            — Todo en este puto barrio vale un precio a pagar demasiado alto… — Gruñí, levantándome de golpe del sofá.
            Necesitaba dar un paseo, ir a tomar el aire, cualquier cosa era mejor que continuar entre aquellas cuatro paredes que empezaban a asfixiarme.
            — ¿Dónde vas? — Preguntó Dante.
            — Arriba, a la azotea, necesito fumar al aire libre.
            — Te acompaño. — Se levantó Dan rápidamente, siguiendo mis pasos y pillando una cerveza de la nevera para el camino.
            No me había dado cuenta de la frase que había en el edificio de enfrente, pintada con spray verde, como si la pared negra necesitara un color más llamativo que la adornase.

«Ella vivía en la calle del Arte, por eso metía tan jodidamente bien.»
Mercurio.
                                                      
             Sonreí. Puto Mercurio y sus frases de mierda, que seguían apareciendo de la nada en el barrio.
            — Voy a ir a ver a Michael. — Anuncié, en cuanto escuché los pasos de Dan ya detrás de mí.
            Hacía apenas un par de noches me había pedido que confiara en él, que le diera la oportunidad de ayudarme en mi loco plan suicida, y eso mismo estaba haciendo en aquel momento.
            Se acercó a mí, robándome el cigarro para darle una calada larga y profunda antes de soltar todo el humo lentamente.
            Sonreí, eso era algo que hacían mucho los chicos del barrio, jugar con el tabaco y el humo como si se la pelase que, en realidad, aquel estúpido juego de críos acabase matándolos poco a poco.
            — ¿Cuándo quieres ir?
            — Dentro de unos días, tal vez… — Me encogí de hombros. — Quiero darle tiempo a que se relajen los aires después de… Tania.
            Asintió y le dio un trago a la cerveza.
            — Genial, cuando decidas ir… Avísame.
            — Genial. — Repetí.
            Y nos quedamos así un rato, en silencio contemplando el barrio: la mitad de las farolas fundidas o rotas, el sonido de las motos de alguna carrera ilegal… Porque… ¿Por qué no? Solo por nacer en lugares como este se te tatuaba la palabra “problemas” en la cara y parecía que eras ilegal en la mitad del mundo, así que… ¿por qué no aprovechar que simplemente “no teníamos solución”?
            — Genial, simplemente genial…

 
            El puerto de Manhattan, una jodida nave en medio del desierto a las afueras de todo. Una nave industrial que perfectamente podría haber sido parte de una granja en sus tiempos. Ni siquiera había un solo vehículo aparcado fuera, una moto o yo que sé.
            — Menudo recibimiento… — Murmuró Dan, dejando la moto lo más a mano que pudo, siempre pendiente de si las cosas se torcían y teníamos que salir corriendo.
            — Casi prefiero que no nos reciban…
            La cosa llegó al punto en el que, simplemente, tocamos la puerta del almacén esperando a que alguien nos abriera.
            — ¿Ahora es cuando sale el segurata y no te dejan entrar por llevar sandalias? — Preguntó Dan, al tiempo que la puerta se abría y aparecía un chaval de unos dieciocho recién cumplidos.
            — ¿Qué queréis?
            Tenía el pelo rizado y la piel oscura, pero sin llegar a ser negro. Además, tenía ese acento tan típico de Sudamérica que me recordaba tanto a unos vecinos de Argentina que vivían en el mismo edificio chabola en el que llevaba viviendo tres años y medio.
            — Venimos a hablar con Michael. — Anunció Dan, cruzándose de brazos.
            Con aquella actitud me recordaba mucho a su hermano, ambos en el papel de jefe de manada que los diferenciaba tanto de los otros chicos del barrio. Todos perdidos y sin mayor propósito que seguir al grupo.
            El chaval miró a Dan fijamente y luego me recorrió con la mirada de arriba abajo, como si fuera un puto escáner que decidía si valía la pena dejarnos pasar o no. Al parecer Dan no estaba tan equivocado con lo del segurata.
            — Entrad.
            The Moonlight parecía una casa de monjas en comparación con aquel lugar. Su puta madre, no podía mirar a ningún lado sin encontrarme un par de tetas de por medio.
            — Bienvenidos al Muelle de Manhattan. — Saludó una de las chicas, arrimándose mucho a Dan. — ¿Una copa?
            Iba vestida como si fuera una colegiala. Solían hacerlo mucho con las chicas que tenían la cara redonda y esos aires de niña buena. A las demás les daban otros disfraces, algo más imponente que una niña de preescolar con el uniforme.
            No es que estuviera muy puesta en el tema, pero había visto un par de películas porno, y vamos, que igual en todos sitios. Tanto en Italia como en una granja reformada en mitad de la nada.
            — Queremos hablar con Michael. — Gruñí, intentando espantar a las chicas.
            Así que así era como trabajaba Michael, tenía una casa de placer en la que podían pagar tanto por acostarse con las chicas una noche, como por comprarlas como si fueran una bolsa de golosinas. Incluso podían probar el producto antes de decidir comprarlo. Asqueroso.
            — Está bien. — Asintió la colegiala con una sonrisa. — El jefe está en el despacho, creo que está tratando un asunto con un cliente importante, pero en cuanto termine seguro que os recibe, ¡Michael no le dice nunca que no a una nueva adquisición!
            «Espera, ¿qué?»
            — Yo no vengo a por la… caridad de Michael. — Gruñí.
            — Oh, cariño, no pasa nada por admitirlo. Aquí todas hemos pasado por lo mismo. Michael nos ayudó a todas. — Siguió, como si no le importase una mierda lo que yo dijera o dejase de decir. — El trato es el mismo siempre: Michael nos da un hogar y comida y nos ofrece trabajo, si ningún hombre recibe una queja sobre ti, eres bienvenida al Muelle. — Sonrió enseñando mucho los dientes. — Si por el contrario alguien se queja de ti, cualquiera puede comprarte.
            Miré a Dan, que mantenía la mirada fija al frente, como si le fuera imposible mirar para otro lado.
            — No tienes por qué preocuparte de eso siempre que hagas bien tu trabajo, preciosa. — Nos detuvimos delante de una puerta en la que se podía leer perfectamente el nombre de Michael. — Realmente eres muy guapa… — Comentó, mirándome fijamente y acicalándome el pelo, como si fuera a prepararme para meterme en uno de esos trajes de película porno. — No eres de aquí, ¿verdad?
            — Soy de Italia.
            — ¡Genial! A Michael le encantan las europeas, y tiene un trato especial con unos italianos… — Mustió, y tanto Dan como yo nos quedamos mirando la puerta fijamente. — De hecho, creo que está reunido con uno de ellos ahora.
            — ¿Micah?
            La chica soltó una carcajada y agitó el pelo, como si estuviera coqueteando conmigo.
            — No sé cómo se llama. — Se encogió de hombros divertida. — Es uno de esos Malfatti que vienen tan a menudo.
            Una presión en el pecho empezó a dificultarme el respirar, y casi estuvo a punto de darme un ataque de pánico en aquel momento. Incluso cuando la nave era lo suficientemente grande como para dejar de pensar que estabas entre cuatro paredes.
            — Gracias, ya esperamos solos aquí. — Mustió Dan, empujando con delicadeza a la colegiala para que nos dejara solos. — Max, ¿estás bien?
            — Solo… Solo necesito tomar un poco de aire…
            Dan frunció los labios y negó lentamente, apretándome la mano con fuerza.
            — No podemos salir ahora, no cuando estamos tan cerca…
            Tenía razón, no después de haber hecho todo el viaje hasta aquí. No podíamos marcharnos ahora, no después de arriesgar tanto.
            Asentí.
            — Tienes razón, yo… — Murmuré, y en aquel momento salió un hombre del despacho de Michael.
            «Malfatti…»
            Una espalda ancha, ropa negra, cabello castaño y rapado casi al cero. Un hombre de unos treinta años más o menos. Con la constitución de un toro y esa cara de pocos amigos me recordó mucho a Reed. Pero este hombre no era mi amigo, este hombre y su familia habían intentado matarme.
            Me miró fijamente durante unos segundos, y juré que en aquel momento mi organismo dejó de funcionar por completo.
            — El tiempo se acaba, Michael. — Gruñó.
            El mismo acento que se preciaba en la voz de Dante, la misma procedencia.
            — La próxima vez no seremos tan… sutiles.
            Una arcada estuvo a punto de escapárseme por la garganta, pero el agarre de Dan en mi muñeca me impidieron salir corriendo por patas en dirección a expulsar todo lo que quedaba en mi estómago.
            El Malfatti cerró la puerta con un portazo y salió de allí a paso firme, casi atropella a una “enfermera” por el camino, incluso.
            Dan apretó más fuerte mi muñeca y tiró de mí hacia el interior del despacho de Michael.
            Michael era… ¿Tex y él eran parientes lejanos de una rana? Bajito, con la cabeza muy grande y los ojos saltones. Sin embargo, a diferencia de Tex, Michael tenía una enorme barriga cervecera y más pelo en la cabeza. Por lo demás, podrían ser primos hermanos.
            — ¿Qué queréis? — Resopló entre sus manos, antes de levantar la vista hacia mí. — Ya veo… ¿Alguna de las chicas te ha contado cómo funciona la cosa, morena?
            Apreté los puños.
            — No vengo a por un poco de tu caridad. — Gruñí.
            Michael abrió los ojos sorprendido, al parecer, captando el poco acento que me quedaba después de vivir allí varios años.
            — Más italianos no, por favor… — Volvió a resoplar. — Dime una cosa, niña; ¿en las guías turísticas de Nueva York que venden en Italia sale mi negocio como puto de interés?
            ¿De qué cojones me estaba hablando?
            — ¿Qué…?
            — Estoy harto de los trapujos que se trae tu gente… — Se levantó de la silla del escritorio y se acercó a la ventana. No tendría muy buenas vistas teniendo en cuenta lo apartado del mundo que se encontraba su negocio. — ¿Quién eres tú? ¿Hija del capo de una familia muy importante? — Soltó una carcajada. — ¡Todas lo son! ¿Qué quieres?
            Vale, esto me lo había preparado.
            — Maxine Bianco. — Solté, levantando mucho la barbilla. — Prácticamente soy el inicio de todos tus problemas.
              Michael dejó de mirar al desierto de su ventana y fijó la vista en mí, y después en Dan.
            — Ya veo... La última deuda. — Asintió lentamente, acercándose a mí con las manos detrás de la espalda. — No ha sido muy inteligente por tu parte venir aquí… ¿Por qué lo has hecho?
            — No soportaba seguir viendo como cientos de chicas acababan con una muerte violenta por culpa de mi familia… — Susurré mirando de reojo a Dan.
            Michael estaba perdiendo parte de su negocio, y, aun así, continuaba comercializando con las chicas del Muelle como si no pasara nada.
            De hecho, ellas seguían actuando como si no pasara nada. Casi estaba segura de que no lo sabían, si no la mayoría de ellas se hubiera largado de allí. ¿Cómo ocultaba la desaparición de todas las chicas? ¿Simplemente les decía que se habían quejado de ellas y les había encontrado un buen cliente?
            — ¿Y qué pretendes? — Se burló. — ¿Que llame a los Malfatti para saldar de una puta vez la deuda con esos mafiosos?
            — La deuda puede saldarse de dos formas: con mi muerte o con la de Micah. — Anuncié, casi estaba segura de que había escuchado gruñir a Dan a mi lado.
            No había llegado a contarle de qué tenía pensado hablar con Michael. Pero había decidido confiar en él después de todo trayéndolo conmigo, solo esperaba que no estropeara nada.
            — ¿Quieres que mate a Micah? — Preguntó incrédulo Michael. — ¿Por qué?
            — Porque quieres seguir con tu negocio tranquilamente…
            — También podría matarte a ti. — Informó. — Y sería mucho más sencillo. Micah tiene hombres que le protegen, más italianos a los que no quiero deberles nada.
            Asentí. Dante me había hablado de ellos.
            — Esos hombres trabajan para la familia Bianco. — Anuncié. — Micah no es un auténtico Bianco, si tuvieran que elegir entre defender mi vida o la de Micah, no dudarían en ponerse de mi lado.
            Adoptar aquella actitud me resultaba hasta doloroso; aquella actitud de capo que tantas veces había visto adoptar a mi padre y que lo había llevado a meterse en asuntos turbios con gente con la que no le convenía juntarse.
            Y ahora yo me metía en su papel; después de tantos años intentando borrar todo lo que había significado para mí, todo lo que me había enseñado. No quería parecerme a él, no quería ser como él.
            — Entiendo… Pero ellos no saben que estás aquí, todavía… — Mustió Michael, acercándose de nuevo al escritorio. — Podría matarte ahora mismo.
            Saqué el revólver y apunté a Michael. Aquel revólver era el mismo con el que había apuntado a Micah hacía tres años, el mismo con el que no pude disparar de tanto que me temblaban las manos. Pero ya no tenía miedo, no era la misma cría asustada que cuando llegué a Nueva York.
            Zack me había preguntado si sería capaz de disparar. En aquel momento no había dudado, ahora tampoco tenía pensado hacerlo si llegaba a necesitarlo.
            — Micah. — Repetí, sin dejar de apuntar. — Si no lo matas tú, lo mataré yo.
 
 
Copyright: Yanira Pérez - 2015-2016

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